LLAMADA DE ROSALIE A EDWARD (SEGUN EDWARD) (CAPITULO ELIMINADO)

jueves, 2 de diciembre de 2010

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El móvil de mi bolsillo sonó de nuevo. Era ya la vigésimo quinta vez que sonaba en veinticuatro horas. Barajé la opción de levantar la tapa para ver al menos quién trataba de contactar conmigo. Tal vez se trataba de algo importante. A lo mejor Carlisle me necesitaba. Reflexioné un rato sobre ello, pero no me moví. No estaba realmente seguro de dónde estaba. En algún ático oscuro y claustrofóbico, lleno de ratas y arañas. Las arañas me ignoraban, y las ratas se mantenían a cierta distancia de mí. El aire era denso, con un fuerte aroma a aceite de cocina, carne rancia, sudor humano, y la prácticamente sólida capa de polución que era de hecho visible en el aire húmedo, como una fina película negra que se había depositado encima de todo. Debajo de mí, cuatro historias de una vivienda modesta convivían conmigo, formando parte de mí. No me molestaba en separar sus voces de mis pensamientos – producían un fuerte clamor en español que no escuchaba. Tan sólo dejaba que los sonidos me entraran por un oído y me salieran por el otro. Insignificante. Todo ello era insignificante. Mi propia existencia era insignificante. El mundo entero era insignificante. Con mi frente presionada contra mis rodillas, me pregunté cuánto tiempo sería capaz de seguir así. A lo mejor era inútil. A lo mejor, si mi intento estaba condenado al fracaso de todas maneras, debería dejar de torturarme y volver… La idea era tan tentadora, tan saludable – como si las palabras por sí solas contuvieran un fuerte sedante que borrara la montaña de dolor debajo de la que estaba enterrado – que me hacía jadear, me mareaba. Podría dejarlo ahora, podría volver. La cara de Bella, siempre tras de mis párpados, me sonreía. Era una sonrisa de bienvenida, de perdón, pero no ejercía la influencia que mi subconsciente probablemente intentaba darle. Desde luego que no podía volver. ¿Qué era mi dolor, después de todo, en comparación con su felicidad? Ella debería ser capaz de sonreír, libre de cualquier tipo de miedo o peligro. Libre de un futuro eterno y desangelado. Ella se merecía algo mejor que eso. Ella se merecía algo mejor que yo. Cuando dejara este mundo, iría a ese lugar que tan prohibido estaba para mí, sin importar mi conducta en este mundo. La idea de ese final definitivo era mucho más intensa que el dolor que ya sentía. Mi cuerpo temblaba sólo de pensarlo. Cuando Bella tuviera que irse al lugar al que pertenecía y al que yo nunca podría ir, yo no podría quedarme atrás. Tiene que haber olvido. Tiene que haber alivio. Esa era mi esperanza, pero no había garantías. “Dormir o, incluso, soñar. Ay, siempre igual” me dije. Incluso aunque no fuera más que cenizas, ¿de alguna manera seguiría sintiendo la tortura de su pérdida? Un escalofrío me recorrió la espalda de nuevo. ¡Maldita sea! Lo había prometido. Le había prometido que no volvería a atormentar su vida de nuevo, trayendo mis oscuros demonios a ella. No iba a volver a su mundo. ¿Podría reportarle algún bien? ¿Cualquier mínimo bien? La idea de volver al pequeño y permanente nublado pueblecito que siempre sería mi verdadero hogar en este planeta volvió a colarse en mis pensamientos de nuevo. Sólo para asegurarse. Sólo para ver que ella estaba bien, segura y feliz. No para intervenir. Ella nunca se enteraría… No. Mierda, no. El móvil vibró de nuevo. - Mierda, mierda, mierda - gruñí. Podría aprovechar la distracción, supuse. Abrí el móvil, observé los números, dándome el primer susto que había sentido en seis meses. ¿Por qué estaría Rosalie llamándome? Ella sería probablemente la que más se estaba divirtiendo con mi ausencia. Debía de tratarse de algo realmente importante si ella necesitaba hablar conmigo. De repente empecé a preocuparme por mi familia y apreté el botón de llamada. - ¿Qué? - le pregunté muy tenso. - Oh, wow. Edward me ha respondido al teléfono. Me siento tan honrada… Tan pronto como oí su tono de voz, supe que mi familia estaba bien. Debía de estar muy aburrida. Resultaba difícil adivinar sus motivos sin tener sus pensamientos como guía. Rosalie nunca había tenido mucho sentido para mí. Sus impulsos estaban normalmente basados en los más retorcidos sentidos de la lógica. Colgué y cerré el móvil bruscamente. - Déjame en paz - susurré para mí mismo. Como era de esperar, el móvil volvió a sonar de nuevo. ¿Seguiría llamándome hasta que le pasara a otro el mensaje con el que tenía planeado molestarme? Probablemente. Pasarían meses hasta que se sintiera cansada de este juego. Barajé la posibilidad de dejar que se pasara el resto del año apretando una y otra vez el botón de rellamada… y entonces suspiré y respondí al teléfono otra vez. - Ve directa al grano. Rosalie me lanzó de sopetón las palabras: - Supuse que te gustaría saber que Alice está ahora mismo en Forks. Abrí los ojos y me quedé mirando fijamente a las vigas de madera podrida a tres pulgadas de mi cara. - ¿Qué? - Mi voz era llana, sin emociones. - Sabes como es Alice. Como si ella lo supiera todo. Como tú - Rosalie se rió sin gracia. Su voz tenía un deje de nerviosismo, como si de repente no estuviera del todo segura sobre lo que iba a hacer. Pero mi rabia hizo difícil que me preocupara qué problema tenía Rosalie. Alice me había jurado que seguiría mi iniciativa por respeto a Bella, sin importar si estaba de acuerdo o no con mi decisión. Ella había prometido que dejaría a Bella sola… tanto tiempo como yo lo hiciese. Claramente, había pensado que tarde o temprano me doblegaría al dolor. A lo mejor tenía razón respecto a eso. Pero no lo había hecho. No aún. Así que, ¿qué estaba haciendo en Forks? Quería estrujar su cuello tan delgado. Seguramente Jasper no me dejaría acercarme tanto a ella, aunque una vez que captara un atisbo de la furia que manaba de mí… - ¿Sigues ahí, Edward? No respondí. Apreté el puente de mi nariz, preguntándome si era posible que un vampiro tuviera migrañas. Por otro lado, si Alice ya había vuelto… No. No. No. No. Había hecho una promesa. Bella se merecía una vida. Había hecho una promesa. Bella se merecía una vida. Me repetí estas palabras como un mantra, tratando de apartar mi mente de la seductora imagen de la ventana oscura de la habitación de Bella; la puerta a mi santuario. No había duda de que tendría que arrastrarme, si volvía. Eso no me importaba. Podría felizmente pasarme una década entera de rodillas si estuviera con ella. No, no, no. - ¿Edward? ¿No te importa siquiera por qué Alice ha ido allí? -No precisamente. La voz de Rosalie se volvió ligeramente pagada de sí misma, encantada, sin duda, de haberme sonsacado una respuesta. - Bueno, desde luego, no está rompiendo exactamente las reglas. Quiero decir, bueno, en realidad nos dijiste que nos mantuviéramos lejos de Bella, ¿no? El resto de Forks no importa. Parpadeé muy despacio. ¿Bella se había ido? Mis pensamientos rondaban alrededor de esa idea tan inesperada. Aún no se había graduado, así que debía de haber vuelto con su madre. Eso era bueno. Podría vivir a la luz del sol. Era bueno que hubiera sido capaz de dejar las sombras tras de sí. Traté de tragar, pero no pude. Rosalie soltó una risita nerviosa. - Así que no tienes por qué estar enfadado con Alice. - Entonces, ¿por qué me has llamado Rosalie, si era para meter a Alice en líos? ¿Por qué me molestas? Ugh! - ¡Espera! - dijo, sintiendo, correctamente, que podía volver a colgarle de nuevo. “¡Esa no es la razón por la que te he llamado! - ¿Entonces por qué? Dímelo rápido y déjame en paz. - Bueno…- dudó. - Suéltalo de una vez, Rosalie. Tienes diez segundos. - Pensé que deberías volver a casa - dijo rápidamente - Estoy cansada de aguantar a Esme afligida todo el tiempo a Carlisle sin reírse. Deberías sentirte avergonzado de de lo que les has hecho. Emmett te echa de menos todo el rato y me pone nerviosísima. Tienes una familia. Crece de una vez y piensa en algo más que en ti mismo. - Interesante consejo, Rosalie. Deja que te cuente una pequeña historia de una olla y una tetera… - Yo pienso en ellos, no como tú. Si no reimporta cuánto daño les has hecho a los demás, ¿al menos de importa lo que ha sufrido Esme? Ella te quiere más que le resto de nosotros, y lo sabes. Vuelve a casa. No respondí. - Pensé que una vez que todo esto de Forks hubiera terminado, te repondrías. - Forks nunca fue el problema, Rosalie - dije tratando de ser paciente. Lo que había dicho de Esme y Carlisle me había calado hondo - Sólo porque Bella – era duro decir su nombre en voz alta – se haya mudado a Florida, no significa que yo sea capaz de… Mira, Rosalie. Lo siento de verdad, pero, créeme, nadie se sentiría más feliz si yo estuviera allí. - Mmm… Ahí estaba, esa nerviosa vacilación de nuevo. - ¿Qué es lo que no me estás contando, Rosalie? ¿Se encuentra Esme bien? ¿Es Carlisle…? - Ellos están bien. Es sólo que… bueno, yo nunca dije que Bella se hubiese mudado. No hablé. Desaté una conversación en mi cabeza. Sí, Rosalie había dicho que Bella se había mudado. Había dicho: “En realidad nos dijiste que nos mantuviéramos lejos de Bella, ¿no? El resto de Forks no importa”. Y luego: “Pensé que una vez que todo esto de Forks hubiera terminado…” Así que Bella no estaba en Forks. ¿Qué quería decir entonces? ¿Bella no se había mudado? Entonces Rosalie volvió a hablar rápidamente, soltando las palabras enojada esta vez. - No quieren que te lo diga, pero me parece estúpido. Cuanto antes te repongas de esto, antes las cosas volverán a la normalidad. ¿Por qué dejar que te deprimas por oscuras esquinas de todo el mundo sin necesidad para ello? Puedes volver a casa ahora. Podemos volver a ser una familia de nuevo. Se acabó. Mi mente parecía rota. No encontraba sentido a sus palabras. Parecía como si hubiera algo muy, muy obvio en lo que me decía, pero no tenía ni idea de lo que era. Mi cerebro barajaba la información, buscando extraños enlaces entre ella. No tenía sentido. - ¿Edward? - No entiendo lo que dices, Rosalie. Hubo una larga pausa, equivalente a varios latidos del corazón de un humano. - Está muerta, Edward Hubo una pausa aún más larga. - Yo… lo siento. Tienes derecho a saberlo, vamos, eso es lo que creo. Bella… se tiró de un acantilado hace dos días. Alice lo vio, pero era demasiado tarde para hacer nada. Creo que habría ayudado, quiero decir, que habría roto su palabra, si hubiera tenido tiempo. Ella volvió para hacer todo lo posible por Charlie. Ya sabes cuánto se ha preocupado siempre por él. La línea quedó muerta. Me llevó unos segundos darme cuenta de que había sido yo el que había apagado el móvil. Me senté en el suelo polvoriento un rato, el espacio se había congelado. Era como si el tiempo se hubiera terminado; como si el universo se hubiese parado. Poco a poco, me fui moviendo como un hombre viejo. Volví a encender el móvil y marqué el único número al que me había prometido no volver a llamar nunca. Si lo cogía ella, colgaría. Si lo cogía Charlie, le sonsacaría la información que necesitaba engañándolo. Probaría que el chiste sin gracia de Rosalie estaba equivocado, y entonces volvería a mi nada. - Residencia Swan - respondió una voz que no había oído nunca. Una voz ronca y profunda de hombre, pero con un deje aún juvenil. No me paré a pensar en las implicaciones de aquello. - Soy el Dr. Carlisle Cullen”, dije, imitando perfectamente la voz de mi padre. “¿Puedo hablar con Charlie? - No está aquí - respondió la voz, sorprendiéndome un poco el enfado de su voz. Las palabras eran casi un gruñido. Pero eso no importaba. - Bueno, ¿dónde está entonces? - pregunté, poniéndome cada vez más impaciente. Hubo una pequeña pausa, como si el extraño quisiera negarme cierta información. - Está en el funeral - respondió finalmente el chico. Colgué el móvil otra vez.

RESUMEN DESDE EL PUNTO DE VISTA DE JACOB (CAPITULO ELIMINADO)

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Hay un vampiro cerca. Primero piensas que es la pelirroja, y supones que ha usado la distracción de la muerte de Harry para entrar furtivamente. No estás seguro de dónde está o si está observando. Tienes miedo de transformarte y cazarla, en caso de que te rodee mientras la estás siguiendo. Decides que el mejor plan es llevar a Bella de vuelta a La Push, dejar a Embry con ella, y cazar a la pelirroja con Sam. Aunque algo no está bien. El olor está apagado. Es un vampiro, obviamente, pero no el mismo cuyo olor ha estado quemando tu nariz durante la última semana. Antes de que puedas darte cuenta, Bella te está diciendo que pares. Su rostro se enciende más brillante de lo que habías podido ver desde el día que vino buscándote, toda destrozada. Ella piensa que los Cullen han regresado, y el coche brillante aparcado junto a su casa sostiene esa teoría. Su entusiasmo te enferma. Todo lo que ella quiere es ir al encuentro del vampiro, como si ella no fuese parte de su dieta. Estás furioso. Te resulta difícil calmarte. Está claro que tendrás que llevártela a la fuerza si quieres impedirle que entre. Ella parece convencida de que son sus vampiros. Ella ya se ha ido –mentalmente, está a un millón de millas de ti. Y tú tienes tus responsabilidades. La pandilla ha estado ignorando completamente los límites del tratado desde la marcha de los Cullen. No puedes dejar que tus hermanos se metan en problemas, ahora que sabes que los Cullen han vuelto. Odias dejarla allí, y estás tan enfadado porque eso es lo que ella quiere. El futuro que parecía tan esperanzador hace unos segundos se desmenuzada en nada. ¿La trae sin cuidado que la abandonaran? ¿No importa eso? Nunca ha expresado ningún enfado hacia ellos por lo que la hicieron. Supones que nunca sintió tal enfado. Ella acepta lo que hicieron sin cuestionarlo. Necesitas irte, porque no vas a ser capaz de controlarte durante mucho más. Puedes sentir la furia creciendo. La dejas sola ahí en la calle, deseando más que nada que ella te llamará luego, que cambiará de opinión. Pero no lo hace. Correas al hospital, y luego das la vuelta. El enfado ha disminuido un poco, y de nuevo estás agobiado por su seguridad. Llamas, y ella responde. Es cierto. Los Cullen han vuelto, y ella elige a los vampiros antes que a ti. Es una mala noche para los lobos Quileute. Sam establece de nuevo las líneas de patrulla así que sólo se están protegiendo las millas cuadradas de la reserva. Sam no quiere dejar ningún agujero –puede haber media docena de vampiros ahí fuera, y sus intenciones no son claras. Te preocupas por Bella y la pelirroja, pero Sam habla de dejar a los Cullen encargarse de lo suyo. Detestas la idea de Bella perteneciéndoles a ellos. El día pasa. Ningún intento de cruzar la línea. Billy llama a Charlie, y parece que sólo uno de los Cullen ha regresado, y que está con ellos. Esto te saca de tus casillas. Esto afecta a Sam -¿cuál es la nueva política? ¿Siguen las fronteras en vigor? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Están regresando los demás? ¿Están al tanto de lo de la pelirroja? ¿La consideran bajo la protección de su tratado? Si es así, el tratado está roto. Y si no van a conducirla fuera, la pandilla les considerará junto con ella. Sam, Billy y el viejo Quil discuten la posibilidad de una guerra… Pero primero Sam quiere información –intentar mantenerlo de modo civilizado todo el tiempo que sea posible- y te presentas voluntario para el trabajo. Insistes en ir en persona. Necesitas ver su cara, ver cuan profundamente está ella implicada. Dices a Sam que obtendrás la verdad mejor en persona, porque serás capaz de decir si está mintiendo. No le estás engañando con tus motivos, pero estás viendo que suena a obligado. Vas durante el funeral, de modo que podrás hablar con ella honestamente, sin posibilidad de Charlie interrumpiendo. Jared y Embry no quieren dejarte ahí solo, incluso cuando estás seguro de que el vampiro se ha ido por el momento. Sabes que se mantendrán cerca, pero no les quieres escuchando. Quieres ser capaz de hablar francamente con Bella, pero es todo lo que puedes hacer para mantener la calma. Su casa huele –te quema la nariz. El olor del vampiro la rodea. Ambos estáis un poco hostiles, pero ella responde tus preguntas. La Cullen sólo está de visita. Te dices a ti mismo que todo volverá a la normalidad cuando la vampiro se vaya de nuevo. No puedes obligarte a marcharte. Puedes ver que la has herido, y te vuelves para encontrarla llorando. Te sientes peor, y mejor. Mejor porque al menos se preocupa tanto por ti. Está llorando por ti. Eso ya es algo. Eres capaz de conversar ahora, pero cuesta. Ella los ama. Los que la dañaron –los ama. Le importas, también, pero no tanto. Encima, la vampiro está llegando de nuevo… Estás confundido, no estás seguro de cómo sentirte. La sostienes en tus brazos, y es como era antes –como debería ser. Tomas su rostro en tu mano, y de repente quieres besarla más que nada en el mundo. No es como lo habías planeado –mal momento con la vampiro rondando alrededor por alguna lugar. Pero también piensas que tal vez es así como debe ser. Tal vez ella sentirá eso. Ves el conflicto en sus ojos, y te preguntas hacia que lado se decantará cuando tus labios toquen los suyos. El teléfono suena en este inoportuno momento, y lo respondes. ¿Qué otra opción tienes? Puede ser Sam, puede haber problemas. Escuchas el claro y musical tono de voz con el suave acento inglés, y sabes quién es con la primera palabra. Otro de ellos. Quizás Bella estaba equivocada respecto al regreso de los demás. Quizás estaba mintiendo. Bella está enfadada de nuevo cuando el vampiro te cuelga. Antes de que te despejes, hueles la fresca quemadura de la aproximación de un vampiro. Oyes el débil sonido del casi silencioso acercamiento de la vampiro. Intentas irte, pero el olor es más fuerte delante de la estancia. Antes de que puedas salir, la chupasangre está aquí. Es sólo una minúscula chica, pero después de que Bella te contara lo de los vampiros con talentos extra, no estás por bajar la guardia. Aunque ella no te presta atención. Ella parece ausente de su entorno, turbada por algo. Bella llama a su Alice. Alice nombra a Edward una vez, y Bella se arruga. ¿La ha dañado la vampiro? No has visto nada. Pero te lanzas hacia delante para agarrar a Bella antes de que la vampiro pueda tocarla, y separarla. La pequeña vampiro parece muy trastornada, y esto te sorprende. No te habías percatado de que ellos tenían muchas emociones. Estás impresionado y sorprendido de lo cómodas que parecen Bella y Alice conversando entre ellas. Eras capaz de pensar que la vampiro no podría tocar humanos de esa manera sin herirlos. Y Bella está tan natural con Alice –capaz de interactuar con ella como si Alice fuera humana. Bella parece verla de ese modo –como una persona, incluso. La conversación es difícil de seguir. Te enteras de que Edward Cullen está en alguna clase de problema y es por culpa de alguien llamado Rosalie. Bella está gritando y luego exigiendo ayudar, y la pequeña vampiro va a dejarla intentarlo, aunque tiene claro que es una misión suicida .

LA BECA (CAPITULO ELIMINADO)

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Las letras en cursiva pertenecen a palabras de Stephenie explicando las escena que cortó de un capítulo de Luna Nueva: Esta es la sección más larga que corté de Luna Nueva; es la mayor parte del capítulo seis original (“Declaración”, entonces atrás), más siete escenas cortas que continuaban el argumento de “la beca” a lo largo de la novela, completamente al fin. Pienso que todo era un poco divertido, pero mis editores no estaban de acuerdo. No era necesario, así que fue sacrificado en el altar de la edición. Escena uno: El día siguiente de que Bella fuese a ver la película de zombis con Jessica: Todavía echaba de menos Phoenix en raras ocasiones, cuando era provocado. Ahora, por ejemplo, cuando me dirigía al Banco Federal de Forks a depositar mi cheque de pago. Qué no daría yo por la conveniencia de un llegado, cajero automático. O por lo menos el anonimato de un extraño detrás de la mesa. - Buenas tardes, Bella - me saludó la madre de Jessica. - Hola, señora Stanley. - Es muy agradable que pudieses salir con Jessica la noche pasada. Estaba siendo demasiado largo - Me chasqueó la lengua, sonriendo para hacer con esto un sonido amistoso. Algo en mi expresión tenía que estar mal, porque la sonrisa fue repentinamente de madera, y deslizó su mano nerviosamente a través de su pelo, donde se atascó durante un minuto; su pelo era exactamente tan rizado como el de Jessica, y rociado para arreglar sus rígidos rizos. Sonreí otra vez, comprendiendo también que era un segundo tarde. Mi tiempo de reacción estaba oxidado. -Sí - sonreí con la esperanza de que mi tono fuese sociable - He estado muy ocupada, ya sabes. El instituto… el trabajo…-Me apresuré para pensar en añadir algo más a mi corta lista, pero me había quedado en blanco. - Seguro - sonrió más cálidamente, probablemente feliz de que mi respuesta sonara algo más normal y bien ajustada. De repente se me ocurrió que quizá no estaba bromeando conmigo cuando asumí cuál era la razón tras su sonrisa. Quién sabe que le habría dicho Jessica sobre la noche pasada. Cualquiera que fuera, no estaba totalmente sin confirmar. Era la hija de la excéntrica ex de Charlie – la demencia puede ser genética. La primera socia de anormales del pueblo; salté el pasado rápidamente, estremeciéndome. Víctima reciente de un coma andante. Decidí que había un argumento bastante bueno para estar loca, aún sin contar las voces que oía ahora, y me pregunté si la señora Stanley pensaba realmente eso. Debió haber visto la especulación en mis ojos. Miró rápidamente hacia otro lado, fuera de las ventanas detrás de mí. - Trabajo - repetí, llamando de nuevo su atención mientras ponía el cheque sobre el mostrador - Por eso es por lo que estoy aquí, por supuesto. Sonrió de nuevo, su barra de labios se estaba agrietando a medida que progresaba el día, y estaba claro que había pintado sus labios mucho más de lo que estaban en realidad. - ¿Cómo le van las cosas a los Newton? - preguntó alegremente. - Bien, recogiendo lo de temporada - Dije automáticamente, aunque ella conducía por el aparcamiento del Olimpyc Outfitter mucho todos los días podría haber visto coches desconocidos. Probablemente conocía la bajada y el flujo de los negocios de campistas mucho más que yo. Movió la cabeza ausentemente mientras tecleaba claves en el ordenador frente a ella. Mis ojos deambulaban a través del mostrador marrón oscuro, con sus más de setenta líneas naranja brillante adornando los bordes. Las paredes y la alfombra habían sido modernizadas con un gris más neutro, pero el mostrador atestiguaba el decorado original de la construcción. - Hmmm - murmuró la señora Stanley en un tono más alto de lo normal. Volví para echarle un vistazo, sólo medio interesada, preguntándome si habría una araña en el escritorio que la había asustado. Pero sus ojos todavía estaban pegados en la pantalla del ordenador. Sus dedos estaban inmóviles ahora, su expresión sorprendida e incómoda. Esperé, pero no dijo nada más. - ¿Algo está mal? - ¿Estaban tratando los Newton de pasar cheques sin fondos? - No, no - farfulló rápidamente, mirándome con un extraño resplandor en los ojos. Parecía estar reprimiendo algún tipo de emoción. Eso me recordó a Jessica cuando tenía algún nuevo chisme que se moría por compartir. - ¿Quieres que te imprima tu balance? - Preguntó la señora Stanley ansiosamente. No era mi hábito – mi cuenta crecía tan predecible y lentamente que no era difícil hacer el cálculo en mi cabeza. Pero el cambio en su tono me hizo curiosa. ¿Qué había en la pantalla del ordenador que la fascinaba? - Claro - coincidí. Tecleó una clave, y la impresora escupió rápidamente un corto documento. -Aquí tienes - Arrancó el papel con tanta prisa que lo rasgó por la mitad. - Oops, siento mucho esto - Revoloteó alrededor de la mesa, sin encontrarse nunca con mi mirada curiosa, hasta que encontró un rollo de cinta. Pegó los dos trozos de papel juntos y los empujó hacia mí. - Er, gracias - murmuré. Con el trozo de papel en la mano, giré y me dirigí a la puerta principal, echando una rápida mirada para ver si podía decir cuál era el problema de la señora Stanley. Pensaba que mi cuenta debía tener sobre mil quinientos treinta y cinco dólares. Me equivoqué, eran treinta y seis con cincuenta, en vez de treinta y cinco. Y había veinte de los grandes extra, también. Me quedé helada en el sitio, intentando entender los números. La cuenta estaba veinte mil dólares por encima antes de mi depósito de hoy, los que entonces habían sido agregados correctamente. Durante un minuto consideré cerrar mi cuenta inmediatamente. Pero, suspirando una vez, volví al mostrador donde la señora Stanley estaba esperando con brillantes e interesados ojos. - Aquí tiene que haber un error del ordenador, señora Stanley - le dije, devolviéndole la hoja de papel. “Sólo deben ser los mil quinientos treinta y seis con cincuenta. Sonrió con complicidad - Creo que parece un poco raro. - En mis sueños, ¿Bien? - sonreí también, impresionándome a mí misma con la normalidad de mi tono. Tecleó enérgicamente. - Veo el problema aquí… hace tres semanas aparece un depósito de veinte mil de… hmmm, otro banco según parece. Imagino que alguien dio los números mal. - ¿Cuántos problemas tendré si retiro el dinero? - Me burlé. Se rió ausentemente mientras continuaba tecleando. - Hmmm - dijo otra vez, su frente se arrugó en tres profundas rayas - Esto parece que fue una transferencia por cable. No tenemos muchas de éstas. ¿Sabes qué? Voy a hacer que la señora Gerandy le eche un vistazo a esto… - su voz se arrastró mientras se giraba lejos de la computadora, su cuello se estiró para examinar la puerta abierta detrás de ella - ¿Charlotte, estás ocupada? - la llamó. No hubo respuesta. La señora Stanley cogió el extracto y caminó rápidamente a través de la puesta trasera donde debían estar las oficinas. La miré después durante un minuto, pero no reapareció. Giré alrededor y miré ausentemente fuera de las ventanas delanteras, viendo la lluvia deslizarse hacia abajo por el cristal. La lluvia caía en impredecibles riachuelos, a veces inclinada por el viento. No llevé la cuenta del tiempo mientras esperaba. Intenté mantener mi mente flotando en blanco, pensando en nada, pero parecía que no podía volver a ese estado de semiinconsciencia. Finalmente oí voces detrás de mí otra vez. Me giré para ver a la señora Stanley y a la mujer del Dr. Gerandy sacando archivos de la habitación delantera con la misma sonrisa educada en ambas caras. - Lo siento por esto, Bella - dijo la señora Gerandy - Debo poder aclarar esto arriba con una llamada telefónica verdaderamente corta. Puedes esperar si quieres - Gesticuló a la hilera de sillas de madera contra la pared. Parecía que pertenecían a la mesa del cuarto de estar de alguien. - Vale - asentí. Caminé sobre las sillas y me senté justo en la de en medio, deseando de repente tener un libro. No había leído nada durante un tiempo, fuera del instituto. E incluso después, cuando algunas ridículas historias de amor eran parte del plan de estudios, haría trampas con notas de roca. Era un alivio estar trabajando en Granja animal ahora. Pero tenía que haber otros libros seguros. Novelas políticas. Misteriosos asesinatos. Los asesinatos horripilantes no eran un problema; justo tanto tiempo como no había estrellado los ojos con el que tratar un argumento secundario romántico. Esperé tanto tiempo que me irrité. Estaba cansada de mirar la aburrida habitación gris, sin una pintura que aliviase las blancas paredes. No podía ver a la señora Stanley mientras se arrastraba a través de las pilas de papeles, parándose de vez en cuando para meter alguna cosa en el ordenador – me miraba alguna vez, y después cogía mi mirada, parecía incómoda y abandonaba un archivo. Podía oír la voz de la señora Gerandy, un tenue murmullo que se desviaba fuera de la habitación trasera, pero no era lo suficientemente claro para decirme nada de la manera en que había mentido acerca de la longitud necesaria de la llamada telefónica. Había sido tan largo que cualquiera podría estar esperando mantener en blanco su mente, y si esto no terminaba pronto, yo no sería capaz de ayudar. Podía tener que pensar. Estaba siendo presa del pánico rápidamente, intentando subir con seguridad el objeto del pensamiento. Estaba salvada con la reaparición de la señora Gerandy. Le sonreí agradecida cuando asomó su cabeza por la puerta, su fino, blanco pelo captaron mi atención al mismo tiempo. - Bella, ¿Te importaría reunirte conmigo? - preguntó, y me di cuenta de que tenía el teléfono apretado contra su oreja. - Claro - murmuré mientras ella desaparecía. La señora Stanley tuvo que abrir la mitad de las puertas del final del mostrador para dejarme pasar. Su sonrisa era ausente, no se encontró con mis ojos. Yo estaba absolutamente segura que estaba planeando escuchar a escondidas. Mi mente corrió a través de todas las posibilidades concebibles mientras corría hacia atrás a la oficina. Alguien estaba blanqueando dinero a través de mi cuenta. O quizá Charlie estaba aceptando sobornos y yo estaba perdiendo su cubierta. Aunque ¿Quién tendría esa clase de dinero con el que sobornar a Charlie? Quizá Charlie era acosado, cogiendo sobornos, y utilizando mi cuenta para blanquear el dinero. No, no podía imaginar a Charlie siendo acosado. Quizá era Phil. ¿Cómo de bien conocía realmente a Phil, después de todo? La señora Gerandy estaba aún al teléfono, y ella me indicó con el mentón la silla de tijera de metal que encaraba su escritorio. Estaba garabateando rápidamente en el reverso de un sobre. Me senté, preguntándome si Phil tenía un oscuro pasado, y si yo iba a ir a la cárcel. - Gracias, sí. Bien, creo que eso es todo. Sí, sí. Muchas gracias por su ayuda - La señora Gerandy derrochó una sonrisa en el receptor de teléfono antes del colgar. No parecía enfadada o sombría. Más excitada y confusa. Lo que me recordó a la señora Stanley en el vestíbulo. Jugueteé por un segundo con saltar a través de la puerta y asustarla. Pero la señora Gerandy habló. - Bien, creo que tengo unas muy buenas noticias para ti… aunque no puedo imaginar cómo no habías sido informada de esto - Me miró críticamente, como si esperase que me golpease la frente y dijese, ¡o ESOS veinte mil! ¡Se me olvidó completamente! - ¿Buenas noticias? - puntualicé. Las palabras implicaban que este misterio era bastante complicado de desentrañar para ella, y daba la impresión de que yo era más rica de lo que habíamos pensado unos minutos antes. - Bueno, si realmente no lo sabes… entonces ¡felicidades! Te ha sido concedida una beca de…” miró hacia abajo a sus notas garabateadas - el Pacific Northwest Trust. - ¿Una beca? - Repetí con incredulidad. - Sí, ¿No es excitante? Dios mío, ¡serás capaz de ir a cualquier universidad que quieras! Fue en ese preciso momento, mientras ella sonreía de oreja a oreja de felicidad por mi buena fortuna, cuando supe exactamente de dónde venía el dinero. A pesar de la repentina prisa del enfado, sospecha, ultraje y dolor, intenté hablar calmadamente. - Una beca que deposita veinte mil dólares en efectivo en mi cuenta - destaqué - En lugar de pagarlo a la escuela. Sin ninguna forma de cerciorarse de que utilizo todo el dinero para la escuela. Mi reacción la ruborizó. Parecía estar ofendida por mis palabras. - Sería muy imprudente no usar ese dinero para el propósito destinado, Bella, querida. Esto es una oportunidad única en la vida. - Por supuesto - dije ácidamente - ¿Y mencionó esta Pacific Northwest Trust por qué me eligieron a mí? Miró sus notas otra vez, y frunció un poco el ceño debido a mi tono. - Es muy prestigiosa – ellos no conceden una beca como esta todos los años. - Apostaré. Me echó un vistazo y retiró la mirada rápidamente. El banco de Seattle que maneja los fondos me expidió al hombre que a administra las asignaciones de beca. Él dijo que esta beca es concedida basada en méritos, género y emplazamiento. Está destinada a mujeres estudiantes de pueblos pequeños que no tienen las oportunidades disponibles de las grande ciudades. Parecía que alguien pensaba que él estaba siendo divertido. - ¿Méritos? - Pregunté con desaprobación - Tengo un tres con siete puntos de promedio. Puedo llamar a tres chicas en Forks que tienen mejores grados que yo, y una de ellas es Jessica. Además – nunca solicité esta beca. Ella estaba muy ruborizada ahora, cogiendo el bolígrafo y dejándolo otra vez, inquietante el colgante que llevaba entre su pulgar y su índice. Ojeó a través de sus notas otra vez. - Él mencionó que…- fijó sus ojos en el sobre, insegura de qué hacer con mi actitud - No aceptan solicitudes. Funcionan mediante las solicitudes rechazadas de otras becas y escogen a los estudiantes que sienten que han sido injustamente pasados por alto. Ellos obtuvieron tu nombre de una solicitud que enviaste para la ayuda financiera basada en méritos para la Universidad de Washington. Sentí que los extremos de mi boca descendían. No había sabido que la solicitud había sido rechazada. Era algo que había llenado hace mucho tiempo, antes... Y no había hecho el seguimiento con ningunas otras posibilidades, aunque las fechas topes pasaban por mí. No parecía poder enfocar el futuro. Pero la Universidad de Washington era el único lugar que podría mantenerme cerca de Forks y de Charlie. - ¿Cómo conseguían las solicitudes rechazadas? - Pregunté con monotonía. - No estoy segura, querida - La señora Gerandy estaba infeliz. Quería excitación y había obtenido hostilidad. Deseaba tener la manera de explicarle que la negatividad no tenía nada que ver con ella - Pero el administrador dejó su número por si tenía algunas preguntas – puedes llamarle tú misma. Estoy segura de que puede asegurarte de lo que este dinero significa realmente para ti. No estaba dudando de eso. Querría ese número. Escribió rápidamente en un trozo rasgado de papel. Hice una nota mental de un donativo anónimo de bloc de post-it para el banco. El número era de larga distancia. - ¿Supongo que no dejó una dirección de correo electrónico? - Pregunté escéptica. No quería aumentar las facturas de Charlie. - En realidad lo hizo - sonrió, feliz de tener algo que yo parecía querer. Alcanzó a través de la mesa para escribir otra línea en mi trozo de papel. - Gracias, me pondré en contacto con él tan pronto como llegue a casa - Mi boca era una línea dura. - Dulzura - dijo la señora Gerandy dudando - Deberías estar feliz con esto. Es una gran oportunidad. - No voy a coger veinte mil dólares que no he ganado - repliqué, intentando mantener el rastro de indignación fuera de mi voz. Se mordió el labio, y miró abajo otra vez. Pensaba que yo estaba loca, también. Bueno, estaba dispuesta a hacerla decirlo en alto. - ¿Qué? - exigí. - Bella…- hizo una pausa y esperó con los dientes apretados - Es sustancialmente más que veinte mil dólares. - ¿Perdón? - Me atraganté - ¿Más? - Veinte mil dólares es solamente el pago inicial, en realidad. A partir de ahora recibirás cinco mil dólares todos los meses hasta que termines tu carrera universitaria. Si te matriculas en cursos de postgrado, ¡la beca continuará pagándote por ello! - Se estaba emocionando otra vez, mientras me decía esto. No pude hablar al principio, estaba muy furiosa. Cinco mil dólares al mes que abarcaban un tiempo ilimitado. Quería romper algo. - ¿Cómo? - Me las arreglé para decir. - No entiendes lo que significa para ti. - ¿Cómo obtendré cinco mil dólares al mes? - Se transferirán a tu cuenta aquí - respondió, perpleja. Hubo un corto segundo de silencio. - Cerraré esta cuenta ahora - dije con voz llana. Me llevó quince minutos convencerla de que estaba seria. Ella tenía un interminable suministro de razones por la que eso era una mala idea. Argumenté acaloradamente hasta que finalmente se me ocurrió que ella estaba preocupada por darme los veinte mil. ¿Llevaron ellos esa cantidad en mano? - Mira, señora Gerandy - la tranquilicé - Sólo quiero retirar mis mil quinientos. Realmente apreciaría si transfirieras ese dinero de nuevo a donde procede. Lo resolveré con esto - verifiqué el trozo de papel - El señor Isaac Randall. Realmente esto es un misterio. Esto pareció que la relajó. Sobre veinte minutos después, con un rollo de mil quinientos dólares, un de veinte, uno de diez, uno de cinco, uno de uno, y cincuenta centavos en mi bolsillo, escapé del banco con alivio. La señora Stanley y la señora Gerandy permanecieron lado a lado en el mostrador, mirándome fijamente después con grandes ojos. *** Escena dos: esa misma noche, después de comprar las motocicletas y visitar a Jacob por primera vez… Cerré mi puerta detrás de mí, y saqué de mi bolsillo mi fondo para la universidad. Parecía un bonito rollo pequeño en la palma de mi mano. Lo metí dentro de punta de un calcetín desparejado y lo empujé al fondo del cajón de mi ropa interior. Probablemente no era el lugar más original para esconderlo, pero me preocuparía por proponer algo más creativo más tarde. En mi otro bolsillo estaba el trozo de papel con el teléfono de Isaac Randall y su dirección de correo electrónico. Lo rebusqué y lo coloqué en el teclado de mi ordenador, después pulsé el botón de encendido, dando un golpecito con mi pie mientras la pantalla brillaba lentamente a la vida. Cuando estaba conectada, abrí mi cuenta de correo gratuita. Me demoré, tomándome tiempo en borrar la montaña de spam que se había construido en los pocos días desde que había escrito a Renee. Finalmente había terminado mi ocupado trabajo, y arranqué una caja nueva de la composición. La dirección de correo era para “irandall” así que asumí que iría directamente al hombre que necesitaba. Querido Sr. Randall, escribí. Espero que recuerde la conversación que tuvo esta tarde con la señora Gerandy del Banco Federal de Forks. Mi nombre es Isabella Swan, y aparentemente usted tiene la impresión de que me ha sido concedida una generosa beca de la compañía Pacific Northwest Trust. Lo siento, pero no puedo aceptar esta beca. He preguntado si el dinero que había recibido por transferencia se podía devolver a la cuenta de la que vino y liquidé mi cuenta en el Banco Federal de Forks. Por favor conceda la beca a un candidato diferente. Gracias. I. Swan. Me llevó algunos intentos conseguir que sonase bien – formal, y con un final sin ambigüedades. La leí dos veces antes de enviarla. No estaba segura de qué clase de indicaciones había recibido el señor Randall sobre las becas falsas, pero yo no podía ver ningún resquicio en mi respuesta. *** Escena tres: pocas semanas antes de la “cita” de Bella y Jacob con las motocicletas. Cuando volví, cogí el correo de la misma forma. Pasé rápidamente las facturas y la propaganda, hasta que obtuve la carta de debajo del montón. Era un sobre normal de empresa, dirigido a mí – mi nombre estaba escrito a mano, lo cual era inusual. Miré la dirección del remitente con interés. Interés que rápidamente se tornó en una náusea nerviosa. La carta provenía de la Oficina de Asignaciones de Becas del Pacific Northwest Trust. No había la dirección de la calle bajo el nombre. Probablemente fuese un reconocimiento formal de mi renuncia, me dije a mí misma. No había razón para sentirse nerviosa. Ninguna razón, excepto el pequeño detalle que pensando sobre cualquier parte de esto bastante a fondo quizá me mande hacia abajo en una espiral a la tierra del autómata. Sólo eso. Deje el resto del correo en la mesa para Charlie. Reuní mis libros en la planta de la sala de estar, y corrí escaleras arriba. Una vez que estuve en mi habitación, cerré la puerta y rasgué el sobre para abrirlo. Tuve que acordarme de permanecer enfadada. El enfado era la clave. Querida Señorita Swan, Permítame felicitarla formalmente por haberle sido concedida la prestigiosa Beca J. Nicholls del Pacific Northwest Trust. Esta beca sólo es concedida infrecuentemente, y debería sentirse orgullosa de saber que el Comité de Asignaciones escogió su nombre unánimemente para este honor. Ha habido algunas pequeñas dificultades para concederle su dinero de la beca, pero por favor no se preocupe. Me he tomado la molestia de ver que usted pone los menores inconvenientes posibles. Por favor encuentre el cheque bancario adjunto de veinticinco mil dólares; la concesión inicial más tu primer mes de asignación. Una vez más la felicitó por su logro. Por favor excepto los mejores deseos del todo el Pacific Northwest Trust por su futura carrera universitaria. Sinceramente, Randall El enfado no era problema. Miré en el sobre, y bastante segura, había un cheque dentro. “¿Quién es esta gente?” gruñí entre mis dientes apretados, arrugando la carta, con una mano, en una apretada pelota. Con furia pisé fuerte mi papelera, para encontrar el número de teléfono del señor I. Randall. Sin preocuparme de que fuese de larga distancia – esto iba a ser una conversación realmente corta. - Oh, mierda - silbé. La papelera estaba vacía. Charlie había sacado mi basura. Tiré el sobre con el cheque sobre la cama y alisé la carta otra vez. Estaba en el papel de la compañía, con Departamento de Asignaciones de Becas Pacific Northwest escrito en verde oscuro cruzando la parte superior, pero no había más información, sin dirección, sin número de teléfono. - Joder. Hice plof en el borde de mi cama e intenté pensar con claridad. Obviamente, ellos me ignoraban. No podía haber dejado mis sentimientos más claros, así que esto no era una mala comunicación. Probablemente daría igual si llamase. Así que sólo había una cosa que hacer. Volví a arrugar la carta, destrozando el sobre con el cheque, también, y me moví sigilosamente escaleras abajo. Charlie estaba en la sala de estar, con la televisión encendida fuerte. Fui al fregadero de la cocina, y tiré las bolas de papel en él. Después registré nuestro cajón de varios trastos hasta que encontré una caja de cerillas. Encendí una, y la empujé cuidadosamente en una grieta del papel. Encendí otra, e hice lo mismo. Casi fui a por la tercera, pero el papel estaba ardiendo muy alegremente, así que realmente no la necesitaba. - ¿Bella? -Llamó Charlie por encima del sonido de la televisión. Giré la llave del grifo rápido, teniendo una sensación de satisfacción mientras la fuerza del agua rompía las llamas en una sustancia pegajosa, lisa y cenicienta. - ¿Sí, papá? - Empujé las cerillas de nuevo al cajón, y lo cerré rápidamente. - ¿Hueles humo? -No, papá. -Hmmm. Aclaré el fregadero, asegurándome de que toda la ceniza se había ido por el desagüe, y entonces corrí la eliminación por añadidura. Volví a mi habitación, sintiéndome un poco apaciguada. Podían enviarme todos los cheques que quisiesen. Pensé gravemente. Siempre podía conseguir más cerillas cuando se agotasen. *** Escena cuatro: durante el periodo de tiempo que Jacob la está evitando En el umbral de la puerta había un paquete de FedEx. Lo cogí con curiosidad, esperando un remite desde Florida, pero fue enviado desde Seattle. No había enumerados remitentes fuera de la caja. Estaba dirigido a mí, no a Charlie, así que lo puse sobre la mesa y rasgué la lengüeta que atravesaba el cartón para abrirlo. Tan pronto como vi el logotipo del Pacific Northwest Trust, sentí como si la gripe estomacal estuviese volviendo. Caí en la silla más cercana sin mirar la carta, la furia se estaba construyendo lentamente. No pude ni traerla para leerla, aunque no estaba lejos. Lo saqué, puse mi cara sobre la mesa, y miré atrás en la caja con reticencia, para ver qué había en el fondo. Era un abultado sobre manila. Debía abrirlo, pero estaba tan enojada que lo tiré fuera de todos modos. Mi boca era una línea dura mientras rasgaba a través del papel sin molestarme en abrir la solapa. Tenía bastante con lo que tratar en ese momento. No necesitaba el recuerdo o la irritación. Estaba impresionada, y de todas formas todavía in sorprendida. Que podría ser sólo esto – tres delgado montones de facturas, colocadas ordenadamente con anchas gomas. No tenía que mirar los valores. Sabía exactamente cuánto estarían tratando de forzar en mis manos. Serían treinta mil dólares. Levanté el sobre cuidadosamente como una rosa y giré para dejarlo caer en el fregadero. Las cerillas estaban justo en la parte superior del cajón de varios, justo donde las había dejado antes. Saqué una y la encendí. Ardía cada vez más cerca de mis dedos mientras miraba fijamente el odioso sobre. No podía hacer que mis dedos la dejaran caer. Agité la cerilla fuera antes de que me quemase, mi cara se retorcía en un gesto de disgusto. Cogí la carta de la mesa, arrugándola en una pelota y lanzándola al otro fregadero, encendí otra cerilla y la empujé en el papel, mirando con severa satisfacción mientras ardía. Un calentamiento. Alcancé otra cerilla. De nuevo, ardió cerca de mis dedos antes de que la tirase a las cenizas de la carta. No me podía causar a mí misma acabar de quemar treinta mil dólares. Así que ¿Qué iba a hacer con esto? No había dirección para devolverlo – estaba bastante segura de que la compañía no existía realmente. Y después se me ocurrió que tenía una dirección. Metí el dinero de nuevo en la caja de FedEx, rompiendo la etiqueta para que si alguien más lo encontraba, sería imposible para ellos relacionarlo conmigo, y me dirigí de vuelta a mi camioneta, refunfuñando incoherentemente todo el camino. Me prometí a mí misma que haría algo especialmente imprudente con mi motocicleta esta semana. Comenzaría a saltar peligrosamente si debía. Odiaba todas las pulgadas de conducción mientras atravesaba los tenebrosos árboles, apretando mis dientes, hasta que me estaba doliendo la mandíbula. Las pesadillas serían fieras esta noche – solo estaba preguntando por esto. Los árboles abrían en los helechos, y conducía enfurecidamente a través de ellos, permitiéndome una doble línea de aplastados tallos rezumando detrás de mí. Paré delante de las escaleras, tirándolo en punto muerto. La casa parecía justo la misma, dolorosamente vacía, muerta. Sabía que estaba proyectando mis propios sentimientos sobre su apariencia, pero eso no cambia la manera en que la veía. Cuidadosa de no mirar a través de las ventanas, caminé a la puerta principal. Deseé desesperadamente por un solo minuto ser un zombi otra vez, pero la insensibilidad estaba caducada hacía tiempo. Coloqué la caja en el umbral de la casa abandonada y giré para irme. Paré en el escalón superior, no podía dejar solo un montón de dinero en efectivo delante de la puerta. Eso era casi tan malo como quemarlo. Con un suspiro, bajé mis ojos, y cogí la ofensiva caja. Quizá pudiese solo donarlo anónimamente para una buena causa. Una caridad para la gente con enfermedades sanguíneas, o algo. Pero estaba sacudiendo mi cabeza mientras volvía al interior de mi camioneta. Era su dinero, y maldita sea, él lo conservaría. Si lo hubiesen robado de su porche delantero, sería culpa suya, no mía. Mi ventana estaba abierta, y antes de irme, sólo tiré la caja tan fuerte como pude hacia la puerta. Nunca tuve la mejor puntería. La caja golpeó fuerte contra la ventana delantera, haciendo un agujero tan grande que parecía que había lanzado una lavadora. - ¡Oh, mierda! - grité fuerte, cubriendo mi cara con las manos. Debería haber sabido que no importaba qué hiciese, sólo haría las cosas peor. Afortunadamente el enfado se reafirmó a sí mismo después. Esto era culpa suya, me recordaba a mí misma. Sólo estaba regresando a su propietario. Era su problema que hubiera estado haciendo tal tarea. Además, el sonido demoledor del cristal era la clase de frío – que me hacía sentir una pequeña parte mejor de una forma perversa. Realmente no me convencí a mí misma, pero saqué la camioneta en punto muerto y conduje fuera a pesar de todo. Esto era como cerrar como podía venir enviando el dinero de vuelta a donde pertenecía. Y ahora tenía un conveniente paso para dejar caer la caja con el dinero del plazo del próximo mes. Era lo mejor que podía hacer. Lo repasé unas cien veces después de dejar la casa. Fui a por el listín telefónico buscando cristaleros, pero no había extraños para pedir ayuda. ¿Cómo explicaría la dirección? ¿Tendría Charlie que arrestarme por vandalismo? *** Escena cinco: la primera noche que Alice vuelve después de ver a Bella “cometer suicidio”… - ¿No quiso Jasper venir contigo? - No aprobaba mi interferencia. Olfateé. - No eres la única. Se agarrotó y luego se relajó. - ¿Tiene esto algo que ver con el agujero en la ventana delantera de mi casa y la caja repleta de billetes de cien dólares en el suelo de la sala de estar? - Sí - dije enfadada - Siento lo de la ventana. Fue un accidente. - Eso normalmente está contigo. ¿Qué hizo él? - Algo llamado Pacific Northwest Trust me concedió una muy extraña y persistente beca. No era un disfraz verdadero. Quiero decir, no puedo imaginar que él quisiera que supiese que era él, pero espero que no piense que soy estúpida. - Por qué, ese gran tramposo - murmuró Alice. - Exactamente. - Y él me dijo que no mirase - Sacudió su cabeza con irritación. *** Escena seis: con Edward la noche después de Italia, en la habitación de Bella… - ¿Hay una razón por la que el peligro no te puede resistir más que yo? - El peligro no lo intenta - murmuré. - Por supuesto, suena como si estuvieses buscando el peligro fuera. ¿Qué estabas pensando, Bella? Identifiqué en la cabeza de Charlie el número de veces que has estado en la sala de urgencias recientemente. ¿Mencioné lo furioso que estoy contigo? Su tranquila voz sonaba más dolorida que furiosa. - ¿Por qué? Eso no es asunto tuyo - dije, avergonzada. - En realidad, recuerdo específicamente que prometiste no hacer nada imprudente. Mi refutación fue rápida. - ¿Y no prometiste tú algo sobre no interferir? - Al tiempo que tú estabas cruzando la línea - calificó con cuidado - Mantenía mi parte del trato. - Oh ¿Así que es eso? Tres palabras, Edward: Pacific Northwest Trust. Levantó su cabeza para mirarme; su expresión era toda confusión e inocencia – demasiada inocencia. Era un regalo de muerte. - ¿Se supone que eso tiene que significar algo para mí? - Eso es un insulto - me quejé - ¿Cuán estúpida piensas que soy? - No tengo ni idea de qué estás hablando - dijo, con los ojos abiertos. - Cualquiera - refunfuñé. *** Escena siete: las conclusiones de este hilo: la misma madrugada, cuando llegaron a la casa de los Cullen para la votación… De repente, la luz del porche se encendió, y pude ver a Esme esperando en el umbral. Su ondulado pelo caramelo estaba echado hacia atrás y tenía alguna clase de paleta en la mano. - ¿Está todo el mundo en casa? - pregunté esperanzadamente mientras subíamos las escaleras. - Sí, están - Mientras hablaba, las ventanas fueron abruptamente llenas con luz. Examiné la más cercana para ver quién nos había advertido, pero la cacerola plana de fango grueso y gris en el taburete en frente de ella captó mi vista. Miré la lisa perfección del vidrio, y comprendí qué estaba haciendo Esme en el porche delantero con la paleta. - ¡Oh, dispara Esme! ¡Siento realmente lo de la ventana! Iba a... - No te preocupes por eso - interrumpió con una sonrisa - Alice me contó la historia, y tengo que decir, que no te habría culpado por hacerlo a propósito - Deslumbró a su hijo, el cual me estaba deslumbrando a mí. Levanté una ceja. Él apartó la mirada y murmuró algo impreciso acerca de caballos regalados.

NARCOTICOS ( CAPITULO ELIMINADO)

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(Este fragmento va despues del corte inical de Bella en casa de los Cullen donde en un principio el corte era más profundo y Carlislie le receta Percocet para el dolor): Me desplomé sobre la almohada, jadeando, con la cabeza dándome vueltas. El brazo ya no dolía, pero no sabía si era debido al efecto calmante que me había provocado el beso. Algo tiró, escurridizo, de los bordes de mi memoria... - Lo siento – dijo, también sin aliento -. Eso es pasarse de la raya. Para mi propia sorpresa, me reí tontamente. - Qué gracioso – farfullé, y solté otra risita tonta. Él frunció el ceño en la oscuridad. Parecía serio. Era para morirse de risa. Me tapé la boca para amortiguar la risa que Charlie habría oído. - Bella, ¿nunca has tomado Percocet antes? - No creo – me reí tontamente de nuevo - ¿Por qué? Entornó los ojos, y no pude parar de reír. - ¿Cómo está tu brazo? - No puedo sentirlo. ¿Está ahí todavía? Suspiró cuando me reí de nuevo. - Intenta dormir, Bella. - No, quiero que me beses otra vez. - Estás sobreestimando mi autocontrol. Me reí por lo bajo. - ¿Qué te tienta más, mi sangre o mi cuerpo? – mi pregunta me hizo reír. - Hay un empate – sonrió abiertamente a pesar de sí mismo -. Nunca te he visto colocada. Eres muy divertida. - No estoy colocada – intenté contener las risitas tontas para probarlo. - Duerme hasta que se te pase – sugirió. Comprendí que me estaba poniendo en ridículo, lo cual no era raro, pero aún era embarazoso, así que seguí su consejo. Puse mi cabeza en su hombro de nuevo y cerré los ojos. De vez en cuando se me escapaba otra risita histérica. Pero eso se hizo más infrecuente a medida que las drogas me adormecían hacia la inconsciencia. * * * Me sentía realmente fatal por la mañana. Mi brazo quemaba, y me dolía la cabeza. Edward dijo que yo tenía resaca, y me recomendó Tylenol bastante más que Percocet antes de besar mi frente con indiferencia y sumergirse fuera de mi ventana. No pude aliviar mi presentimiento de que la expresión de su cara era lejana y afable. Estaba algo preocupada por las conclusiones a las que él podría haber llegado durante la noche mientras me veía dormir. La ansiedad parecía aumentar la intensidad de los fuertes latidos de mi cabeza. Tomé una doble dosis de Tylenol, tirando el pequeño frasco de Percocet en la papelera del baño.

EPILOGO - EL TRATADO

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Casi todo había vuelto a la normalidad —a la normalidad previa al estado zombi— en menos tiempo de lo que yo hubiera creído posible. El hospital acogió a Carlisle con los brazos abiertos sin disimular su alegría por el hecho de que Esme no se hubiera adaptado a la vida en Los Ángeles. Alice y Edward estaban en mejor situación que yo para graduarse por culpa del examen de Cálculo que me había perdido mientras estuve en el extranjero. De repente, la facultad se convirtió en una prioridad —la universidad seguía siendo el plan B, por si acaso la oferta de Edward me hacía cambiar de idea respecto a la opción de Carlisle después de mi graduación—. Había dejado pasar los plazos de admisión de muchas universidades, pero Edward me traía todos los días más solicitudes para rellenar. Él ya había estudiado todo lo que deseaba en Harvard así que no parecía molestarle que, gracias a mi tendencia a dejarlo todo para el último día, ambos termináramos el año próximo en el Península Community College.
Charlie no estaba muy satisfecho conmigo y tampoco hablaba con Edward, pero al menos permitió que él pudiera volver a entrar en casa en las horas de visita predeterminadas. Mi padre me castigó a quedarme sin salir.
Las únicas excepciones eran el instituto y el trabajo. En los últimos tiempos, por extraño que pudiera parecer, las paredes deprimentes de mis clases, de color amarillo mate, empezaron a parecerme acogedoras, y eso tenía mucho que ver con la persona que se sentaba junto a mí.
Edward había retomado su matrícula de principios de ese año, de modo que volvió de nuevo a mis clases. Mi comportamiento había sido tan terrible el último otoño, después del supuesto traslado de los Cullen a Los Ángeles, que el asiento contiguo había permanecido vacante. Incluso Mike, siempre dispuesto a aprovechar las ventajas, había mantenido una distancia segura. Con Edward ocupando nuevamente su lugar, parecía como si los últimos ocho meses hubieran quedado simplemente en una molesta pesadilla...
... pero no del todo. Quedaba aún la cuestión del arresto domiciliario, por citar un ejemplo y, por poner otro, Jacob Black y yo no habíamos sido buenos amigos antes del otoño. Así que, claro, entonces no lo habría echado de menos.
No tenía libertad de movimientos para ir a La Push y Jacob no venía a verme, ni siquiera se dignaba a contestar mis llamadas.
Le telefoneaba sobre todo por la noche, después de que, puntualmente a las nueve, un resuelto Charlie echara a Edward —con gran satisfacción—, y antes de que éste regresara a hurtadillas por la ventana en cuanto mi padre se dormía. Escogía este momento para hacer mis llamadas infructuosas porque me había dado cuenta de que Edward ponía mala cara cada vez que mencionaba el nombre de Jacob. Un gesto que estaba entre la desaprobación y la cautela... o quizás incluso el enfado. Yo suponía que estaba relacionado con algún prejuicio recíproco contra los hombres lobo, aunque no se mostraba tan explícito como lo había sido Jacob respecto a los «chupasangres».
Por eso, procuraba no mencionar demasiado el nombre de Jacob en presencia de Edward.
Era difícil sentirme desdichada teniendo a Edward a mi lado, incluso aunque mi antiguo mejor amigo probablemente fuera bastante infeliz en esos momentos por mi causa. Cada vez que me acordaba de Jake me sentía culpable por no pensar más en él.
El cuento de hadas continuaba. El príncipe había regresado y se había roto el maleficio. No estaba segura exactamente de qué hacer con el personaje restante, el cabo suelto. ¿Dónde estaba su «feliz para siempre»?
Las semanas transcurrieron sin que Jacob quisiera responder a mis llamadas. Esto empezó a convertirse en una preocupación constante. Era como si llevara un grifo goteando pegado a la parte posterior de mi cabeza que no podía cerrar ni ignorar. Gota, gota, gota. Jacob, Jacob, Jacob.
Así que, aunque yo no mencionara mucho a Jacob, algunas veces mi frustración y mi ansiedad explotaban. Un sábado por la tarde, cuando Edward me recogió a la salida del trabajo, me desahogué:
—¡Es una verdadera falta de educación! —enfadarse por algo es más fácil que sentirse culpable—. ¡Estuvo de lo más grosero!
Había cambiado el horario de las llamadas con la esperanza de obtener una respuesta diferente. En aquella ocasión, había telefoneado a Jake desde el trabajo sólo para encontrarme con que había contestado Billy, poco dispuesto a cooperar. Otra vez.
—Billy me dijo que él no quería hablar conmigo —estaba que echaba humo, mirando cómo la lluvia se filtraba por la ventana del copiloto—. ¡Que estaba allí y que no estaba dispuesto a dar tres pasos para ponerse al teléfono! Normalmente, Billy se limita a decir que está fuera, ocupado, durmiendo o algo por el estilo. Quiero decir, no es como si yo no supiera que me miente, pero al menos era una forma educada de manejar la situación. Sospecho que ahora Billy también me odia. ¡No es justo!
—No es por ti, Bella —repuso Edward con calma—. A ti nadie te odia.
—Pues así es como me siento —mascullé, cruzando los brazos sobre el pecho. No era nada más que un gesto de terquedad. Ya no había allí ningún agujero, apenas podía recordar esa sensación de vacío.
—Jacob sabe que hemos vuelto y estoy seguro de que tiene claro que estoy contigo —dijo Edward—. No se acercará a donde yo esté. La enemistad está profundamente arraigada.
—Eso es estúpido. Sabe que tú no eres... como los otros vampiros.
—Aun así, hay buenas razones para mantener una distancia razonable.
Miré por el parabrisas con gesto ausente sin ver otra cosa que el rostro de Jacob, que llevaba puesta la máscara de la amargura que yo tanto odiaba.
—Bella, somos lo que somos —repuso Edward con serenidad—. Yo me siento capaz de controlarme, pero dudo que él lo consiga. Es muy joven. Lo más probable es que un encuentro degenerase en lucha y no sé si podría pararlo antes de m... —de pronto, enmudeció; luego, continuó con rapidez—: Antes de que le hiriera. Y tú serías desdichada. No quiero que ocurra eso.
Recordé lo que Jacob había dicho en la cocina, y oí sus palabras con total exactitud, con su voz ronca. No estoy seguro de mantenerme siempre lo bastante sereno como para poder manejar la situación. No creo que te hiciera demasiado feliz que matara a tu amiga. Pero aquella vez había sido capaz de conservar la serenidad...
—Edward Cullen —mascullé—. ¿Has estado a punto de decir «matarle»? ¿Era eso?
Él miró hacia otro lado, con la vista fija en la lluvia. Frente a nosotros, se puso en verde el semáforo cuya presencia no había advertido mientras brillaba la luz roja. Arrancó de nuevo y condujo muy despacio. No era su manera habitual de conducir.
—Yo intentaría... con mucho esfuerzo... no hacerlo —dijo al fin Edward.
Le miré fijamente con la boca abierta, pero él continuó con la vista al frente. Nos habíamos detenido delante de la señal de stop de la esquina.
De pronto, recordé la suerte que había corrido Paris al regreso de Romeo. Las acotaciones de la obra son simples. Luchan. Paris cae.
Pero eso era ridículo. Imposible.
—Bueno —contesté y respiré hondo mientras sacudía la cabeza para ahuyentar las palabras de mi mente—, eso no va a ocurrir jamás, así que no hay de qué preocuparse. Y sabes que en estos momentos Charlie estará mirando el reloj. Será mejor que me lleves a casa antes de que me busque más problemas por retrasarme.
Volví la cara hacia él, sonriendo con cierta desgana.
Mi corazón palpitaba fuerte y saludable en mi pecho, en su sitio de siempre, cada vez que contemplaba su rostro, ese rostro perfecto hasta lo imposible. Esta vez, el latido se aceleró más allá de su habitual ritmo enloquecido. Reconocí la expresión de su rostro; era la que le hacía parecerse a una estatua.
—Creo que ahora tienes algunos problemas más, Bella —susurró sin mover los labios.
Me deslicé a su lado, más cerca, y me aferré a su brazo mientras seguía el curso de su mirada para ver lo mismo que él. No sé qué esperaba encontrar, quizás a Victoria de pie en mitad de la calle, con su encendido cabello rojo revoloteando al viento, o una línea de largas capas negras... o una manada de licántropos hostiles, pero no vi nada en absoluto.
—¿Qué? ¿Qué es?
Respiró hondo.
—Charlie...
—¿Mi padre? —chillé.
Entonces, él bajó la mirada hacia mí, y su expresión era lo bastante tranquila como para mitigar un poco mi pánico.
—No es probable que Charlie vaya a matarte, pero se lo está pensando —me dijo. Condujo de nuevo calle abajo, pero pasó de largo frente a la casa y aparcó junto al confín del bosque.
—¿Qué he hecho ahora? —jadeé.
Edward lanzó otra mirada hacia la casa. Le imité, y entonces me di cuenta por vez primera del vehículo que estaba aparcado en la entrada, al lado del coche patrulla. Era imposible no verlo con ese rojo tan brillante. Era mi moto, exhibiéndose descaradamente en la entrada.
Edward había dicho que Charlie se estaba pensando lo de matarme; por tanto, mi padre ya debía de saber que era mía. Sólo había una persona que pudiera estar detrás de semejante traición.
—¡No! —jadeé—. ¿Por qué? ¿Por qué iba a hacerme Jacob una cosa así? Su traición me traspasó como una estocada. Había confiado en Jacob de forma implícita, le había contado todos mis secretos por pequeños que fueran. Se suponía que él era mi puerto seguro, la persona en la que siempre podría confiar. Las cosas estaban más tensas ahora, sin duda, pero jamás pensé que esto hubiera afectado a los cimientos de nuestra amistad. ¡Nunca pensé que eso pudiera cambiar!
¿Qué le había hecho para merecerme eso? Charlie se iba a enfadar muchísimo, y peor aún, iba a sentirse herido y preocupado. ¿Es que no tenía bastante con todo lo que había ocurrido ya? Nunca hubiera imaginado que Jake fuera tan mezquino, tan abiertamente miserable. Lágrimas ardientes brotaron de mis ojos, pero no eran lágrimas de tristeza. Me había traicionado. De pronto, me sentí tan furiosa que la cabeza me latía como si me fuera a explotar.
—¿Está todavía por aquí? —farfullé.
—Sí. Nos está esperando allí —me dijo Edward, señalando con la barbilla el camino estrecho que dividía en dos la franja oscura de árboles.
Salté del coche y me lancé en dirección a los árboles con las manos ya cerradas en puños, preparadas para el primer golpe.
Edward me agarró por la cintura antes de que hollara el camino.
¿Por qué tenía que ser siempre mucho más rápido que yo?
—¡Suéltame! ¡Voy a matarle! ¡Traidor! —grité el adjetivo para que llegara hasta los árboles.
—Charlie te va a oír —me avisó Edward—, y va a tapiar la puerta una vez que te tenga dentro.
Volví el rostro de forma instintiva hacia la casa y me pareció que lo único que podía ver era la rutilante moto roja. Lo veía todo rojo. La cabeza me latió otra vez.
—Déjame que le atice una vez, sólo una, y luego ya veré cómo me las apaño con Charlie —luché en vano para zafarme.
—Jacob Black quiere verme a mí. Por eso sigue aquí.
Aquello me frenó en seco y me quitó las ganas de pelear por completo. Se me quedaron las manos flojas. Luchan. Paris cae.
Estaba furiosa, pero no tanto.
—¿Para hablar? —pregunté.
—Más o menos.
—¿Cuánto más? —me tembló la voz.
Edward me apartó cariñosamente el pelo de la cara.
—No te preocupes, no ha venido aquí para luchar conmigo, sino en calidad de... portavoz de la manada.
—Oh.
Edward miró otra vez hacia la casa; después, apretó el brazo alrededor de mi cintura y me empujó hacia los árboles.
—Tenemos que darnos prisa. Charlie se está impacientando.
No hubo necesidad de ir muy lejos; Jacob nos esperaba en el camino, un poco más arriba. Se había acomodado contra el tronco de un árbol cubierto de musgo mientras esperaba, con el rostro duro y amargado, exactamente del modo en que yo sabía que estaría. Me miró primero a mí y luego a Edward. Su boca se torció en una mueca burlona y se separó del árbol. Se irguió sobre los talones de sus pies descalzos, inclinándose ligeramente hacia delante con sus manos temblorosas convertidas en puños. Parecía todavía más grande que la última vez que le había visto. Aunque fuera casi imposible de creer, seguía creciendo. Le habría sacado una cabeza a Edward si hubieran estado uno junto al otro.
Pero Edward se paró tan pronto como le vimos, dejando un espacio amplio entre él y nosotros, y ladeó el cuerpo al tiempo que me empujaba hacia atrás, de modo que me cubría. Me incliné hacia un lado para observar fijamente a Jacob y poder acusarle con la mirada.
Pensaba que iba a enfadarme aún más al ver su expresión cínica y resentida, pero, en vez de eso, contemplarle me recordó la última vez que le había visto, con lágrimas en los ojos. Mi furia se debilitó y flaqueó conforme le miraba. Había pasado tanto tiempo desde aquella ocasión que me repateaba que el reencuentro tuviera que ser de este modo.
—Bella —dijo él a modo de saludo, asintiendo una vez en mi dirección sin apartar los ojos de Edward.
—¿Por qué? —susurré, intentando ocultar el sonido del nudo de mi garganta—. ¿Cómo has podido hacerme esto, Jacob?
La mueca burlona se desvaneció, pero su rostro continuó duro y rígido.
—Ha sido por tu bien.
—¿Y qué se supone que significa eso? ¿Quieres que Charlie me estrangule? ¿O quieres que le dé un ataque al corazón como a Harry? No importa lo furioso que estés conmigo, ¿cómo le has podido hacer esto a él?
Jacob hizo un gesto de dolor y sus cejas se juntaron, pero no contestó.
—No ha pretendido herir a nadie —murmuró Edward, explicando aquello que Jacob no estaba dispuesto a decir—, sólo quería que no pudieras salir de casa para que no estuvieras conmigo.
Sus ojos relampaguearon de odio mientras miraba de nuevo a Edward.
—¡Ay, Jake! ¡Ya estoy castigada! ¿Por qué te crees que no he ido a La Push para patearte el culo por no ponerte al teléfono?
Los ojos de Jacob relumbraron de vuelta hacia mí, confundido por primera vez.
—¿Era por eso? —inquirió, y luego apretó las mandíbulas como si le sentara mal haber preguntado.
—Creía que era yo quien te lo impedía, no Charlie —volvió a explicarme Edward.
—Para ya —le interrumpió Jacob.
Edward no contestó.
Jacob se estremeció una vez y después apretó los dientes tanto como los puños.
—Bella no había exagerado acerca de tus... habilidades —dijo entre dientes—. Así que ya debes de saber por qué estoy aquí.
—Sí —asintió Edward con voz tranquila—, pero quiero decirte algo antes de que empieces.
Jacob esperó, cerrando y abriendo las manos de forma compulsiva mientras intentaba controlar los temblores que corrían por sus brazos.
—Gracias —continuó Edward, y su voz vibró con la profundidad de su sinceridad—. Jamás seré capaz de agradecértelo lo suficiente. Estaré en deuda contigo el resto de mi... existencia.
Jacob le miró fijamente sin comprender, y sus temblores se tranquilizaron por la sorpresa. Intercambió una rápida mirada conmigo, pero mi rostro mostraba el mismo desconcierto que el suyo.
—Gracias por mantener a Bella viva —aclaró Edward con voz ronca, llena de intensidad—. Cuando yo... no lo hice.
—Edward... —empecé a hablar, pero él levantó una mano, con los ojos fijos en Jacob.
La comprensión recorrió el rostro de Jacob antes de que volviera a ocultarla detrás de la máscara de insensibilidad.
—No lo hice por ti.
—Me consta, pero eso no significa que me sienta menos agradecido. Pensé que deberías saberlo. Si hay algo que esté en mi mano hacer por ti...
Jacob alzó una ceja negra.
Edward negó con la cabeza.
—Eso no está en mis manos.
—¿En las de quién, pues? —gruñó Jacob.
Edward dirigió la mirada hasta donde yo estaba.
—En las suyas. Aprendo rápido, Jacob Black, y no cometeré el mismo error dos veces. Voy a quedarme aquí hasta que ella me diga que me marche.
Me sumergí por un momento en la luz dorada de sus ojos. No era difícil entender la parte que me había perdido de la conversación. Lo único que Jacob podría querer de Edward sería que se fuera.
—Nunca —susurré, todavía inmersa en sus ojos.
Jacob hizo un sonido como si se atragantara.
Con renuencia, me solté de la mirada de Edward para fruncirle el ceño a Jacob.
—¿Hay algo más que necesites, Jacob? ¿deseabas meterme en problemas? Misión cumplida. Charlie quizás me mande a un internado militar, pero eso no me alejará de Edward. Nada lo conseguirá. ¿Qué más quieres?
Jacob siguió clavando la mirada en Edward.
—Sólo me falta recordar a tus amigos chupasangres unos cuantos puntos clave del tratado que cerraron. Ese tratado es la única cosa que me impide que le abra la garganta aquí y ahora.
—No los hemos olvidado —dijo Edward justo en el mismo momento que yo preguntaba:
—¿Qué puntos clave?
Jacob seguía fulminando con la mirada a Edward, pero me contestó.
—El tratado es bastante específico. La tregua se acaba si cualquiera de vosotros muerde a un humano. Morder, no matar —remarcó. Finalmente, me miró. Sus ojos eran fríos.
Sólo me llevó un segundo comprender la distinción, y entonces mi rostro se volvió tan frío como el suyo.
—Eso no es asunto tuyo.
—Maldita sea si no... —fue todo lo que consiguió mascullar.
No esperaba que mis palabras precipitadas provocaran una respuesta tan fuerte. A pesar del aviso que venía a transmitir, él seguro que no lo sabía. Debió de pensar que la advertencia era una mera precaución. No se había dado cuenta, o quizá no había querido creer, que yo ya había adoptado una decisión, que realmente intentaba convertirme en un miembro de la familia Cullen.
Mi respuesta empujó a Jacob a casi revolverse entre convulsiones. Presionó los puños contra sus sienes, cerró los ojos con fuerza y se dobló sobre sí mismo en un intento de controlar los espasmos. Su rostro adquirió un tono verde amarillento debajo de la tez cobriza.
—¿Jake? ¿Estás bien? —pregunté llena de ansiedad.
Di medio paso en su dirección, pero Edward me retuvo y me obligó a situarme detrás de su propio cuerpo.
—¡Ten cuidado! ¡Ha perdido el control! —me avisó.
Pero Jacob casi había conseguido recobrarse otra vez; sólo sus brazos continuaban temblando. Miró a Edward con una cara llena de odio puro.
—¡Arg! Yo nunca le haría daño a ella.
Ni Edward ni yo nos perdimos la inflexión ni la acusación que contenían sus palabras. Un siseo bajo se escapó de entre los labios de Edward y Jacob cerró sus puños en respuesta.
—¡BELLA! —el rugido de Charlie venía de la dirección de la casa—. ¡ENTRA AHORA MISMO!
Todos nos quedamos helados y a la escucha en el silencio que siguió.
Yo fui la primera en hablar; mi voz temblaba.
—Mierda.
La expresión furiosa de Jacob flaqueó.
—Siento mucho esto —murmuró—. Tenía que hacer lo que pudiera... Tenía que intentarlo.
—Gracias —el temblor de mi voz arruinó el efecto del sarcasmo. Miré hacia el camino, casi esperando ver aparecer a Charlie embistiendo contra los helechos mojados como un toro enfurecido. En ese escenario, seguramente yo sería la bandera roja.
—Sólo una cosa más —me dijo Edward, y después miró a Jacob—. No hemos encontrado rastro alguno de Victoria a nuestro lado de la línea, ¿y vosotros?
Supo la respuesta tan pronto como Jacob la pensó, pero éste contestó de todos modos.
—La última vez fue cuando Bella estuvo... fuera. Le dejamos creer que había conseguido infiltrarse para estrechar el cerco, y estábamos preparados para emboscarla...
Un escalofrío helado me recorrió la columna.
—Pero entonces salió disparada, como un murciélago escapando del infierno. Por lo que nosotros creemos, captó tu olor y eso la sacó del apuro. No ha aparecido por nuestras tierras desde entonces.
Edward asintió.
—Cuando ella regrese, no es ya problema vuestro. Nosotros...
—Mató en nuestro territorio —masculló Jacob—. ¡Es nuestra!
—No... —empecé a protestar dirigiéndome a los dos.
—¡BELLA! ¡VEO EL COCHE DE EDWARD Y SÉ QUE ESTÁS AHÍ FUERA! ¡SI NO ENTRAS EN CASA EN UN MINUTO...! —Charlie ni siquiera se molestó en completar su amenaza.
—Vámonos —me instó Edward.
Miré atrás hacia Jacob, con el corazón dividido. ¿Volvería a verle otra vez?
—Lo siento —susurró él tan bajo que tuve que leerle los labios para entenderlo—. Adiós, Bella.
—Lo prometiste —le recordé con desesperación—. Prometiste que siempre seríamos amigos, ¿de acuerdo?
Jacob sacudió la cabeza lentamente, y el nudo de mi garganta casi me estranguló.
—Ya sabes que intenté mantener esa promesa, pero... no veo cómo va a ser posible. No ahora... —luchó para no mover su dura máscara de lugar, pero ésta vaciló y después desapareció—. Te echaré de menos —articuló con los labios. Una de sus manos se alzó hacia mí con los dedos extendidos, como si deseara que fueran lo suficientemente largos para cruzar la distancia entre los dos.
—Yo también —contesté ahogada por la emoción. Mi mano también se alzó hacia la suya a través del amplio espacio.
Como si estuviéramos conectados, el eco de su dolor se retorció dentro de mí. Su dolor, mi dolor.
—Jake...
Di un paso hacia él. Quería pasar mis brazos por su cintura y borrar esa expresión de sufrimiento de su rostro. Edward me empujó hacia atrás de nuevo, sujetándome más que defendiéndome con los brazos.
—Todo va bien —le prometí, y alcé la vista para leer su rostro con la verdad en mis ojos. Supuse que él lo entendería.
Pero sus ojos eran inescrutables y su rostro inexpresivo. Frío.
—No, no va bien.
—Suéltala —rugió Jacob, furioso otra vez—. ¡Ella quiere que la sueltes!
Dio dos zancadas hacia delante. Un destello llameó en sus ojos en anticipación a la lucha. Su pecho pareció ondularse cuando se estremeció.
Edward volvió a empujarme detrás de él y se dio la vuelta para encarar a Jacob.
—¡No! ¡Edward...!
—¡ISABELLA SWAN!
—¡Vámonos! ¡Charlie está como loco! —mi voz estaba llena de pánico, pero ahora no por Charlie—. ¡Date prisa!
Tiré de él y se relajó un poco. Me empujó hacia atrás lentamente. Mientras nos retirábamos, no perdió de vista a Jacob...
... que nos miró con el oscuro ceño fruncido en su rostro amargo. La expectativa de la lucha desapareció de sus ojos y entonces, justo antes de que el bosque se interpusiera entre nosotros, su cara se contrajo llena de pena.
Supe que este último atisbo de su rostro me perseguiría hasta que volviera a verle sonreír.
Y justo allí me juré que volvería a contemplar su sonrisa, y pronto. Encontraría la manera de que continuara siendo mi amigo.
Edward mantuvo su brazo ceñido a mi cintura, conservándome cerca de él. Esto fue lo único que impidió que rompiera a llorar.
Tenía varios problemas realmente serios.
Mi mejor amigo me contaba entre sus peores enemigos.
Victoria seguía suelta, poniendo a toda la gente que amaba en peligro.
Los Vulturis me matarían si no me convertía pronto en vampiro.
Y ahora parecía que si lo hacía, los licántropos quileutes tratarían de hacer el trabajo por su cuenta, además de intentar matar a mi futura familia. No creo que tuvieran ninguna oportunidad en realidad, pero ¿terminaría mi mejor amigo muerto en el intento?
Eran problemas muy, muy serios. Así que ¿por qué me parecieron todos repentinamente insignificantes cuando salimos de detrás del último de los árboles y vi la expresión del rostro purpúreo de Charlie?
Edward me dio un apretón suave.
—Estoy aquí.
Respiré hondo.
Eso era cierto. Edward estaba allí, rodeándome con sus brazos.
Podría enfrentarme a cualquier cosa mientras eso no cambiara.
Cuadré los hombros y fui a enfrentarme con mi suerte, llevando al lado al hombre de mis sueños en carne y hueso.

LA VOTACION

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No estaba complacido, eso saltaba a la vista sólo con mirarle a la cara, pero me tomó en brazos sin discutir más y saltó ágilmente desde mi ventana para aterrizar en el más absoluto silencio, como un gato. Había más altura de la que pensaba.
—Entonces de acuerdo —dijo con una voz rabiosa que expresaba su desaprobación—. Sube.
Me ayudó a encaramarme a su espalda y echó a correr. Me pareció algo habitual incluso después de haber transcurrido tanto tiempo. Resultaba fácil. Evidentemente, era algo que nunca se olvidaba, como ir en bici.
Mientras él atravesaba el bosque corriendo, con la respiración lenta y acompasada, todo permaneció en calma y a oscuras, tanto que apenas veíamos los árboles cuando pasábamos como un bólido delante de ellos. Sólo el azote del viento en el rostro daba verdadera medida de la velocidad a la que íbamos. El aire era húmedo y no me quemaba los ojos como lo había hecho en la gran plaza, lo cual suponía un alivio. La negrura me parecía conocida y protectora, igual que el grueso edredón debajo del cual jugaba de niña.
Me acordé de cómo solían asustarme aquellas carreras por el bosque, y también de que cerraba los ojos. Ahora se me antojaba una reacción estúpida. Mantuve los ojos abiertos y apoyé el mentón en su hombro, rozando su cuello con la mejilla.
La velocidad resultaba tonificante. Cien veces mejor que la moto.
Volví mi cara hacia él y apreté los labios sobre la piel —fría como la piedra— de su cuello.
—Gracias —dijo mientras dejábamos atrás las vagas siluetas oscuras de los árboles—. ¿Significa eso que has decidido que estás despierta?
Me reí. Mi risa sonaba fácil, natural, fluida. Sonaba bien.
—En realidad, no. Más bien, todo lo contrario. Voy a intentar no despertar, al menos, no esta noche.
—No sé cómo, pero volveré a ganarme tu confianza —murmuró, en su mayor parte para él—. Aunque sea lo último que haga.
—Confío en ti —le aseguré—, pero no en mí.
—Explica eso, por favor.
Ralentizó el ritmo hasta limitarse a andar —sólo me di cuenta porque cesó el viento— y supuse que no debíamos de estar lejos de la casa. De hecho, me pareció distinguir en medio de la oscuridad el sonido del río mientras fluía en algún lugar cercano.
—Bueno... —me devané los sesos para encontrar la forma adecuada de expresarlo—. No confío en que yo, por mí misma, reúna méritos suficientes para merecerte. No hay nada en mí capaz de retenerte.
Se detuvo y se estiró para bajarme de la espalda. Sus manos suaves no me soltaron después de dejarme en el suelo y me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho.
—Me retendrás de forma permanente e inquebrantable —susurró—. Nunca lo dudes.
Ya, pero ¿cómo no iba a tener dudas?
—Al final no me lo has dicho... —musitó él.
—¿El qué?
—Cuál era tu gran problema.
—Te dejaré que lo adivines —suspiré mientras alzaba la mano para tocarle la punta de la nariz con el dedo índice.
Asintió con la cabeza.
—Soy peor que los Vulturis —dijo en tono grave—. Supongo que me lo merezco.
Puse los ojos en blanco.
—Lo peor que los Vulturis pueden hacer es matarme —esperó, tenso—. Tú puedes dejarme —le expliqué—. Los Vulturis o Victoria no pueden hacer nada en comparación con eso.
Incluso en la penumbra, atisbé la angustiada crispación de su rostro. Me recordó la expresión que adoptó cuando Jane le torturó. Me sentí mal y lamenté haberle dicho la verdad.
—No —susurré al tiempo que le acariciaba la cara—, no estés triste.
Curvó las comisuras de los labios en una sonrisa tan carente de alegría que no llegó a sus ojos.
—Sólo hay una forma de hacerte ver que no puedo dejarte —susurró—. Supongo que no hay otro modo de convencerte que el tiempo.
La idea del tiempo me agradó.
—Vale —admití.
Su rostro seguía martirizado, así que intenté distraerle con tonterías sin importancia.
—Bueno, ahora que vas a quedarte, ¿puedo recuperar mis cosas? —le pregunté con el tono de voz más desenfadado del que fui capaz.
Mi intento funcionó en gran medida: se rió, pero el sufrimiento no desapareció de sus ojos.
—Tus cosas nunca desaparecieron —me dijo—. Sabía que obraba mal, dado que te había prometido paz sin recordatorio alguno. Era estúpido e infantil, pero quería dejar algo mío junto a ti. El CD, las fotografías, los billetes de avión... todo está debajo de las tablas del suelo.
—¿De verdad?
Asintió. Parecía levemente reconfortado por mi evidente alegría ante este hecho tan trivial, aunque no bastó para borrar el dolor de su rostro por completo.
—Creo —dije lentamente—, no estoy segura, pero me pregunto... Quizá lo he sabido todo el tiempo.
—¿Qué es lo que sabías?
Sólo pretendía alejar el sufrimiento de sus ojos, pero las palabras sonaron más veraces de lo que esperaba cuando las pronuncié.
—Una parte de mí, tal vez fuera mi subconsciente, jamás dejó de creer que te seguía importando que yo viviera o muriera. Ese es el motivo por el que oía las voces.
Se hizo un silencio absoluto durante un momento.
—¿Voces? —repitió con voz apagada.
—Bueno, sólo una, la tuya. Es una larga historia —la desconfianza de sus facciones me hizo desear no haber sacado el tema a colación. ¿Pensaría él, como todos los demás, que estaba loca? ¿Tenían razón en ese punto? Pero al menos desapareció de su rostro la expresión de que algo iba a arder.
—Tengo tiempo de sobra —repuso de forma forzada, pero sin alterar la voz.
—Es bastante patético.
Esperó.
No estaba segura de cuál podía ser la mejor forma de explicárselo.
—¿Recuerdas lo que dijo Alice sobre los deportes de alto riesgo?
Pronunció las palabras sin inflexión ni énfasis de ningún tipo:
—Saltaste desde un acantilado por diversión.
—Esto... Cierto, y antes que eso, monté en moto...
—¿En moto? —inquirió. Conocía su voz lo bastante bien para detectar cuándo se cocía algo detrás de su calma aparente.
—Supongo que no le conté a Alice esa parte.
—No.
—Bueno, sobre eso... Mira, descubrí que te recordaba con mayor claridad cuando hacía algo estúpido o peligroso... —le confesé, sintiéndome completamente chiflada—. Recordaba cómo sonaba tu voz cuando te enfadabas. La escuchaba como si estuvieras a mi lado. En general, intentaba no pensar en ti, pero en momentos como aquéllos no me dolía mucho, era como si volvieras a protegerme, como si no quisieras que resultara herida.
»Y bueno, me preguntaba si la razón de que te oyera con tal nitidez no sería que, debajo de todo eso, siempre supe no habías dejado de quererme...
Tal y como había ocurrido antes, las palabras cobraron poder de convicción a medida que las pronunciaba. Eran sinceras. Una fibra en lo más sensible de mi ser supo que yo decía la verdad.
—Tú... arriesgabas la... vida... para oírme... —dijo con voz sofocada.
—Calla —le atajé—. Espera un segundo. Creo que estoy teniendo una epifanía en estos momentos...
Pensé en la noche de mi primer delirio, la que había pasado en Port Angeles. Había planteado dos opciones —locura o deseo de sentirme realizada— sin ver la tercera alternativa.
Pero ¿qué ocurriría si...?
¿Qué ocurriría si hubiera creído sinceramente que algo era cierto, aunque estuviera totalmente equivocada? ¿Qué sucedería si hubiera estado tan empecinadamente segura de que tenía razón que no me hubiera detenido a considerar la verdad? ¿Qué habría hecho la verdad? ¿Permanecer en silencio o intentar abrirse camino?
La tercera opción era que Edward me amaba. El vínculo establecido entre nosotros dos era de los que ni la ausencia ni la distancia ni el tiempo podían romper, y no importaba que él pudiera ser más especial, guapo, brillante o perfecto que yo, él estaba tan irremediablemente atado como yo, y si yo le iba a pertenecer siempre, eso significaba que él siempre iba a ser mío.
¿Era eso lo que había estado intentado decirme a mí misma?
—¡Vaya!
—¿Bella?
—Ya, vale. Lo entiendo.
—¿En qué consiste tu epifanía...? —me preguntó con voz tensa.
—Tú me amas —dije maravillada. La sensación de convicción y certeza me invadió de nuevo.
Aunque la ansiedad continuó presente en sus ojos, la sonrisa torcida que más me gustaba se extendió por su rostro.
—Con todo mi ser.
Mi corazón se hinchó de tal modo que estuvo a punto de romperme las costillas. Ocupó mi pecho por completo y me obstruyó la garganta dejándome sin habla.
Me quería de verdad igual que yo a él, para siempre. Era sólo el miedo a que yo perdiera mi alma y las demás cosas propias de una existencia humana, eso fue lo que le llevó a intentar con tanta desesperación que yo siguiera siendo una mortal. Comparado con el miedo a que no me quisiera, ese obstáculo —mi alma— casi parecía una menudencia.
Me tomó el rostro entre sus manos heladas y me besó hasta que sentí tal vértigo que el bosque empezó a dar vueltas. Entonces, inclinó su frente sobre la mía y supe que yo no era la única que respiraba más agitadamente de lo normal.
—¿Sabes? Se te da mejor que a mí —me dijo.
—¿El qué?
—Sobrevivir. Al menos, tú lo intentaste. Te levantabas por las mañanas, procurabas llevar una vida normal por el bien de Charlie, y seguiste tu camino. Yo era un completo inútil cuando no estaba rastreando. No podía estar cerca de mi familia ni de nadie más. Me avergüenza admitir que me acurrucaba y dejaba que el sufrimiento se apoderara de mí —esbozó una sonrisa turbada—. Fue mucho más patético que oír voces.
Me sentía profundamente aliviada de que pareciera comprenderlo, me reconfortaba que todo aquello tuviera sentido para él. En todo caso, no me miraba como si estuviera loca. Me miraba como... si me amara.
—Sólo una voz —le corregí.
Se echó a reír y me apretó con fuerza a su costado derecho antes de guiarme hacia delante.
—Por cierto, que en este asunto tan sólo te estoy siguiendo la corriente —hizo un amplio movimiento de mano que abarcaba la negrura de delante, donde se alzaba algo pálido e inmenso; entonces comprendí que se refería a la casa—. Lo que ellos digan no me importa lo más mínimo.
—Ahora, esto también les afecta a ellos.
Se encogió de hombros con indiferencia.
Me guió al interior de la casa a oscuras por la puerta del porche —que estaba abierta— y encendió las luces. La estancia estaba tal y como la recordaba: el piano, los sofás tapizados de blanco y la imponente escalera de color claro. No había polvo ni sábanas blancas.
Edward los llamó por sus nombres sin hablar más alto que en una conversación normal:
—¿Carlisle? ¿Esme? ¿Rosalie? ¿Emmett? ¿Jasper? ¿Alice?
Le oirían.
De pronto, Carlisle estaba junto a mí. Parecía que llevara allí un buen rato.
—Bienvenida otra vez, Bella —sonrió—. ¿Qué podemos hacer por ti en plena madrugada? A juzgar por la hora, supongo que no se trata de una simple visita de cortesía, ¿verdad?
Asentí.
—Me gustaría hablar con todos vosotros enseguida si os parece bien. Se trata de algo importante.
No pude evitar alzar los ojos para ver el rostro de Edward mientras hablaba. Su expresión era crítica, pero resignada. Al volver los ojos hacia Carlisle, vi que también él observaba a Edward.
—Por supuesto —dijo Carlisle—. ¿Por qué no hablamos en la otra habitación?
Carlisle abrió la marcha por el luminoso cuarto de estar y dobló la esquina hacia el comedor al tiempo que encendía las luces. Las paredes eran blancas y los techos altos, igual que el cuarto de estar. En el centro de la habitación, debajo de una araña que pendía a baja altura, había una gran mesa oval de madera lustrada con ocho sillas a su alrededor. Carlisle me ofreció una en la cabecera de la mesa.
Jamás había visto a los Cullen usar la mesa del comedor, era... puro atrezo. Nunca comían en casa.
Vi que no estaba sola en cuanto me di la vuelta para sentarme en la silla. Esme había seguido a Edward, y detrás de ella entró en fila india toda la familia.
Carlisle se sentó a mi derecha y Edward a la izquierda. Todos tomaron asiento en silencio. Alice, que ya estaba en el ajo, me sonreía. Emmett y Jasper parecían curiosos y Rosalie me dirigió una sonrisa disimulada para tantear el terreno. Le respondí con otra igualmente tímida. Me iba a llevar algún tiempo acostumbrarme.
Carlisle hizo un gesto con la cabeza en mi dirección y dijo:
—Tienes el uso de la palabra.
Tragué saliva. Sus intensas miradas me pusieron nerviosa. Edward me tomó de la mano por debajo de la mesa. Le miré de soslayo, pero él observaba a los demás con rostro repentinamente fiero.
—Bueno, espero que Alice os haya contado cuanto sucedió en Volterra —hice una pausa.
—Todo —me aseguró Alice.
Le dirigí una mirada elocuente.
—¿Y lo que está a punto de ocurrir?
—Eso también.
Asintió con la cabeza y yo suspiré aliviada.
—Perfecto; entonces, estamos todos al corriente.
Esperaron pacientemente mientras intentaba ordenar mis ideas.
—Bueno, tengo un problema —comencé—. Alice prometió a los Vulturis que me convertiría en uno de vosotros. Van a enviar a alguien a comprobarlo y estoy segura de que eso es malo, algo que debemos evitar.
»Ahora, esto os afecta a todos —contemplé sus hermosos rostros, dejando el más bello de todos para el final. Una mueca curvaba los labios de Edward—. No voy a imponerme por la fuerza si no me aceptáis, con independencia de que Alice esté o no dispuesta a convertirme.
Esme abrió la boca para intervenir, pero alcé un dedo para detenerla.
—Dejadme terminar, por favor. Todos vosotros sabéis lo que quiero y estoy segura de que también conocéis la opinión de Edward al respecto. Creo que la única forma justa de decidir esto es que todo el mundo vote. Si decidís no aceptarme, bueno, en tal caso, supongo que tendré que volver sola a Italia. No puedo permitir que vengan aquí.
Arrugué la frente al considerar dicha expectativa. Oí el ruido sordo de un gruñido en el pecho de Edward, pero le ignoré.
—Así pues, tened en cuenta que en modo alguno os voy a poner en peligro. Quiero que votéis sí o no sólo al asunto de convertirme en vampira.
Esbocé un atisbo de sonrisa al pronunciar la palabra e hice un gesto a Carlisle para que empezara, pero Edward me interrumpió.
—Un momento.
Le miré con los ojos entrecerrados. Alzó las cejas mientras me estrechaba la mano.
—Tengo algo que añadir antes de que votemos.
Suspiré.
—No creo que debamos ponernos demasiado nerviosos —prosiguió— por el peligro al que se refiere Bella.
Su expresión se animó más. Apoyó la mano libre sobre la mesa reluciente y se inclinó hacia delante.
—Veréis —explicó sin dejar de recorrer la mesa con la mirada mientras hablaba—, había más de una razón por la que no quería estrechar la mano de Aro al final del todo. Se les pasó una cosa por alto y no quería ponerles sobre la pista.
Esbozó una gran sonrisa.
—¿Y qué es? —le instó Alice. Estaba segura de que mi expresión era tan escéptica como la suya.
—Los Vulturis están demasiado seguros de sí mismos, y por un buen motivo. En realidad, no tienen ningún problema para encontrar a alguien cuando así lo deciden —bajó los ojos para mirarme—. ¿Os acordáis de Demetri?
Me estremecí. Él lo tomó como una afirmación.
—Encuentra a la gente, ése es su talento, la razón por la que le mantienen a su lado.
—Ahora bien, estuve hurgando en sus mentes para obtener la máxima información posible todo el tiempo que estuvimos con ellos. Buscaba algo, cualquier cosa que pudiera salvarnos. Así fue cómo me enteré de la forma en que funciona el don de Demetri. Es un rastreador, un rastreador mil veces más dotado que James. Su habilidad guarda una cierta relación con lo que Aro o yo hacemos. Capta el... gusto... No sé cómo describirlo. .. La clave, la esencia de la mente de una persona y entonces la sigue. Funciona incluso a enormes distancias.
—Pero después de los pequeños experimentos de Aro, bueno...
Edward se encogió de hombros.
—Crees que no va a ser capaz de localizarme —concluí con voz apagada.
—Estoy convencido. El confía ciegamente en ese don —Edward se mostraba muy pagado de sí mismo—. Si eso no funciona contigo, en lo que a ti respecta, se han quedado ciegos.
—¿Y qué resuelve eso?
—Casi todo, obviamente. Alice será capaz de revelarnos cuando planean hacernos una visita. Te esconderemos. Quedarán impotentes —dijo con fiero entusiasmo—. Será como buscar una aguja en un pajar.
Él y Emmett intercambiaron una mirada y una sonrisita de complicidad.
Aquello no tenía ni pies ni cabeza.
—Te pueden encontrar a ti —le recordé.
Emmett se rió, extendió el brazo sobre la mesa y le tendió el puño a su hermano.
—Un plan estupendo, hermano —dijo con entusiasmo.
—No —masculló Rosalie.
—En absoluto —coincidí.
—Estupendo —comentó Jasper, elogioso.
—Idiotas —murmuró Alice.
Esme se limitó a mirar a Edward.
Me erguí en la silla para atraer la atención de todos. Aquélla era mi reunión.
—En tal caso, de acuerdo. Edward ha sometido una alternativa a vuestra consideración —dije con frialdad—. Votemos.
En este segundo intento empecé por Edward. Sería mejor descartar cuanto antes su opinión.
—¿Quieres que me una a tu familia?
—No de esa forma —me miró con ojos duros y negros como el pedernal—. Quiero que sigas siendo humana.
Asentí una vez con cara de no sentirme afectada por su actitud, y luego continué:
—¿Alice?
—Sí.
—Jasper?
—Sí —respondió con voz grave. Me sorprendió un poco. No estaba muy segura de cuál iba a ser el sentido de su voto, pero contuve mi reacción y proseguí—. ¿Rosalie?
Ella vaciló mientras se mordía la parte inferior de su labio carnoso.
—No —mantuve el rostro impertérrito y volví levemente la cabeza para seguir, pero ella alzó las manos con las palmas por delante—. Déjame explicarme —rogó—. Quiero decir que no tengo ninguna aversión hacia ti como posible hermana, es sólo que... Esta no es la clase de vida que hubiera elegido para mí misma. Me hubiera gustado que en ese momento alguien hubiera votado «no» por mí.
Asentí lentamente y me volví hacia Emmett.
—¡Rayos, sí! —esbozó una sonrisa ancha—. Ya encontraremos otra forma de provocar una lucha con ese Demetri.
No había borrado la mueca de mi cara cuando miré a Esme.
—Sí, por supuesto, Bella. Ya te considero parte de mi familia.
—Gracias, Esme —murmuré, y me volví hacia Carlisle.
De pronto, me puse nerviosa y me arrepentí de no haberle pedido que votara el primero. Estaba segura de que su voto era el de mayor valía, el que importaba más que cualquier posible mayoría.
Carlisle no me miraba a mí.
—Edward —dijo él.
—No —refunfuñó Edward con los dientes apretados y retrajo los labios hasta enseñar los dientes.
—Es la única vía que tiene sentido —insistió Carlisle—. Has elegido no vivir sin ella, y eso no me deja alternativa.
Edward me soltó la mano y se apartó de la mesa. Se marchó del comedor muy indignado sin decir palabra, refunfuñando para sí mismo.
—Supongo que ya conoces el sentido de mi voto —concluyó Carlisle con un suspiro.
Mi mirada aún seguía detrás de Edward.
—Gracias —murmuré.
Un estrépito ensordecedor resonó en la habitación contigua.
Me estremecí y añadí rápidamente.
—Es todo lo que necesitaba. Gracias por querer que me quede. Yo también siento lo mismo por todos vosotros.
Al final de la frase, la voz se me quebró a causa de la emoción. Esme estuvo a mi lado en un abrir y cerrar de ojos y me abrazó con sus fríos brazos.
—Me querida Bella —musitó.
Le devolví el abrazo. Con el rabillo del ojo me percaté de que Rosalie mantenía la vista clavada en la mesa al comprender que mis palabras admitían una doble interpretación.
—Bueno, Alice —dije cuando Esme me soltó—. ¿Dónde quieres que lo hagamos?
Ella me miró fijamente con los ojos dilatados de pánico.
—¡No! ¡No! ¡NO! —bramó Edward que entró como un ciclón en la estancia. Lo tenía en mi cara antes de hubiera tenido tiempo de pestañear, inclinado sobre mí, con el rostro distorsionado por la cólera—. ¿Estás loca? ¿Has perdido el juicio?
Retrocedí con las manos en los oídos.
—Eh... Bella, no me parece que yo esté lista para esto —terció Alice con una nota de ansiedad en la voz—. Necesito prepararme...
—Lo prometiste —le recordé ante la mirada de Edward.
—Lo sé, pero... Bella, de verdad, no sé cómo hacerlo sin matarte.
—Puedes hacerlo —le alenté—. Confío en ti.
Edward gruñó furioso.
Alice negó de inmediato con la cabeza. Parecía atemorizada.
—¿Carlisle?
Me volví para mirarle.
Edward me agarró el rostro con una mano y me obligó a mirarle mientras alargaba la otra mano, extendida hacia Carlisle para detenerle, pero éste hizo caso omiso del gesto y respondió a mi pregunta.
—Soy capaz de hacerlo —me hubiera gustado poder ver su expresión—. No corres peligro de que yo pierda el control.
—Suena bien.
Esperaba que Carlisle hubiera podido entenderme. Resultaba difícil hablar con claridad dada la fuerza con que Edward me sujetaba la mandíbula.
—Espera —me pidió entre dientes—. No tiene por qué ser ahora.
—No hay razón alguna para que no pueda ser ahora —repuse, aunque las palabras resultaron incomprensibles.
—Se me ocurren unas cuantas.
—Naturalmente que sí —contesté con acritud—. Ahora, aléjate de mí.
Me soltó la cara y se cruzó de brazos.
—Charlie va a venir a buscarte aquí dentro de tres horas. No me extrañaría que trajera a sus ayudantes.
—Vendrá con los tres.
Fruncí el ceño.
Ésa era siempre la parte más dura. Charlie, Renée y ahora también Jacob. La gente que iba a perder, las personas a quienes iba a hacer daño. Deseaba que hubiera alguna forma de ser yo la única que sufriera, pero sabía que era del todo imposible.
Por otra parte, les iba a causar más daño permaneciendo humana: al poner en peligro constante a Charlie a causa de nuestra proximidad, a Jacob, ya que iba a arrastrar a sus enemigos a la tierra que él se sentía llamado a proteger, y a Renée... Ni siquiera podía arriesgarme a visitar a mi propia madre por miedo a llevar conmigo mis mortíferos problemas.
Sin duda yo era un imán para el peligro. Lo tenía más que asumido.
Una vez aceptado esto, era consciente de mi necesidad de ser capaz de cuidarme por mí misma y proteger a quienes amaba, incluso aunque eso supusiera no estar con ellos. Debía ser fuerte.
—Sugiero que pospongamos esta conversación en aras de seguir pasando desapercibidos —dijo Edward, que seguía hablando con los dientes apretados, pero ahora se dirigía a Carlisle—. Al menos, hasta que Bella termine el instituto y se marche de casa de Charlie.
—Es una petición razonable, Bella —señaló Carlisle.
Pensé en la reacción de mi padre al despertarse por la mañana, después de lo que había sufrido con la pérdida de Harry, cuando también yo se las había hecho pasar canutas al desaparecer sin dar explicaciones. Encontraría mi cama vacía... Charlie se merecía algo mejor y sólo se trataba de retrasarlo un poco más, ya que la graduación no estaba lejana...
Fruncí los labios.
—Lo consideraré.
Edward se relajó y dejó de apretar los dientes.
—Lo mejor sería que te llevara a casa —dijo, ahora más sereno, pero se veía claro que tenía prisa por sacarme de allí—. Sólo por si Charlie se despierta pronto.
Miré a Carlisle.
—¿Después de la graduación?
—Tienes mi palabra.
Respiré hondo, sonreí y me volví hacia Edward.
—Vale, puedes llevarme a casa.
Edward me sacó de la casa antes de que Carlisle pudiera prometerme nada más. Me sacó de espaldas, por lo que no conseguí ver qué se había roto en el comedor.
El viaje de regreso fue silencioso. Me sentía triunfal y un poco pagada de mí misma. También estaba muerta de miedo, por supuesto, pero intenté no pensar en esa parte. No hacía ningún bien preocupándome por el dolor —físico o emocional—, así que no lo hice. No hasta que fuera totalmente necesario.
Edward no se detuvo al llegar a mi casa. Subió la pared a toda pastilla y entró por mi ventana en una fracción de segundo. Luego, retiró mis brazos de su cuello y me depositó en la cama.
Creí que me hacía una idea bastante aproximada de lo que pensaba, pero su expresión me sorprendió, ya que era calculadora en vez de iracunda. En silencio, paseó por mi habitación de un lado para otro como una fiera enjaulada mientras yo le miraba con creciente recelo.
—Sea lo que sea lo que estés maquinando, no va a funcionar —le dije.
—Calla. Estoy pensando.
—¡Bah! —me quejé mientras me dejaba caer sobre la cama y me ponía el edredón por encima de la cabeza.
No se oyó nada, pero de pronto estaba ahí. Retiró el edredón de un tirón para poderme ver. Se tendió a mi lado y extendió la mano para acariciarme el pelo desde la mejilla.
—Si no te importa, preferiría que no ocultaras la cara debajo de las mantas. He vivido sin ella tanto como podía soportar; y ahora, dime una cosa.
—¿Qué? —pregunté poco dispuesta a colaborar.
—Si te concedieran lo que más quisieras de este mundo, cualquier cosa, ¿qué pedirías?
Sentí el escepticismo en mis ojos.
—A ti.
Sacudió la cabeza con impaciencia.
—Algo que no tengas ya.
No estaba segura de adonde me quería conducir, por lo que le di muchas vueltas antes de responder. Ideé algo que fuera verdad y al mismo tiempo bastante improbable.
—Me gustaría que no tuviera que hacerlo Carlisle... Desearía que fueras tú quien me transformara.
Observé su reacción con cautela mientras esperaba otra nueva dosis de la ira demostrada en su casa. Me sorprendía que mantuviera impertérrito el ademán. Su expresión seguía siendo cavilosa y calculadora.
—¿Qué estarías dispuesta a dar a cambio de eso?
No pude dar crédito a mis oídos. Me quedé boquiabierta al ver su rostro sereno y solté la respuesta a bocajarro antes de pensármelo:
—Cualquier cosa.
Sonrió ligeramente y frunció los labios.
—¿Cinco años?
Mi rostro se crispó en una mueca que entremezclaba desilusión y miedo a un tiempo.
—Dijiste «cualquier cosa» —me recordó.
—Sí, pero vas a usar el tiempo para encontrar la forma de escabullirte. He de aprovechar la ocasión ahora que se presenta. Además, es demasiado peligroso ser sólo un ser humano, al menos para mí. Así que, cualquier cosa menos eso.
Puso cara de pocos amigos.
—¿Tres años?
—¡No!
—¿Es que no te merece la pena?
Pensé en lo mucho que había deseado aquello, pero decidí poner cara de póquer y no permitir que se diera cuenta de lo mucho que significaba para mí. Eso me daría más ventaja.
—¿Seis meses?
Puso los ojos en blanco.
—No es bastante.
—En ese caso, un año —dije—. Ése es mi límite.
—Concédeme dos al menos.
—Ni loca. Voy a cumplir diecinueve, pero no pienso acercarme ni una pizca a los veinte. Si tú vas a tener menos de veinte para siempre, entonces yo también.
Se lo pensó durante un minuto.
—De acuerdo. Olvídate de los límites de tiempo. Si quieres que sea yo quien lo haga, tendrás que aceptar otra condición.
—¿Condición? —pregunté con voz apagada—. ¿Qué condición?
Había cautela en su mirada y habló despacio.
—Casarte conmigo primero.
—... —le miré, a la espera—. Vale, ¿cuál es el chiste?
Él suspiró.
—Hieres mi ego, Bella. Te pido que te cases conmigo y tú piensas que es un chiste.
—Edward, por favor, sé serio.
—Hablo completamente en serio —no había el menor atisbo de broma en su rostro.
—Oh, vamos —dije con una nota de histeria en la voz—. Sólo tengo dieciocho años.
—Bueno, estoy a punto de cumplir los ciento diez. Va siendo hora de que siente la cabeza.
Miré hacia otro lado, en dirección a la oscura ventana, tratando de controlar el pánico antes de que fuera demasiado tarde.
—Verás, el matrimonio no figura precisamente en la lista de mis prioridades, ¿sabes? Fue algo así como el beso de la muerte para Renée y Charlie.
—Interesante elección de palabras.
—Sabes a qué me refiero.
Respiré hondo.
—Por favor, no me digas que tienes miedo al compromiso —espetó con incredulidad, y entendí qué quería decir.
—No es eso exactamente —repuse a la defensiva—. Temo... la opinión de Renée. Tiene convicciones muy profundas contra eso de casarse antes de los treinta.
—Preferiría que te convirtieras en una eterna maldita antes que en una mujer casada —se rió de forma sombría.
—Te crees muy gracioso.
—Bella, no hay comparación entre el nivel de compromiso de una unión marital y renunciar a tu alma a cambio de convertirte en vampiro para siempre —meneó la cabeza—. Si no tienes valor suficiente para casarte conmigo, entonces...
—Bueno —le interrumpí—. ¿Qué pasaría si lo hiciera? ¿Y si te dijera que me llevaras a Las Vegas ahora mismo? ¿Sería vampiro en tres días?
Sonrió y los dientes le relampaguearon en la oscuridad.
—Seguro —contestó poniéndome en evidencia—. Voy a por mi coche.
—¡Caray! —murmuré—. Te daré dieciocho meses.
—No hay trato —repuso con una sonrisa—. Me gusta esta condición.
—Perfecto. Tendré que conformarme con Carlisle después de la graduación.
—Si es eso lo que realmente quieres... —se encogió de hombros y su sonrisa se tornó realmente angelical.
—Eres imposible —refunfuñé—, un monstruo.
Se rió entre dientes.
—¿Es por eso por lo que no quieres casarte conmigo?
Volví a refunfuñar.
Se reclinó sobre mí. Sus ojos, negros como la noche, derritieron, quebraron e hicieron añicos mi concentración.
—Bella, ¿por favor... ?—susurró.
Durante un momento se me olvidó respirar. Sacudí la cabeza en cuanto me recobré en un intento de aclarar de golpe la mente obnubilada.
—¿Saldría esto mejor si me dieras tiempo para conseguir un anillo?
—¡No! ¡Nada de anillos! —dije casi a voz en grito.
—Vale, ya le has despertado —cuchicheó.
—¡Huy!
—Charlie se está levantando. Será mejor que me vaya —dijo Edward con resignación.
Mi corazón dejó de latir.
Evaluó mi expresión durante un segundo.
—Bueno, entonces, ¿sería muy infantil por mi parte que me escondiera en tu armario?
—No —musité con avidez—. Quédate, por favor.
Edward sonrió y desapareció.
Hervía de indignación mientras esperaba a que Charlie acudiera a mi habitación para controlarme. Edward sabía exactamente qué estaba haciendo y yo me inclinaba a creer que todo aquel presunto agravio formaba parte de un ardid. Por supuesto, aún me quedaba el cartucho de Carlisle, pero al saber que existía la posibilidad de que fuera él quien me transformara, lo deseé con verdadera desesperación. ¡Menudo tramposo!
Mi puerta se abrió con un chirrido.
—Buenos días, papá.
—Ah, hola, Bella —pareció avergonzado al verse sorprendido—. No sabía que estabas despierta.
—Sí. Estaba esperando a que te despertaras para ducharme —hice ademán de levantarme.
—Espera —me detuvo mientras encendía la luz. Parpadeé bajo la repentina luminosidad y procuré mantener la vista lejos del armario—. Hablemos primero un minuto.
No conseguí reprimir una mueca. Había olvidado pedirle a Alice que se inventara una buena excusa.
—Estás metida en un lío, ya lo sabes.
—Sí, lo sé.
—Estos tres últimos días he estado a punto de volverme loco. Vine del funeral de Harry y tú habías desaparecido. Jacob sólo pudo decirme que te habías ido pitando con Alice Cullen y que pensaba que tenías problemas. No me dejaste un número ni telefoneaste. No sabía dónde estabas ni cuándo ibas a volver, si es que ibas a volver. ¿Tienes alguna idea de cómo... ? —fue incapaz de terminar la frase. Respiró hondo de forma ostensible y prosiguió—: ¿Puedes darme algún motivo por el que no deba enviarte a Jacksonville este trimestre?
Entrecerré los ojos. Bueno, de modo que aquello iba a ir de amenazas, ¿no? A ese juego podían jugar dos. Me incorporé y me arropé con el edredón.
—Porque no quiero ir.
—Aguarda un momento, jovencita...
—Espera, papá, acepto completamente la responsabilidad de mis actos y tienes derecho a castigarme todo el tiempo que quieras. Haré las tareas del hogar, la colada y fregaré los platos hasta que pienses que he aprendido la lección; y supongo que estás en tu derecho de ponerme de patitas en la calle, pero eso no hará que vaya a Florida.
El rostro se le puso bermejo. Respiró profundamente varias veces, antes de responder:
—¿Te importaría explicar dónde has estado?
Ay, mierda.
—Hubo... una emergencia.
Enarcó las cejas a la espera de una brillante aclaración. Llené de aire los carrillos y lo expulsé ruidosamente.
—No sé qué decirte, papá. En realidad, todo fue un gran malentendido. Él dijo, ella dijo, y las cosas se salieron de madre.
Aguardó con expresión recelosa.
—Verás, Alice le dijo a Rosalie que yo practicaba salto de acantilado... —intenté desesperadamente hacerlo bien y me ceñí lo máximo posible a la verdad para que mi incapacidad para mentir de forma convincente no sonara a pretexto, pero antes de continuar, la expresión de Charlie me recordó que él no sabía nada de lo del acantilado.
¡Huy, huy, huy! Como si las cosas no estuvieran bastante caldeadas...
—Supongo que no te comenté nada de eso —proseguí con voz estrangulada—. No fue nada, sólo para pasar el rato, nadar con Jacob... En cualquier caso, Rosalie se lo dijo a Edward, que se alteró mucho. Ella pareció dar a entender de forma involuntaria que yo intentaba suicidarme o algo por el estilo. Como él no respondía al teléfono, Alice me llevó hasta... esto... Los Ángeles para explicárselo en persona.
Me encogí de hombros mientras albergaba el desesperado deseo de que mi «caída» no le hubiera distraído tanto que se hubiera perdido la brillante explicación que le había proporcionado.
Charlie se había quedado helado.
—¿Intentabas suicidarte, Bella?
—No, por supuesto que no. Sólo me estaba divirtiendo con Jake practicando salto de acantilado. Los chicos de La Push lo hacen continuamente. Lo que te dije, no fue nada.
El rostro de Charlie volvió a caldearse y pasó del helado pasmo a la calurosa furia.
—De todos modos, ¿qué importa Edward Cullen? —bramó—. Te ha dejado aquí tirada todo este tiempo sin decirte ni una palabra.
—Otro malentendido —le atajé.
Su rostro volvió a ponerse cárdeno.
—Pero, entonces, ¿va a volver?
—No estoy segura de lo que planean, pero creo que regresan todos.
Sacudió la cabeza mientras le palpitaba la vena de la frente.
—Quiero que te mantengas lejos de él, Bella. No confío en él. No te conviene. No quiero que vuelva a arruinarte la vida de ese modo.
—Perfecto —repuse de manera cortante.
Charlie se removió inquieto y retrocedió. Después de unos segundos, espiró de forma ostensible a causa de la sorpresa.
—Pensé que te ibas a poner difícil.
—Y así es —le miré a los ojos-—. Lo que pretendía decir es: «Perfecto. Me iré de casa».
Los ojos se le saltaron de las órbitas y se puso morado. Mi resolución flaqueó a medida que empezaba a preocuparme por su salud. No era más joven que Harry...
—Papá, no deseo irme de casa —le dije en tono más suave—. Te quiero y sé que estás preocupado, pero en esto vas a tener que confiar en mí. Y tomarte las cosas con más calma en lo que respecta a Edward, si quieres que me quede. ¿Quieres o no quieres que viva aquí?
—Eso no es justo, Bella. Sabes que quiero que te quedes.
—Entonces, pórtate bien con Edward, ya que él va a estar donde yo esté —dije con firmeza. La convicción que me proporcionaba mi epifanía seguía siendo fuerte.
—No bajo este techo —bramó.
Suspiré con fuerza.
—Mira, no voy a darte ningún ultimátum más esta noche, bueno, más bien esta mañana. Piénsatelo durante un par de días, ¿vale? Pero ten siempre presente que Edward y yo vamos en el mismo paquete, es un acuerdo global.
—Bella...
—Tú sólo piénsatelo —insistí—, y mientras lo haces, ¿te importaría darme un poquito de intimidad? De verdad, necesito una ducha.
El rostro de Charlie adquirió un extraño tono purpúreo. Se fue dando un portazo al salir y le oí bajar pisando furiosamente las escaleras.
Me sacudí de encima el edredón. Edward ya estaba allí, meciéndose en la silla, como si hubiera estado presente durante toda la conversación.
—Lamento esto —susurré.
—Como si no me mereciera algo peor... —musitó—. No la tomes con Charlie por mi causa, por favor.
—No te preocupes por eso —repuse con un hilo de voz mientras recogía mis cosas para el baño y un juego de ropa limpio—. Haré todo lo que sea necesario y nada más. ¿O intentas decirme que no tengo ningún lugar adonde acudir?
Abrí los ojos desmesuradamente a la vez que simulaba una gran inquietud.
—¿Te mudarías a una casa llena de vampiros?
—Probablemente, ése es el lugar más seguro de todos para alguien como yo —le dediqué una gran sonrisa—. Además, no hay necesidad de apurar el plazo de la graduación si Charlie me pone de patitas en la calle, ¿a que no?
Permaneció con la mandíbula fuertemente apretada y masculló:
—Menudas ganas tienes de condenarte eternamente...
—Sabes que en realidad no crees lo que dices.
—¿Ah, no? —bufó.
—No.
Me fulminó con la mirada y empezó a hablar, pero yo le interrumpí:
—Si de verdad hubieras creído que habías perdido el alma, entonces, cuando te encontré en Volterra, hubieras comprendido de inmediato lo que sucedía, en vez de pensar que habíamos muerto juntos. Pero no fue así... Dijiste: «Asombroso. Carlisle tenía razón» —le recordé triunfal—. Después de todo, sigues teniendo la esperanza.
Por una vez, Edward se quedó sin habla.
—De modo que los dos vamos a ser optimistas, ¿vale? —sugerí—. No es importante. No necesito el cielo si tú no puedes ir a él.
Se levantó lentamente, se acercó y me rodeó el rostro con las manos antes de mirarme fijamente a los ojos.
—Para siempre —prometió de forma un poco teatral.
—No te pido más —le dije.
Me puse de puntillas para poder apretar sus labios contra los míos.

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