EL BAILE (Capitulo Eliminado )

miércoles, 1 de diciembre de 2010

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-¿Cuándo piensas decirme que es lo que pasa Alice?-Ya verás, se paciente- ordenó sonriendo socarronamenteEstábamos en mi camioneta pero ella estaba conduciendo, tres semanas más y podría liberarme del yeso para caminar, después iba a poner mi pie sano a trabajar, en realidad me gustaba manejar.Era finales de mayo y de alguna manera la tierra alrededor de Forks se las había arreglado para verse mas verde de lo normal, era hermoso por supuesto, y yo de alguna manera, me estaba reconciliando con el bosque, por que había pasado más tiempo ahí que usualmente, la naturaleza y yo todavía no éramos muy amigos, pero estábamos acercándonos. El cielo era gris pero de cualquier manera daba la bienvenida, era un gris perlado, no sombrío, y no parecía que fuera a llover, estaba casi lo suficientemente cálido para mí, las nubes eran densas y seguras, el tipo de nubes que me parecían lindas por la libertad que garantizaban. Pero a pesar del entorno agradable, yo me sentía nerviosa por el extraño comportamiento de Alice.Había insistido en un día absolutamente para chicas este sábado por la mañana, llevándome a Port Angeles para hacernos manicure y pedicure. Se negó a dejarme usar el sencillo tono rosa que yo había elegido, en su lugar ordenó a la manicurista que pintara mis uñas con un barniz rojo obscuro y brillante, insistiendo en que también me pintaran las uñas del pie que tenía enyesado. Luego me llevó a comprar zapatos aunque yo sólo pudiera probarme la mitad del par, contra mis estridentes protestas me compró un par de incómodos y sobre valuados stilettos que se veían un poco peligrosos, sujetados solo por listones satinados que cruzaban sobre mi pie y ajustaban en un moño detrás de mi tobillo; eran de un azul intenso y yo trataba de explicarle en vano que no tenía nada con que poder usarlos, incluso en mi closet vergonzosamente lleno de ropa de ropa que ella me había comprado en Los Angeles, la cual era demasiado ligera para usar en Forks estaba segura de que no había nada que pudiera combinar con esos zapatos. Incluso si tuviera algo perfecto escondido en algún lugar de mi guardarropa, mi ropa no era apropiada para los stilettos, yo no estaba acostumbrada a los stilettos. Apenas podía caminar sin incidentes en calcetines, pero mi sólida lógica no era importante para ella, ni siquiera lo iba a discutir.-Bueno no son Bivianos, pero son bonitos- murmuró, y no habló más mientras daba su tarjeta a unos intimidados empleados.Me consiguió comida en un establecimiento de comida rápida en el cual me pasaron la comida por la ventanilla del auto, diciéndome que debía comer ahí pero negándose a explicarme por qué tanta prisa, además tuve que recordarle varias veces que mi camioneta simplemente no era capaz de funcionar como un auto de carreras aún con las modificaciones de Rosalie y que por favor le diera un descanso a la pobre máquina. Usualmente Alice era mi chofer preferido, no parecía molestarle manejar solo 20 o 30 millas sobre el límite permitido, algo que otras personas no podían tolerar. Pero el itinerario secreto de Alice era solo la mitad del problema, también estaba patéticamente ansiosa por no haber visto la cara de Edward en casi seis horas, lo que era un récord para los últimos 2 meses. Charlie se había puesto difícil pero no imposible, se había reconciliado con la presencia constante de Edward cuando regresaba a casa ya que no encontraba nada de que quejarse ya que nos hallaba haciendo tarea en la mesa de la cocina, incluso parecía disfrutar la compañía de Edward cuando gritaban juntos en los juegos de ESPN, pero había perdido poco de su severidad original cuando precisamente a las 10 en punto de la noche cada día sostenía la puerta para que Edward saliera, por supuesto Charlie era completamente inconsciente de la habilidad de Edward para regresar su auto a casa y estar en mi ventana en menos de 10 minutos. Era mucho más agradable con Alice, algunas veces daba pena. Obviamente hasta que cambiara mi aparatoso yeso por algo más fácil de manejar necesitaría la ayuda de una mujer. Alice era un ángel, como una hermana, cada noche y cada mañana aparecía para ayudarme con mi rutina diaria, Charlie le estaba profundamente agradecido de ser liberado del horror de una hija casi-adulta que necesitaba ayuda para bañarse, ese tipo de cosas estaban lejos de ser adecuadas tanto para el como para mi si era el caso. Pero era con algo más que gratitud con la que Charlie la había apodado “Angel” y la miraba perplejo mientras ella bailaba sonriente por la pequeña casa iluminándola, ningún humano podía evitar ser afectado por su asombrosa belleza y gracia. Y cuando ella se deslizaba a través de la puerta cada noche, se despedía de Charlie con un afectuoso “nos vemos mañana Charlie” lo dejaba aturdido.-Alice,¿ ya nos vamos a casa?- entendiendo por eso que me refería a la casa blanca del río-Sí –pero conociéndome bien, agregó: Pero Edward no está ahí…Fruncí el ceño, ¿Dónde está?-Tenía algunos encargos que hacer-¿Encargos? Repetí inexpresivamente, -Alice -mi tono se volvió persuasivo-Por favor dime que sucede.Sacudió la cabeza sonriendo. – Me estoy divirtiendo mucho- explicó; cuando llegamos a la casa me llevó directamente a su baño que era del tamaño de una recámara, me sorprendió encontrar a Rosalie ahí, esperando con una sonrisa celestial, parada detrás de una silla baja color rosa, una alucinante variedad de herramientas y productos cubrían el largo tocador.-Siéntate- me dijo Alice lo consideré un minuto pero decidí que ella estaba preparada para usar la fuerza en caso de ser necesario, cojee hasta la silla y me senté con toda la dignidad que me fue posible Rosalie inmediatamente comenzó a cepillar mi cabello-No creo que tú vayas a decirme de que se trata esto, ¿verdad?- observé-Puedes torturarme – Dijo entretenida con mi cabello- Pero nunca hablaréRosalie sostuvo mi cabeza en el lavabo mientras Alice con un shampoo que olía a menta y uva. Alice secaba con una toalla entre la maraña de cabello mojado furiosamente y luego rociaba casi una botella entera de algo más, el segundo olía como pepino, mientras lo rociaba seguía con la toalla en la mano. Después peinaron rápidamente el desastre que tenía por cabello y el producto que olía a pepino controló mi cabello, tal vez después tomaría un poco de eso, cada una tomó una secadora de cabello y se pusieron a trabajar; mientras los minutos pasaban y ellas seguían descubriendo mechones húmedos, sus caras empezaron a verse un poco preocupadas ,sonreí alegremente, había cosas que ni siquiera los vampiros podían acelerar.-Tiene una enorme cantidad de cabello- comentó Rosalie con una voz ansiosa-“¡Jasper!” llamó claramente Alce aunque su tono no era elevado –¡Consígueme otra secadora de cabello! Jasper llegó al rescate y de algún modo con dos secadoras más, las cuales apuntó hacia mi cabeza, realmente divertido, mientras trabajaba.-Jasper… comencé esperanzada-Lo siento Bella no tengo permitido decir nadaEscapó agradecido cuando finalmente todo estuvo seco y esponjado, mi cabello permanecía a 3 pulgadas de mi cabeza.-¿Qué me han hecho?- pregunté horrorizada, pero me ignoraron y sacaron una caja con tubos calientes. Traté de convencerlas que mi cabello no se rizaría, untaron en mi cabello algo de un amarillo poco saludable antes de enrollar mi cabello en el rizador caliente.– ¿Encontraste zapatos?- Preguntó Rosalie intensamente como si la respuesta fuera de vital importancia.–Sí, son perfectos- ronroneó Alice con satisfacciónObservé a Rosalie en el espejo mientras ella asentía con la cabeza, como si le hubieran quitado un gran peso de encima.–Tu cabello se ve bien- no es que no siempre se viera perfecto pero ese día lo había levantado creando una corona de ligeros ricitos encima de su perfecta cabeza.–Gracias- sonrió y siguió con otra sección de rizos-¿Qué hay del maquillaje?- Preguntó Alice-Es una molestia- me ofrecí aunque me ignoraron de nuevo-No necesita mucho, su piel se ve mejor al natural- musitó Rosalie-Solo un poco de color en los labios- replicó Alice-Y delineador y rímel-agregó Rosalie –Solo un poquitoSuspiré ruidosamente, a Alice le causó mucha gracia ya que comenzó a reírse y me dijo:-Sé paciente Bella, nos estamos divirtiendo.–Bueno, mientras sea así…- musitéLos rizadores ya estaban sujetados fuerte e incómodamente a mi cabeza.-Vamos a vestirla- la voz de Alice sonaba anticipadamente ilusionada. Ni siquiera esperó a que yo me arrastrara fuera del baño con mi yeso. En lugar de eso, me sacó y me llevó a la enorme y blanca habitación que Emmett y Rosalie compartían, en la cama había un vestido, azul intenso por supuesto.- ¿Qué te parece?- Trinó alegrementeEsa era una buena pregunta, era ligeramente sobrecargado y aparentemente debía usarse muy ajustado se sujetaba en el hombro, sin tirantes pero con largas mangas que cubrían hasta las muñecas, las parte superior era de una tela muy fina-Alice- gemí -No puedo usar eso- ¿Por qué? – reclamó con voz dura-Es completamente transparente-Esto va debajo- Rosalie levantó una prenda de un azul pálido- ¿Qué es eso?- pregunté temerosa-Es un corsé, tontita- contestó Alice impaciente –Ahora, ¿te lo vas a poner? o prefieres que llame a Jasper y le pida que te sujete mientras lo hago por ti. Me amenazó- Se supone que eras mi amiga- la acusé- Sé amable Bella- musitó- No tengo ningún recuerdo de ser humana, trato de obtener algo de diversión indirecta contigo, además es por tu propio bien.Me quejé y me sonrojé mucho pero no les tomó mucho tiempo meterme en el vestido, tenía que admitir que el corsé tenía sus ventajas.–Wow- suspiré mirando hacia abajo- tengo un escote.- ¿Quién lo hubiera imaginado?- dijo Alice mientras contemplaba encantada su trabajo, yo por otro lado no estaba completamente convencida.– No crees que este vestido es un poco… no se, ¿demasiado a la moda para Forks?- Pregunté-Creo que el término que buscas es “Alta Costura”- musitó Rosalie mientas se reía-No es para Forks, es para Edward- insistió Alice- Y está perfectoEntonces me llevaron de regreso al baño soltaron los rizadores con mucha habilidad, para mi sorpresa cascadas de rulos cayeron sobre mi cara. Rosalie jaló cuidadosamente la mayoría de estos retorciéndolos en una cola de caballo que se desbordaba hacia mi espalda y mientras ella trabajaba, Alice rápidamente pintó una fina línea negra alrededor de cada uno de mis ojos aplicó rímel y también labial rojo obscuro, luego salió como un dardo de la habitación y regresó en seguida con los zapatos.–Perfectos – suspiró Rosalie mientras Alice los sostenía en alto para poder admirarlos, Alice me abrochó los mortíferos zapatos y le lanzó una mirada a mi y eso.– Supongo que hemos hecho todo lo que hemos podido- sacudió la cabeza con tristeza – ¿No crees que Carlisle nos deje…? Preguntó mirando a Rosalie-Lo dudo- contestó Rosalie secamenteEn ese momento ambas entornaron la cabeza.–Está de vuelta- yo sabía bien “quién” estaba de vuelta y por eso mi estómago estaba lleno de mariposas.–El puede esperar, aún hay algo más importante- dijo Alice firmemente mientras me levantaba, lo que ahora era una necesidad ya que estaba segura de que no podría caminar con ninguno de mis pies, me llevó a su habitación donde amablemente me mantuvo frente al ancho espejo con marco dorado y me dijo:-Ya está, ¿Ves? Me quedé mirando a la extraña en el espejo, se veía muy alta en tacones con el largo y ajustado vestido añadiéndose al espejismo, era escotado, donde su inusualmente impresionante línea del busto llamaba mi atención, su cuello parecía muy largo, así como la columna de bucles en su espalda, tono azul era perfecto, resaltaba la palidez de su piel clara y el sonrojo de sus mejillas, era muy bonita, debía admitirlo.–Sí Alice ya veo--No lo olvides me advirtió.Me levantó de nuevo y me llevó a lo alto de las escaleras.–Voltéate y cierra los ojos- ordenó para alguien escaleras abajo- ¡Y mantente fuera de mi mente!, No lo arruines.Vaciló y caminando más lento de lo normal hacia debajo de la escalera hasta que pudo ver que el había obedecido, voló el resto del camino. Edward estaba parado en la puerta dándonos la espalda muy alto y misterioso, nunca lo había visto vestido de negro antes. Alice me enderezó alisando el plisado de mi vestido acomodando un rizo en su lugar, y luego me dejó ahí yéndose a sentar en el banco del piano para observar, Rosalie la siguió y fue a sentarse con ella en la audiencia.– ¿Ya puedo ver?- su voz resonaba penetrante, lo cual hizo mi corazón latir más rápidamente.–Ahora sí- contestó Alice.Volteó inmediatamente y se quedó helado en ese lugar, sus ojos como topacio completamente abiertos. Podía sentir el calor subiendo lentamente hacia mi cuello y mis mejillas. Se veía hermoso, sentí una punzada del antiguo temor de que el era sólo un sueño, no era posible que fuera real. Estaba usando un esmoquin, el pertenecía a una a una pantalla de cine no a mi lado, lo miré fijamente con sobrecogimiento e incredulidad. Avanzó lentamente hacia mí dudando un poco antes de alcanzarme.–Alice, Rosalie, Gracias- musitó sin apartar su mirada de mi. Escuché a Alice reír entre dientes por el placer. Se acercó un paso más y poniendo una fría mano bajo mi mandíbula presionó mis labios en mi cuello.–Eres tú- murmuró contra mi piel, se alejó un poco y vi que en su otra mano había flores blancas -Fresia- me informó mientras acomodaba las flores en mi cabello- Redundante en lo que aroma se refiere claro. Se ladeó un poco para verme otra vez, sonrió, con el tipo de sonrisa que detenía mi corazón. -Te ves absurdamente hermosa--Yo iba a decir eso- traté de controlar mi voz lo mejor posible- Justo cuando empiezo a creer que de hecho eres real, apareces viéndote así, tengo miedo de estar soñando otra vez; me tomó rápidamente entre sus brazos, acercó su rostro al mío, sus ojos ardían mientras me acercaba cada vez más.–Cuidado con el labial- se quejó AliceSe rió con algo de rebeldía pero llevó su boca al hueco en la base de mi cuello, en lugar de a mi boca.– ¿Estás lista para irnos?- preguntó- ¿Nadie piensa contarme cual es la ocasión especial?-No- Alice soltó una risita y Edward una risa encantadora, yo fruncí el ceño.- ¿De qué me estoy perdiendo?- No te preocupes pronto lo averiguarás me aseguró-Suéltala Edward, para que pueda tomar una foto- Esme estaba bajando por las escaleras con una cámara plateada en las manos.– ¿Fotos?, musité mientras el me dejaba cuidadosamente sobre mi tembloroso pie sano, tenía un mal presentimiento acerca de todo esto,-¿Aparecerás en una película?- pregunté sarcásticamente, el me sonrió abiertamente. Esme nos tomó varias fotos, hasta que Edward insistió en que llegaríamos tarde.–Nos vemos ahí- mencionó Alice, mientras el me llevaba hacia la puerta.– ¿Alice estará ahí? ¿A dónde sea que vallamos?- eso me hizo sentir un poco mejor.–Y Jasper, Emmett y Rosalie.Mi frente se frunció a causa del esfuerzo para deducir el secreto, mi expresión lo hizo reír.–Bella- me llamó Esme –Tu padre está al teléfono. - ¿Charlie?- Edward y yo preguntamos simultáneamente, Esme trajo el teléfono pero el lo robó mientras ella intentaba entregármelo, apartándome sin esfuerzo, sólo con un brazo.– ¡Oye!- protesté, pero el ya estaba hablando.- ¿Charlie?, soy yo ¿que pasa?, sonaba preocupado y palidecí, pero después su expresión se volvió divertida y un poco perversa. – Dale el teléfono Charlie, déjame hablar con el- Lo que sea que estuviera sucediendo, Edward se estaba divirtiendo demasiado como para que Charlie estuviera en peligro. Me relajé un poco.-Hola Tyler, Soy Edward Cullen- su voz sonaba amistosa en apariencia, pero yo lo conocía bastante bien para captar el rastro de amenaza en su tono. ¿Que hacía Tyler en mi casa? Caí en cuenta de la terrible verdad.–Lamento que se haya producido algún tipo de malentendido, pero Bella no está disponible esta noche- el tono de su voz cambió y la amenaza se hizo mas evidente mientras seguía hablando- Para serte totalmente sincero ella no va a estar disponible noche para cualquier otra persona que no sea yo. No te ofendas. Y lamento estropearte la velada- dijo, pero lo cierto es que sonaba como si no lo lamentara en absoluto. Cerró el teléfono de golpe mientras se extendía por su rostro una ancha y estúpida sonrisa.- ¡Me llevas al baile de fin de cursos!- lo acusé mientras mi rostro y mi cuello enrojecían de ira, notaba como las lágrimas producidas por la rabia comenzaban a llenarme los ojos. El no esperaba esa reacción, eso estaba claro ya que apretó los labios y sus ojos se obscurecieron.–No te pongas difícil, Bella-- Bella, todos vamos a ir – me animó Alice súbitamente junto a mi hombro.- ¿Por qué me hacen esto? – Reclamé-Será divertido – Alice era muy optimista Pero Edward murmuró en mi oído con su voz seria de terciopelo. - Solo se es humano una vez Bella, Compláceme – Y volcó toda la fuerza de sus abrasadores ojos en mí, derritiendo mi resistencia con su calidez.–Bien- contesté, incapaz de mirarlo enfurecida tan efectivamente como me hubiera gustado –Iré sin hacer escándalo, pero ya verás- le advertí sombríamente – Con esta mala suerte de la que te has estado preocupando, tal vez me rompa la otra pierna, mira este zapato, ¡es una trampa mortal! – levanté mi pierna sana como evidencia.–Hummm- miró atentamente mi pierna más tiempo del necesario y luego miró a Alice con ojos brillantes, - Gracias, de nuevo--Llegarás tarde con Charlie- le recordó Esme- Cierto , vámonos- y me llevó afuera-¿Charlie está enterado de esto? Pregunté con los dientes apretados.–Claro- contestó alegremente. Estaba tan preocupada que al principio no me di cuenta, apenas me percaté de un auto plateado que asumí sería el Volvo, pero luego el se encorvó tanto que pensé que me estaba dejando en el piso. - ¿Qué es esto?- pregunté sorprendida por encontrarme en una cabina desconocida. – ¿Donde esta el Volvo? -El Volvo es mi auto de todos los días- me dijo casi con cuidado, como si temiera que me diera otro ataque de rabia. -Este es mi auto para una ocasión especial-- ¿Qué pensará Charlie de esto?- sacudí la cabeza con desaprobación mientras el subía y encendía el motor. –La mayoría de población en Forks piensa que Carlisle es un ávido coleccionista de autos- aceleró a través del bosque hacia la carretera.- ¿Y no es eso cierto?-No, de hecho es más mi pasatiempo, Rosalie también los colecciona, pero ella prefiere jugar con la maquinaria que manejarlos, ha hecho muchos cambios en este para mí-Yo seguía preguntándome por que regresábamos a casa de Charlie cuando nos estacionamos frente a ella. La luz de la terraza ya estaba encendida, aunque todavía no era el crepúsculo. Charlie debía estarnos esperando, probablemente observando por la ventana en ese momento, comencé a sonrojarme preguntándome si la primera reacción de mi padre sería similar a la mía, Edward rodeó el auto, lentamente para su velocidad, hasta llegar a mi puerta, confirmando mi suposición de que Charlie estaba mirando. Luego Edward me levantó cuidadosamente del pequeño auto, Charlie inusitadamente, salió al jardín para recibirnos, mis mejillas ardían, Edward se percató y me miró interrogante, Charlie ni siquiera me miró.– ¿Es un Aston Martin?- Preguntó con voz reverente-Sí, un vanquish (nombre del modelo*)- un tic apareció las comisuras de la boca de Charlie, pero intentó controlarlo, liberando la impresión con un silbido. -¿Quieres probarlo? Edward levantó la llave. Los ojos de Charlie al fin se separaron del auto y miró a Edward con incredulidad, pero con un poco de esperanza.–No- dijo reacio - ¿Qué diría tu padre? –A Carlisle no le importará en lo absoluto- contestó Edward riendo sinceramente, -Adelante- dijo y oprimió las llaves en la dispuesta mano de Charlie.–Bueno sólo un rápido paseo- Charlie ya estaba acariciando el guardabarros con una mano. Edward me ayudó a llegar a la puerta de la entrada, tomándome entre sus brazos tan pronto estuvimos dentro y llevándome a la cocina.–Eso funcionó bien- dije – Ni siquiera tuvo tiempo de notar el vestido- Edward parpadeó – No había pensado en eso… - sus ojos observaron mi vestido de nuevo con expresión crítica- Bueno creo que es algo bueno que no nos hayamos llevado tu camioneta. Aparté la mirada a regañadientes de su rostro lo suficiente para darme de cuenta que la cocina estaba inusualmente poco iluminada. Había velas en la mesa, muchas, tal vez veinte o treinta velas blancas, la vieja mesa estaba cubierta con un largo y blanco mantel y había solo dos sillas.– ¿En esto estuviste trabajando todo el día? -No, esto tomó pocos segundos, lo que me tomó todo el día fue la comida, los restaurantes elegantes me fastidian y no hay muchos en esa categoría en los alrededores, pero decidí que no había queja de tu propia cocina. Me sentó en una de las sillas cubiertas de tela blanca y comenzó a acomodar cosas fuera del horno y del refrigerador, pero noté que sólo había puesto un lugar.– ¿No planeas alimentar también a Charlie?, eventualmente regresará a casa.–Charlie no podía probar ni un bocado más, ¿quien creías que iba a probar la comida? debía estar seguro de que era comestible. Colocó frente a mí un plato lleno de cosas que se veían comestibles Suspiré.- ¿Sigues enojada? Jaló la otra silla alrededor de la mesa para poder sentarse junto a mí.–No, bueno si, pero no en este preciso momento, sólo estaba pensando en la única cosa que podía hacer mejor que tú, se ve excelente, suspiré de nuevo.Se rió entre dientes. –Ni siquiera lo has probado, se optimista, podría estar horrible- Probé un bocado, hice una pausa y una cara. – ¿Está horrible?Preguntó consternado.–No, naturalmente está delicioso. - ¡Qué alivio!, sonrió, se veía tan bien. – No te preocupes, todavía hay muchas cosas en las que eres mejor. –Menciona al menos una. No respondió al principio, solo recorrió suavemente mi piel con su dedo frío por la línea de mi clavícula, atrapando mi mirada con ojos provocativos hasta que sentí mi piel ardiendo y enrojecida. –Por ejemplo- murmuró tocando mi roja mejilla – Nunca he visto a nadie sonrojarse tan bien como lo haces tú. –Maravilloso- fruncí el ceño – Reacciones involuntarias, algo de lo que puedo enorgullecerme.–Ah sí, también eras la persona más valiente que conozco.- ¿Valiente? – Pregunté en tono burlón -Pasas todo tu tiempo libre en compañía de vampiros, para eso se necesita valor, y no dudas en colocarte en la peligrosa proximidad de mis dientes.Sacudí la cabeza. – Sabía que no se te ocurriría nada-Rió, - Es en serio ¿sabes?, pero no importa, come- impaciente tomó mi tenedor por mi y comenzó a alimentarme, la comida esta buenísima claro está. Charlie llegó a casa cuando estábamos a punto de terminar, pero mi suerte se mantenía, estaba demasiado deslumbrado por el auto como para notar mi atuendo. Le regresó a Edward las llaves.–Gracias Edward- sonrió soñadoramente- Eso es un auto de verdad.–De nada.- ¿Cómo estuvo todo? Charlie le lanzó una mirada a mi plato vacío.–Perfecto- contesté en un suspiro. – ¿Sabes Bella?, deberías dejarlo practicar su cocina en otra ocasión para nosotros- trató de sonar normal, pero su indirecta se entendió a la perfección.–Seguro papá.No fue hasta que ya nos dirigíamos a la puerta cuando Charlie despertó por completo, Edward tenía su brazo alrededor de mi cintura para ayudarme a balancearme; mientras yo me movía dificultosamente sobre mi inestable zapato.–Hummm, te ves muy grande Bella- podía percibir un poco de desaprobación paternal en su voz.–Alice me arregló, no había mucho que pudiera decir-Edward se rió de mi repuesta pero lo hizo tan bajo que sólo yo pude escuchar-Ah, bueno si Alice… - comenzó a decir un tanto distraído – Te ves linda Bells – Hizo una pausa y con algo de suspicacia en los ojos me preguntó: - ¿Debería esperar que aparezcan más jóvenes en esmoquin esta noche?Gruñí y Edward se rió de nuevo, ¿como alguien podía ser tan ajeno a las circunstancias como Tyler? , no podía comprenderlo, Edward y yo no habíamos sido precisamente reservado en la escuela, llegábamos juntos y regresábamos juntos, el me llevaba a la mitad de mis clases, todos los días me sentaba con el y su familia a la hora del almuerzo, tampoco Edward era tímido en el asunto de besarme frente a algunos testigos. Tyler claramente necesitaba ayuda de un profesional.–Espero que no- respondió Edward a mi padre – Hay un refrigerado esta lleno de sobras – diles que se consuelen a sí mismos.–No lo creo, esos son míos- agregó Charlie.–Anota los nombres para mí Charlie – el rastro de amenaza posiblemente era solo audible para mí - Es suficiente – les ordené a ambos Afortunadamente llegamos al auto y Edward arrancó.

EN LAS VEGAS (Capitulo Eliminado)

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A la mañana siguiente, fuimos al casino. La luz natural nunca llegaba a tocar la zona de juego, así que fue más fácil. Edward me contó que generalmente esperaban ir a perder algo de dinero en el hotel - una suite como la nuestra estaba reservada para aquella clase especial de visitantes conocidos como grandes apostadores. Mientras ellos caminaban - y yo iba en mi silla de ruedas - a través de los miles de metros de suelo elegantemente decorado del casino, Alice se detuvo tres veces en una peculiar tragaperras y deslizó una targeta por el escáner. Cada vez que lo hacía, las sirenas sonaban muy fuerte, las luces giraban, y una simulación electrónica de monedas cayendo indicaba que su premio había sido abonado a su habitación. Ella trató que yo lo hiciera una vez, pero negué con la cabeza con escepticismo.- Pensé que se suponía que deberías perder dinero - le acusé.- Oh, lo haré - me aseguró - Pero no hasta que les haga sudar un poco. - Su sonrisa era pecaminosa.Llegamos a una sección más lujosamente decorada del inmenso casino, donde ni habían tragaperras ni turistas vestidos de forma informal con vasos de plástico llenos de cambio. Las sillas de felpa reemplazaban los taburetes giratorios de bar, y las voces eran silenciosas, serias. Pero nosotros continuamos aún más lejos, a través de un conjunto de vistosas puertas doradas hacia otra habitación, una habitación privada, más opulenta aún. Al fin entendí porqué Alice había insistido en la seda cruda, el chal verde esmeralda que me había puesto hoy alrededor de mi vestido, porqué ella vestía con un largo pareo blanco satinado - con un top de encaje que dejaba al descubierto su plano y blanco estómago - y porqué Edward estaba tan abrumador e irresistble con otro traje de seda ligera. Los jugadores de esta habitación estaban vestidos con un exclusivo esplendor cuyo coste estaba más allá de mi imaginación. Unos cuantos de los hombres más mayores e impecables hasta tenían jóvenes mujeres con vestidos largos de brillantes y sin tirantes que estaban detrás de sus sillas, tal como en las películas. Me compadecí de las bellas mujeres en cuanto sus ojos recorrieron a Alice y Edward, dándose cuenta de sus propios defectos cuando ellas midieron a la primera, y los defectos de sus parejas cuando se comían con los ojos al segundo. Yo era el enigma, y sus ojos se apartaron de mí insatisfechas.Alice se deslizó hacia las largas mesas de la ruleta y yo me avergonzé en cuanto pensé en los estragos que causaría.- Tú sabes cómo se juega al black jack, por supuesto - Edward se inclinó hacia delante para murmurarme en la oreja.- ¿Estarás de broma? - Sentí el color escurriéndose de mi cara.- Sabiendo la suerte que tienes, dejarte jugar sería la mejor forma de perderlo todo - rió entre dientes. Me empujó hacia una mesa con tres sillas vacías. Dos immaculadamente vestidos, excepcionalmente solemnes hombres asiáticos echaron un vistazo hacia arriba con incredulidad en cuanto Edward me levantó con cuidado hasta una de las sillas de terciopelo, y cogió un asiento al lado mío.La delicada y preciosa oriental que estaba de pie al final de la mesa miró con una insultante incredulidad cuando Edward acarició mi pelo posesivamente.- Sólo usa una mano - me habló en voz baja casi en silencio en mi oído - Y guarda tus cartas encima de la mesa.Edward le habló al crupier en voz baja, y aparecieron dos impresionantes pilas de fichas de azul oscuro encima de la mesa enfrente de nosotros. No tenían números - y tampoco lo quería saber. Edward empujó hacia delante una pequeña pila de las suyas, y una más grande de las mías. Miré enfurecida a Edward con un avergonzado pánico, pero él sólo sonrió con travesura mientras que el crupier repartía las cartas rápidamente. Cogí mis cartas con cuidado, sujetándolas con rigidez sobre la mesa. Tenía dos nueves. Edward cogía sus cartas sin apretar; pude ver que tenía un cinco y un siete. Miré con cautela a los dos señores que estaban cerca de mí, concentrada y aterrada, observando detenidamente para ver cuál era el protocolo para una mesa de black jack de grandes apostadores. Para mi alivio, parecía fácil. El primero extendió la parte superior de sus cartas brevemente contra el fieltro, y recibió una carta, el segundo metió la esquina de sus cartas debajo del montón de fichas de su apuesta, y no quiso nada. Rápidamente puse mis cartas hacia abajo, empujándolas torpemente debajo de mis fichas - con las mejillas ardiéndome - cuando el crupier me miró. Me di cuenta tarde que el crupier tenía una reina. Edward rozó la mesa ligeramente, y la crupier le lanzó en la mesa un nueve boca arriba enfrente de él. Le miré, mientras los hombres de detrás mío murmuraron con admiración.El crupier tenía un jack, y yo perdí, como también los dos señores asiáticos. Suavemente nos liberó de nuestra fichas. Escuché un apagado alboroto que venía de la mesa de la ruleta, y tuve miedo de mirar. Edward empujó otra pila de mis fichas sobre la mesa, y el juego empezó otra vez.Cuando mis fichas desaparecieron, Edward me pasó parte de las suyas, incapaz de contener su divertida sonrisa. Lo estaba haciendo bien, ganando tres veces, que la mayoría de las veces que los otros hombres de la mesa. Pero, con el tamaño de mis apuestas controlado por él, estaba perdiendo fichas más rápido de las que él podía recoger. Todavía tenía que ganar una mano. Era humillante - pero al menos estaba segura que nunca me convertiría en una adicta al juego.Finalmente, perdí nuestra última pila de fichas. Los señores asiáticos, y su escolta femenina, observaron a Edward con impresionada curiosidad cuando él no pudo contener por más tiempo su alegría, riendo entre dientes silenciosamente, pero con un profundo regocijo, mientras él me volvía a sentar en la silla de ruedas. Me sonrojé y mantuve la mirada en la gruesa alfombra mientras me empujaba hacia fuera, aún riéndose.- Soy la peor jugadora de la historia - murmuré disculpándome.- En realidad, no lo eres. Eso es lo que lo hace más divertido - se rio de nuevo. - Tú no hiciste nada mal, aparte de jugar un poco cautelosamente. Lo extraño hubiera sido que hubieras perdido todas las manos… - sacudió la cabeza, sonriendo abiertamente.Llegamos a la mesa de la ruleta justo a tiempo de ver cómo Alice perdía su espectacular pila de fichas de todos los colores en un sólo desastroso giro de volante. Muchos de los jugadores esperanzados que habían apostado con ella a diecisiete al black, le miraron con mirada asesina decepcionados. Ella se rio, un vibrante y despreocupado sonido, y se unió a nosotros.- ¿Perdimos suficiente? - susurré mientras salíamos por las puertas de oro.- Creo que la casa está satisfecha. Probablemente eres su clienta favorita de hoy - se rio él por lo bajo.- Por favor, prométeme una cosa.- Lo que quieras.- Nunca, jamás me digas cuánto dinero hemos perdido hoy, por favor.Para entonces, ya estábamos en el ruidoso casino, y su risa era incontrolada.

PROBLEMAS (Capitulo Eliminado)

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PROBLEMAS
"La comida empezaba a ser un dilema, no para mí, sino para ellos. Al principio, no era consciente del problema, siempre un poco confusa por las medicinas que las enfermeras inyectaban en mi IV, y Edward no me dijo nunca nada de ello. Cuando, finalmente, me di cuenta, sus iris eran casi completamente negros, los círculos bajo sus ojos, profundos y lilas. Pero hizo caso omiso de mis preocupaciones, riendo. Entonces, una mañana, despertándome incómoda y aturdida, no estaba durmiendo bien con mi espalda plana, pero era la única posición que mi pierna permitía. Abrí los ojos para mirarle, ahora como mi primer instinto. Él sabía los signos de mi despertar, y siempre estaba ahí, con su rostro seráfico como mi primera vista del día. Todos los incordios del hospital, las enfermeras poco agradables, el dolor de mis heridas, los lunares llenos de bultos de mi dura cama, se convertían en nada comparados con el regalo de su compañía. -Buenos días -su sonrisa era inaguantablemente bella. Menos mal que habían quitado el monitor del corazón, por lo que las enfermeras no tendrían que volver para comprobar el repentino pincho de mi pulso. Y entonces me di cuenta de sus ojos, y jadeé. -¿Qué pasa? -frunció el ceño, eneguida volviéndose demasiado preocupado. -Tus ojos -me estremecí. La última vez que había visto ojos de ese color casi había muerto. Agachó su cabeza, avergonzado, apartando sus iris tintados de borgoña. -Lo siento, debería haberte alertado. Le miré absorta hasta que finalmente volvió a mirarme, con sus inquietantes ojos granates. -¿Estás enfadada? -preguntó, indeciso. Suspiré. -Supongo que estoy bien, mientras fuese la enfermera quien tuviera tantos problemas encontrando mis venas. Hizo un sonido de disgusto y se apartó de mí. -Espero que estés bromeando. -¿Entonces qué? -pregunté. -Alice y yo volcamos la reserva de sangre del hospital -admitió, pareciendo avergonzado-. Fue su culpa: se negó a cazar coyotes o serpientes cascabel. Me reí tontamente, imaginando el disgusto de ella. -Espero que te mantuvieras apartado del O negativo -intenté sin éxito parecer severa. Miró airadamente, disgustado por mi referencia a esas primeras horas de inquietud, de las que yo no tenía memoria cuando en el hospital se agotó mi tipo de sangre y tuvieron que traer más rápidamente con un helicóptero desde Tucson. -Escogimos AB positivo, por supuesto. -Desde luego -concordé-. Esos trabajadores con suerte pueden utilizar la sangre de cualquiera. Me frunció el ceño. Él lo consideraba todo parte de mi naturaleza peligrosamente atrayente, y por lo tanto, mi culpa que yo tuviera la sangre más difícil de subministrar."

EMMETT Y EL OSO ( Capitulo Eliminado)

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Me sorprendió encontrar un extraño vinculo creciendo entre Emmet y yo, especialmente teniendo en cuenta que él había sido el que más miedo me daba de todos ellos. Tenia que ver con el modo en que ambos habíamos sido elegidos para entrar en la familia; los dos habíamos sido amados – y habíamos amado en respuesta – mientras éramos humanos, aunque por poco tiempo para él. Solo Emmet recordaba – y solo él comprendía el milagro que Edward era para mí. Hablamos de ello por primera vez una tarde mientras los tres estábamos sentados en los sofás de la habitación principal, Emmet entreteniéndome tranquilamente con recuerdos que eran mejores que cuentos de hadas, mientras Edward se concentraba en el canal de cocina – había decidido que quería aprender a cocinar, ante mi incredulidad, y le era difícil sin el apropiado sentido del gusto o del olfato. Después de todo había algo que no sabia hacer de forma natural. Su perfecto entrecejo se frunció mientras el famoso chef sazonaba otro plato de acuerdo a su gusto. Yo suprimí una sonrisa. “Para ese entonces él ya había terminado de jugar conmigo, y supe que iba a morir.” Recordó Emmet suavemente, dando un giro al relato de sus años humanos con la historia del oso. Edward no nos prestaba ninguna atención; ya la había oído antes. “No podía moverme, y mi conciencia se estaba disipando, cuando escuché lo que pensé que seria otro oso, y una lucha por ver quien se quedaba con mi cadáver, supuse. De repente sentí como si volara. Me imaginé que había muerto, pero intenté abrir los ojos de todos modos. Y entonces la vi -” Su rostro parecía incrédulo ante el recuerdo; yo le comprendía completamente, “– y supe que estaba muerto. Ni siquiera me importaba el dolor – luché por mantener mis párpados abiertos, no quería perderme ni un segundo el rostro del ángel. Estaba delirando, por supuesto, preguntándome por que no habíamos llegado al cielo aún, pensando que debía de estar más lejos de lo que yo había creído. Y entonces me llevó ante Dios.” Él rió con su risa profunda y atronadora. Yo entendía perfectamente qué alguien hubiese pensado aquello. “Pensé que lo que ocurrió a continuación era mi juicio final. Había tenido un poco de demasiada diversión durante mis 20 años humanos, así que no me sorprendieron las llamas del infierno” Rió de nuevo, aunque yo me estremecí. El brazo de Edward me rodeó con más fuerza de forma inconsciente. “Lo que me sorprendió fue que el ángel no se marchó. No podía entender como algo tan hermoso podía estar en el infierno junto a mí – pero estaba agradecido. Cada vez que Dios venia a echarme una ojeada, yo temía que se la llevase, pero nunca lo hizo. Comencé a pensar que quizás esos predicadores que hablaban de un Dios piadoso tenían razón después de todo. Y entonces el dolor desapareció…y me lo explicaron todo. Les sorprendió lo poco que me afectó todo ese asunto de los vampiros. Pero si Carlisle y Rosalie, mi ángel, eran vampiros ¿Qué tan malo podía ser aquello?” Yo asentí, completamente de acuerdo, mientras él continuaba. “Tuve unos cuantos problemas con las reglas…” rió entre dientes. “Tenias las manos llenas conmigo al principio, eh?” el empujón juguetón de Emmet al hombro de Edward nos balanceó a los dos. Edward dejó escapar un leve gruñido sin apartar la vista de la TV. “Así que ya ves, el infierno no es tan malo si consigues mantener a un ángel a tu lado” me aseguró de forma traviesa. “Cuando él consiga aceptar lo inevitable, te irá bien” El puño de Edward se movió tan rápidamente que no vi lo que golpeó a Emmet lanzándole sobre el respaldo del sofá. Los ojos de Edward no se apartaron de la pantalla. “Edward!” le reprendí, horrorizada. “No te preocupes, Bella” Emmet estaba tan sereno, de vuelta en su asiento. “Sé dónde encontrarle” Miró por encima de mi hacia el perfil de Edward. “Tendrás que hacerlo alguna vez” advirtió. Edward a penas si gruñó de nuevo como respuesta sin alzar la mirada.

EPILOGO

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Una ocasión especial


Edward me ayudó a entrar en su coche. Prestó especial atención a las tiras de seda que adornaban mí vestido de gasa, las flores que él me acababa de poner en los rizos, cuidadosamente peinados, y la escayola, de tan difícil manejo. Ignoró la mueca de enfado de mis labios.
Se sentó en el asiento del conductor después de que me hubo instalado y recorrió el largo y estrecho camino de salida.
— ¿Cuándo tienes pensado decirme de qué va todo esto? —refunfuñé quejosa; odio las sorpresas de todo corazón, y él lo sabía.
—Me sorprende que aún no lo hayas adivinado —me lanzó una sonrisa burlona, y el aliento se me atascó en la garganta. ¿Es que nunca me iba a acostumbrar a un ser tan perfecto?
—Ya te he dicho lo guapo que estás, ¿no? —me aseguré.
—Sí.
Volvió a sonreír. Hasta ese instante, jamás le había visto vestido de negro, y el contraste con la piel pálida convertía su belleza en algo totalmente irreal. No había mucho que pudiera ocultar, me ponía nerviosa incluso el hecho de que llevara un traje de etiqueta...
... Aunque no tanto como mi propio vestido, o los zapatos. En realidad, un solo zapato, porque aún tenía escayolado y protegido el otro pie. Sin duda, el tacón fino, sujeto al pie sólo por unos lazos de satén, no iba a ayudarme mucho cuando intentara cojear por ahí.
—No voy a volver más a tu casa si Alice y Esme siguen tratándome como a una Barbie, como a una cobaya cada vez que venga —rezongué.
Estaba segura de que no podía salir nada bueno de nuestras indumentarias formales. A menos que..., pero me asustaba expresar en palabras mis suposiciones, incluso pensarlas.
Me distrajo entonces el timbre de un teléfono. Edward sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta y rápidamente miró el número de la llamada entrante antes de contestar.
—Hola, Charlie —contestó con prevención.
— ¿Charlie? —pregunté con pánico.
La experiencia vivida hacía ahora ya más de dos meses había tenido sus consecuencias. Una de ellas era que me había vuelto hipersensible en mi relación con la gente que amaba. Había intercambiado los roles naturales de madre e hija con Renée, al menos en lo que se refería a mantener contacto con ella. Si no podía hacerlo a diario a través del correo electrónico y, aunque sabía que era innecesario pues ahora era muy feliz en Jacksonville, no descansaba hasta llamarla y hablar con ella.
Y todos los días, cuando Charlie se iba a trabajar, le decía adiós con más ansiedad de la necesaria.
Sin embargo, la cautela de la voz de Edward era harina de otro costal. Charlie se había puesto algo difícil desde que regresé a Forks. Mi padre había adoptado dos posturas muy definidas respecto a mi mala experiencia. En lo que se refería a Carlisle, sentía un agradecimiento que rayaba en la adoración. Por otro lado, se obstinaba en responsabilizar a Edward como principal culpable porque yo no me hubiera ido de casa de no ser por él. Y Edward estaba lejos de contradecirle. Durante los siguientes días fueran apareciendo reglas antes inexistentes, como toques de queda... y horarios de visita.
Edward se ladeó para mirarme al notar la preocupación en mi voz. Su rostro estaba tranquilo, lo cual suavizó mi súbita e irracional ansiedad. A pesar de eso, sus ojos parecían tocados por alguna pena especial. Entendió el motivo de mi reacción, y siguió sintiéndose responsable de cuanto me sucedía.
Algo que le estaba diciendo Charlie le distrajo de sus taciturnos pensamientos. Sus ojos dilatados por la incredulidad me hicieron estremecer de miedo hasta que una amplia sonrisa le iluminó el rostro.
— ¡Me estás tomando el pelo! —rió.
— ¿Qué pasa? —inquirí, ahora curiosa.
Me ignoró.
— ¿Por qué no me dejas que hable con él? —sugirió con evidente placer. Esperó durante unos segundos.
—Hola, Tyler; soy Edward Cullen —saludó muy educado, al menos en apariencia, pero yo ya le conocía lo bastante para detectar el leve rastro de amenaza en su tono.
¿Qué hacía Tyler en mi casa? Caí en la cuenta de la terrible verdad poco a poco. Bajé la vista para contemplar el elegante traje azul oscuro en el que Alice me había metido.
—Lamento que se haya producido algún tipo de malentendido, pero Bella no está disponible esta noche —el tono de su voz cambió, y la amenaza de repente se hizo más evidente mientras seguía hablando—. Para serte totalmente sincero, ella no va a estar disponible ninguna noche para cualquier otra persona que no sea yo. No te ofendas. Y lamento estropearte la velada —dijo, pero lo cierto es que no sonaba como si no lo sintiera en absoluto.
Cerró el teléfono con un golpe mientras se extendía por su rostro una ancha y estúpida sonrisa.
Mi rostro y mi cuello enrojecieron de ira. Notaba cómo las lágrimas producidas por la rabia empezaban a llenarme los ojos.
Me miró sorprendido.
— ¿Me he extralimitado algo al final? No quería ofenderte.
Pasé eso por alto.
— ¡Me llevas al baile de fin de curso! —grité furiosa.
Para vergüenza mía, era bastante obvio. Estaba segura de que me hubiera dado cuenta de la fecha de los carteles que decoraban los edificios del instituto de haber prestado un poco de atención, pero ni en sueños se me pasó por la imaginación que Edward pensara hacerme pasar por esto, ¿es que no me conocía de nada?
No esperaba una reacción tan fuerte, eso estaba claro. Apretó los labios y estrechó los ojos.
—No te pongas difícil, Bella.
Eché un vistazo por la ventanilla. Estábamos ya a mitad de camino del instituto.
— ¿Por qué me haces esto? —pregunté horrorizada.
—Francamente, Bella, ¿qué otra cosa creías que íbamos a hacer? señaló su traje de etiqueta con un gesto de la mano.
Estaba avergonzada. Primero, por no darme cuenta de lo evidente, y luego por haberme pasado de la raya con las vagas sospechas —expectativas, más bien— que habían ido tomando forma en mi mente a lo largo del día conforme Alice y Esme intentaban transformarme en una reina de la belleza. Mis esperanzas, a medias temidas, parecían ahora estupideces.
Había adivinado que se estaba cociendo algún acontecimiento, pero ¡el baile de fin de curso! Era lo último que se me hubiera ocurrido.
Recordé consternada que, contra mi costumbre, hoy llevaba puesto rimel, por lo que me restregué rápidamente debajo de los ojos para evitar los manchurrones. Sin embargo, tenía los dedos limpios cuando retiré la mano; Alice debía haber usado una máscara resistente al agua al maquillarme, seguramente porque intuía que algo así iba a suceder.
—Esto es completamente ridículo. ¿Por qué lloras? —preguntó frustrado.
— ¡Porque estoy loca!
—Bella...
Dirigió contra mí toda la fuerza de sus ojos dorados, llenos de reproche.
— ¿Qué? —murmuré, súbitamente distraída.
—Hazlo por mí —insistió.
Sus ojos derritieron toda mi furia. Era imposible luchar con él cuando hacía ese tipo de trampas. Me rendí a regañadientes.
—Bien —contesté con un mohín, incapaz de echar fuego por los ojos con la eficacia deseada—. Me lo tomaré con calma. Pero ya verás —advertí—. En mi caso, la mala suerte se está convirtiendo en un hábito. Seguramente me romperé la otra pierna. ¡Mira este zapato! ¡Es una trampa mortal! —levanté la pierna para reforzar la idea.
—Humm —miró atentamente mi pierna más tiempo del necesario—. Recuérdame que le dé las gracias a Alice esta noche.
— ¿Alice va a estar allí? —eso me consoló un poco.
—Con Jasper, Emmett... y Rosalie —admitió él.
Desapareció la sensación de alivio, ya que mi relación con Rosalie no avanzaba. Me llevaba bastante bien con su marido de quita y pon. Emmett me tenía por una persona divertidísima, pero ella actuaba como si yo no existiera. Mientras sacudía la cabeza para modificar el curso de mis pensamientos, me acordé de otra cosa.
— ¿Estaba Charlie al tanto de esto? —pregunté, repentinamente recelosa.
—Claro —esbozó una amplia sonrisa; luego empezó a reírse entre dientes—. Aunque Tyler, al parecer, no.
Me rechinaron los dientes. No entendía cómo Tyler se había creado esas falsas expectativas. Excepto en los pocos días soleados, Edward y yo éramos inseparables en el instituto, donde Charlie no podía interferir.
Para entonces ya habíamos llegado al instituto. Un coche destacaba entre todos los demás del aparcamiento, el descapotable rojo de Rosalie. Hoy, las nubes eran finas y algunos rayos de sol se filtraban lejos, al oeste.
Se bajó del coche y lo rodeó para abrirme la puerta. Luego, me tendió la mano.
Me quedé sentada en mi asiento, obstinada, con los brazos cruzados. Sentía una secreta punzada de satisfacción, ya que el aparcamiento estaba atestado de gente vestida de etiqueta: posibles testigos. No podría sacarme a la fuerza del coche como habría hecho de estar solos.
Suspiró.
—Hay que ver, eres valiente como un león cuando alguien quiere matarte, pero cuando se menciona el baile... —sacudió la cabeza.
Tragué saliva. Baile.
—Bella, no voy a dejar que nada te haga daño, ni siquiera tú misma. Te prometo que voy a estar contigo todo el tiempo.
Lo pensé un poco, y de repente me sentí mucho mejor. Edward lo notó en mi semblante.
—Así que ahora... —dijo con dulzura—. No puede ser tan malo.
Se inclinó y me pasó un brazo por la cintura, me apoyé en su otra mano y dejé que me sacara del coche.
En Phoenix celebran los bailes de fin de curso en el salón de recepciones de los hoteles; sin embargo, aquí, el baile se hace en el gimnasio, por supuesto. Seguro que debía de ser la única sala lo bastante amplia en la ciudad para poder organizar un baile. Cuando entramos, me dio la risa tonta. Había por todos lados arcos con globos y las paredes estaban festoneadas con guirnaldas de papel de seda.
—Parece un escenario listo para rodar una película de terror —me reí por lo bajo.
—Bueno —murmuró él mientras nos acercábamos lentamente hacia la mesa de las entradas. Edward soportaba la mayor parte de mi peso, pero aun así yo debía caminar arrastrando los pies y cojeando—, desde luego hay vampiros presentes más que de sobra.
Contemplé la pista de baile; se había abierto un espacio vacío en el centro, donde dos parejas daban vueltas con gracia. Los otros bailarines se habían apartado hacia los lados de la habitación para concederles espacio, ya que nadie se sentía capaz de competir ante tal exhibición. Nadie podía igualar la elegancia de Emmett y Jasper, que vestían trajes de etiqueta clásicos. Alice lucía un llamativo vestido de satén negro con cortes geométricos que dejaba al aire grandes triángulos de nívea piel pálida. Y Rosalie era... bueno, era Rosalie. Estaba increíble. Su ceñido vestido de vivido color púrpura mostraba un gran escote que llegaba hasta la cintura y dejaba la espalda totalmente al descubierto, y a la altura de las rodillas se ensanchaba en una amplia cola rizada. Me dieron pena todas las chicas de la habitación, incluyéndome yo.
— ¿Quieres que eche el cerrojo a las puertas mientras masacras a todos estos incautos pueblerinos? —susurré como si urdiéramos alguna conspiración.
Edward me miró.
— ¿Y de parte de quién te pondrías tú?
—Oh, me pondría de parte de los vampiros, por supuesto.
Sonrió con renuencia.
—Cualquier cosa con tal de no bailar.
—Lo que sea.
Compró las entradas y nos dirigimos hacia la pista de baile. Me apreté asustada contra su brazo y empecé a arrastrar los pies.
—Tengo toda la noche —me advirtió.
Al final, me llevó hasta el lugar donde su familia bailaba con elegancia, por cierto, en un estilo totalmente inapropiado para esta música y esta época. Los miré espantada.
—Edward —tenía la garganta tan seca que sólo conseguía hablar en susurros—. De verdad, no puedo bailar.
Sentí que el pánico rebullía en mi interior.
—No te preocupes, tonta —me contestó con un hilo de voz—. Yo sí puedo —colocó mis brazos alrededor de su cuello, me levantó en vilo y deslizó sus pies debajo de los míos.
Y de repente, nosotros también estuvimos dando vueltas en la pista de baile.
—Me siento como si tuviera cinco años —me reí después de bailar el vals sin esfuerzo alguno durante varios minutos.
—No los aparentas —murmuró Edward al tiempo que me acercaba a él hasta tener la sensación de que mis pies habían despegado del suelo y flotaban a más de medio metro.
Alice atrajo mi atención en una de las vueltas y me sonrió para infundirme valor. Le devolví la sonrisa. Me sorprendió darme cuenta de que realmente estaba disfrutando, aunque fuera sólo un poco.
—De acuerdo, esto no es ni la mitad de malo de lo que pensaba —admití.
Pero Edward miraba hacia las puertas con rostro enojado.
— ¿Qué pasa? —pregunté en voz alta.
Aunque estaba desorientada después de dar tantas vueltas, seguí la dirección de su mirada hasta ver lo que le perturbaba. Jacob Black, sin traje de etiqueta, pero con una camisa blanca de manga larga y corbata, y el pelo recogido en su sempiterna coleta, cruzaba la pista de baile hacia nosotros.
Después de que pasara la primera sorpresa al reconocerlo, no pude evitar sentirme mal por el pobre Jacob. Parecía realmente incómodo, casi de una forma insoportable. Tenía una expresión de culpabilidad cuando se encontraron nuestras miradas.
Edward gruñó muy bajito.
— ¡Compórtate! —susurré.
La voz de Edward sonó cáustica.
—Quiere hablar contigo.
En ese momento, Jacob llegó a nuestra posición. La vergüenza y la disculpa se evidenciaron más en su rostro.
—Hola, Bella, esperaba encontrarte aquí —parecía como si realmente hubiera esperado justo lo contrario, aunque su sonrisa era tan cálida como siempre.
—Hola, Jacob —sonreí a mi vez—. ¿Qué quieres?
— ¿Puedo interrumpir? —preguntó indeciso mientras observaba a Edward por primera vez.
Me sorprendió descubrir que Jacob no necesitaba alzar los ojos para mirar a Edward. Debía de haber crecido más de diez centímetros desde que le vi por vez primera.
El rostro de Edward, de expresión ausente, aparentaba serenidad. En respuesta se limitó a depositarme con cuidado en el suelo y retroceder un paso.
—Gracias —dijo Jacob amablemente.
Edward se limitó a asentir mientras me miraba atentamente antes de darme la espalda y marcharse.
Jacob me rodeó la cintura con las manos y yo apoyé mis brazos en sus hombros.
— ¡Hala, Jacob! ¿Cuánto mides ahora?
—Metro ochenta y ocho —contestó pagado de sí mismo.
No bailábamos de verdad, ya que mi pierna lo impedía. Nos balanceamos desmañadamente de un lado a otro sin mover los pies. Menos mal, porque el reciente estirón le había dejado un aspecto desgarbado y de miembros descoordinados, y probablemente era un bailarín tan malo como yo.
—Bueno, ¿y cómo es que has terminado viniendo por aquí esta noche? —pregunté sin verdadera curiosidad.
Me hacía una idea aproximada si tenía en cuenta cuál había sido la reacción de Edward.
— ¿Puedes creerte que mi padre me ha pagado veinte pavos por venir a tu baile de fin de curso? —admitió un poco avergonzado.
—Claro que sí —musité—. Bueno, espero que al menos lo estés pasando bien. ¿Has visto algo que te haya gustado? —bromeé mientras dirigía una mirada cargada de intención a un grupo de chicas alineadas contra la pared como tartas en una pastelería.
—Sí —admitió—, pero está comprometida.
Miró hacia bajo para encontrarse con mis ojos llenos de curiosidad durante un segundo. Luego, avergonzados, los dos miramos hacia otro lado.
—A propósito, estás realmente guapa —añadió con timidez.
—Vaya, gracias. ¿Y por qué te pagó Billy para que vinieras? —pregunté rápidamente, aunque conocía la respuesta.
A Jacob no pareció hacerle mucha gracia el cambio de tema. Siguió mirando a otro lado, incómodo otra vez.
—Dijo que era un lugar «seguro» para hablar contigo. Te prometo que al viejo se le está yendo la cabeza.
Me uní a su risa con desgana.
—De todos modos, me prometió conseguirme el cilindro maestro que necesito si te daba un mensaje —confesó con una sonrisa avergonzada.
—En ese caso, dámelo. Me gustaría que lograras terminar tu coche —le devolví la sonrisa.
Al menos, Jacob no creía ni una palabra de las viejas leyendas, lo que facilitaba la situación. Apoyado contra la pared, Edward vigilaba mi rostro, pero mantenía el suyo inexpresivo. Vi cómo una chica de segundo con un traje rosa le miraba con interés y timidez, pero él no pareció percatarse.
—No te enfades, ¿vale? —Jacob miró a otro lado, con aspecto culpable.
—No es posible que me enfade contigo, Jacob —le aseguré—. Ni siquiera voy a enfadarme con Billy. Di lo que tengas que decir.
—Bueno, es un tanto estúpido... Lo siento, Bella, pero quiere que dejes a tu novio. Me dijo que te lo pidiera «por favor».
Sacudió la cabeza con ademán disgustado.
—Sigue con sus supersticiones, ¿verdad?
—Sí. Se vio abrumado cuando te hiciste daño en Phoenix. No se creyó que... —Jacob no terminó la frase, sin ser consciente de ello.
—Me caí —le atajé mientras entrecerraba los ojos.
—Lo sé —contestó Jacob con rapidez.
—Billy cree que Edward tuvo algo que ver con el hecho de que me hiriera —no era una pregunta, y me enfadé a pesar de mi promesa.
Jacob rehuyó mi mirada. Ni siquiera nos molestábamos ya en seguir el compás de la música, aunque sus manos seguían en mi cintura y yo tenía las mías en sus hombros.
—Mira, Jacob, sé que probablemente Billy no se lo va a creer, pero quiero que al menos tú lo sepas —me miró ahora, notando la nueva seriedad que destilaba mi voz—. En realidad, Edward me salvó la vida. Hubiera muerto de no ser por él y por su padre.
—Lo sé —aseguró.
Parecía que la sinceridad de mis palabras le había convencido en parte y, después de todo, tal vez Jacob consiguiera convencer a su padre, al menos en ese punto.
—Jake, escucha, lamento que hayas tenido que hacer esto —me disculpé—. En cualquier caso, ya has cumplido con tu tarea, ¿de acuerdo?
—Sí —musitó. Seguía teniendo un aspecto incómodo y enfadado.
— ¿Hay más? —pregunté con incredulidad.
—Olvídalo —masculló—. Conseguiré un trabajo y ahorraré el dinero por mis propios medios.
Clavé los ojos en él hasta que nuestras miradas se encontraron. —Suéltalo y ya está, Jacob.
—Es bastante desagradable.
—No te preocupes. Dímelo —insistí.
—Vale... Pero, ostras, es que suena tan mal... —movió la cabeza—. Me pidió que te dijera, pero no que te advirtiera... —levantó una mano de mi cintura y dibujó en el aire unas comillas—: «Estaremos vigilando». El plural es suyo, no mío.
Aguardó mi reacción con aspecto circunspecto.
Se parecía tanto a la frase de una película de mafiosos que me eché a reír.
—Siento que hayas tenido que hacer esto, Jake.
Me reí con disimulo.
—No me ha importado demasiado —sonrió aliviado mientras evaluaba con la mirada mi vestido—. Entonces, ¿le puedo decir que me has contestado que deje de meterse en tus asuntos de una vez? —preguntó esperanzado.
—No —suspiré—. Agradéceselo de mi parte. Sé que lo hace por mi bien.
La canción terminó y bajé los brazos.
Sus manos dudaron un momento en mi cintura y luego miró a mi pierna inútil.
— ¿Quieres bailar otra vez, o te llevo a algún lado?
—No es necesario, Jacob —respondió Edward por mí—. Yo me hago cargo.
Jacob se sobresaltó y miró con los ojos como platos a Edward, que estaba justo a nuestro lado.
—Eh, no te he oído llegar —masculló—. Espero verte por ahí, Bella —dio un paso atrás y saludó con la mano de mala gana.
Sonreí.
—Claro, nos vemos luego.
—Lo siento —añadió antes de darse la vuelta y encaminarse hacia la puerta.
Los brazos de Edward me tomaron por la cintura en cuanto empezó la siguiente canción. Parecía de un ritmo algo rápido para bailar lento, pero a él no pareció importarle. Descansé la cabeza sobre su pecho, satisfecha.
— ¿Te sientes mejor? —le tomé el pelo.
—No del todo —comentó con parquedad.
—No te enfades con Billy —suspiré—. Se preocupa por mí sólo por el bien de Charlie. No es nada personal.
—No estoy enfadado con Billy —me corrigió con voz cortante—, pero su hijo me irrita.
Eché la cabeza hacia atrás para mirarle. Estaba muy serio.
— ¿Por qué?
—En primer lugar, me ha hecho romper mi promesa.
Le miré confundida, y él esbozó una media sonrisa cuando me explicó:
—Te prometí que esta noche estaría contigo en todo momento.
—Ah. Bueno, quedas perdonado.
—Gracias —Edward frunció el ceño—. Pero hay algo más.
Esperé pacientemente.
—Te llamó guapa —prosiguió al fin, acentuando más el ceño fruncido—. Y eso es prácticamente un insulto con el aspecto que tienes hoy. Eres mucho más que hermosa.
Me reí.
—Tu punto de vista es un poco parcial.
—No lo creo. Además, tengo una vista excelente.
Continuamos dando vueltas en la pista. Llevaba mis pies con los suyos y me estrechaba cerca de él.
— ¿Vas a explicarme ya el motivo de todo esto? —le pregunté.
Me buscó con la mirada y me contempló confundido. Yo lancé una significativa mirada hacia las guirnaldas de papel.
Se detuvo a considerarlo durante un instante y luego cambió de dirección. Me condujo a través del gentío hacia la puerta trasera del gimnasio. De soslayo, vi bailar a Mike y Jessica, que me miraban con curiosidad. Jessica me saludó con la mano y de inmediato le respondí con una sonrisa. Ángela también se encontraba allí, en los brazos del pequeño Ben Cheney; parecía dichosa y feliz sin levantar la vista de los ojos de él, era una cabeza más bajo que ella. Lee y Samantha, Lauren, acompañada por Conner, también nos miraron. Era capaz de recordar los nombres de todos aquellos que pasaban delante de mí a una velocidad de vértigo. De pronto, nos encontramos fuera del gimnasio, a la suave y fresca luz de un crepúsculo mortecino.
Me tomó en brazos en cuanto estuvimos a solas. Atravesamos el umbrío jardín sin detenernos hasta llegar a un banco debajo de los madroños. Se sentó allí, acunándome contra su pecho. Visible a través de las vaporosas nubes, la luna lucía ya en lo alto e iluminaba con su nívea luz el rostro de Edward. Sus facciones eran severas y tenía los ojos turbados.
— ¿Qué te preocupa? —le interrumpí con suavidad.
Me ignoró sin apartar los ojos de la luna.
—El crepúsculo, otra vez —murmuró—. Otro final. No importa lo perfecto que sea el día, siempre ha de acabar.
—Algunas cosas no tienen por qué terminar —musité entre dientes, de repente tensa.
Suspiró.
—Te he traído al baile —dijo arrastrando las palabras y contestando finalmente a mi pregunta—, porque no deseo que te pierdas nada, ni que mi presencia te prive de nada si está en mi mano. Quiero que seas humana, que tu vida continúe como lo habría hecho si yo hubiera muerto en 1918, tal y como debería haber sucedido.
Me estremecí al oír sus palabras y luego sacudí la cabeza con enojo.
— ¿Y en qué extraña dimensión paralela habría asistido al baile alguna vez por mi propia voluntad? Si no fueras cien veces más fuerte que yo, nunca habrías conseguido traerme.
Esbozó una amplia sonrisa, pero la alegría de esa sonrisa no llegó a los ojos.
—Tú misma has reconocido que no ha sido tan malo.
—Porque estaba contigo.
Permanecimos inmóviles durante un minuto. Edward contemplaba la luna, y yo a él. Deseaba encontrar la forma de explicarle qué poco interés tenía yo en llevar un vida humana normal.
— ¿Me contestarás si te pregunto algo? —inquirió, mirándome con una sonrisa suave.
— ¿No lo hago siempre?
—Prométeme que lo harás —insistió, sonriente.
—De acuerdo —supe que iba a arrepentirme muy pronto.
—Parecías realmente sorprendida cuando te diste cuenta de que te traía aquí —comenzó.
—Lo estaba —le interrumpí.
—Exacto —admitió—, pero algo tendrías que suponer. Siento curiosidad... ¿Para qué pensaste que nos vestíamos de esta forma?
Sí, me arrepentí de inmediato. Fruncí los labios, dubitativa.
—No quiero decírtelo.
—Lo has prometido —objetó.
—Lo sé.
— ¿Cuál es el problema?
Me di cuenta de que él creía que lo que me impedía hablar era simplemente la vergüenza.
—Creo que te vas a enfadar o entristecer.
Enarcó las cejas mientras lo consideraba.
—De todos modos, quiero saberlo. Por favor.
Suspiré. Él aguardaba mi contestación.
—Bueno, supuse que iba a ser una especie de... ocasión especial. Ni se me pasó por la cabeza que fuera algo tan humano y común como... ¡un baile de fin de curso! —me burlé.
— ¿Humano? —preguntó cansinamente.
Había captado la palabra clave a la primera. Observé mi vestido mientras jugueteaba nerviosamente con un hilo suelto de gasa. Edward esperó en silencio mi respuesta.
—De acuerdo —confesé atropelladamente—, albergaba la esperanza de que tal vez hubieras cambiado de idea y que, después de todo, me transformaras.
Una decena de sentimientos encontrados recorrieron su rostro. Reconocí algunos, como la ira y el dolor, y, después de que se hubo serenado, la expresión de sus facciones pareció divertida.
—Pensaste que sería una ocasión para vestirse de tiros largos, ¿a que sí? —se burló, tocando la solapa de la chaqueta de su traje de etiqueta.
Torcí el gesto para ocultar mi vergüenza.
—No sé cómo van esas cosas; al menos, a mí me parecía más racional que un baile de fin de curso —Edward seguía sonriendo—. No es divertido —le aseguré.
—No, tienes razón, no lo es —admitió mientras se desvanecía su sonrisa—. De todos modos, prefiero tomármelo como una broma antes que pensar que lo dices en serio.
—Lo digo en serio.
Suspiró profundamente.
—Lo sé. ¿Y eso es lo que deseas de verdad?
La pena había vuelto a sus ojos. Me mordí el labio y asentí.
—De modo que estás preparada para que esto sea el final, el crepúsculo de tu existencia aunque apenas si has comenzado a vivir —musitó, hablando casi para sí mismo—. Estás dispuesta a abandonarlo todo.
—No es el final, sino el comienzo —le contradije casi sin aliento.
—No lo merezco —dijo con tristeza.
— ¿Recuerdas cuando me dijiste que no me percibía a mí misma de forma realista? —le pregunté, arqueando las cejas—. Obviamente, tú padeces de la misma ceguera.
—Lo sé.
Suspiré.
De repente, su voluble estado de ánimo cambió. Frunció los labios y me estudió con la mirada. Examinó mi rostro durante mucho tiempo.
— ¿Estás preparada, entonces? —me preguntó.
—Esto... —tragué saliva—. ¿Ya?
Sonrió e inclinó despacio la cabeza hasta rozar mi piel debajo de la mandíbula con sus fríos labios.
— ¿Ahora, ya? —susurró al tiempo que exhalaba su aliento frío sobre mi cuello. Me estremecí de forma involuntaria.
—Sí —contesté en un susurro para que no se me quebrara la voz.
Edward se iba a llevar un chasco si pensaba que me estaba tirando un farol. Ya había tomado mi decisión, estaba segura. No me importaba que mi cuerpo fuera tan rígido como una tabla, que mis manos se transformaran en puños y mi respiración se volviera irregular... Se rió de forma enigmática y se irguió con gesto de verdadera desaprobación.
—No te puedes haber creído de verdad que me iba a rendir tan fácilmente —dijo con un punto de amargura en su tono burlón.
—Una chica tiene derecho a soñar.
Enarcó las cejas.
— ¿Sueñas con convertirte en un monstruo?
—No exactamente —repliqué. Fruncí el ceño ante la palabra que había escogido. En verdad, era eso, un monstruo—. Más bien sueño con poder estar contigo para siempre.
Su expresión se alteró, más suave y triste a causa del sutil dolor que impregnaba mi voz.
—Bella —sus dedos recorrieron con ligereza el contorno de mis labios—. Yo voy a estar contigo..., ¿no basta con eso?
Edward puso las yemas de los dedos sobre mis labios, que esbozaron una sonrisa.
—Basta por ahora.
Torció el gesto ante mi tenacidad. Esta noche ninguno de los dos parecía darse por vencido. Espiró con tal fuerza que casi pareció un gruñido.
Le acaricié el rostro y le dije:
—Mira, te quiero más que a nada en el mundo. ¿No te basta eso?
—Sí, es suficiente —contestó, sonriendo—. Suficiente para siempre.
Y se inclinó para presionar una vez más sus labios fríos contra mi garganta.

PUNTO MUERTO

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Vi una deslumbrante luz nívea al abrir los ojos. Estaba en una habitación desconocida de paredes blancas. Unas persianas bajadas cubrían la pared que tenía al lado. Las luces brillantes que tenía encima de la cabeza me deslumbraban. Estaba recostada en una cama dura y desnivelada, una cama con barras. Las almohadas eran estrechas y llenas de bultos. Un molesto pitido sonaba desde algún lugar cercano. Esperaba que eso significara que seguía viva. La muerte no podía ser tan incómoda.
Unos tubos traslúcidos se enroscaban alrededor de mis manos y debajo de la nariz tenía un objeto pegado al rostro. Alcé la mano para quitármelo.
—No lo hagas.
Unos dedos helados me atraparon la mano.
— ¿Edward?
Ladeé levemente la cabeza y me encontré con su rostro exquisito a escasos centímetros del mío. Reposaba el mentón sobre el extremo de mi almohada. Comprendí que seguía con vida, pero esta vez con gratitud y júbilo.
— ¡Ay, Edward! ¡Cuánto lo siento!
—Shhh... —me acalló—. Ahora todo está en orden.
— ¿Qué sucedió?
No conseguía recordarlo con claridad, y mi mente parecía resistirse cada vez que intentaba rememorarlo.
—Estuve a punto de llegar tarde. Pude no haber llegado a tiempo —susurró con voz atormentada.
— ¡Qué tonta fui! Creí que tenía a mi madre en su poder.
—Nos engañó a todos.
—Necesito telefonear a Charlie y a mamá —me percaté a pesar de la nube de confusión.
—Alice los ha llamado. Renée está aquí, bueno, en el hospital. Se acaba de marchar para comer algo.
— ¿Está aquí?
Intenté incorporarme, pero se agravó el mareo de mi cabeza. Las manos de Edward me empujaron suavemente hacia las almohadas.
—Va a volver enseguida —me prometió—, y tú necesitas permanecer en reposo.
—Pero ¿qué le has dicho? —me aterré. No quería que me calmaran. Mamá estaba allí y yo me estaba recobrando del ataque de un vampiro—. ¿Por qué le has dicho que me habían hospitalizado?
—Rodaste por dos tramos de escaleras antes de caer por una ventana —hizo una pausa—. Has de admitir que pudo suceder.
Suspiré, y me dolió. Eché una ojeada por debajo de la sábana a la parte inferior de mi cuerpo, al enorme bulto que era mi pierna.
— ¿Cómo estoy?
—Tienes rotas una pierna y cuatro costillas, algunas contusiones en la cabeza y moraduras por todo el cuerpo y has perdido mucha sangre. Te han efectuado varias transfusiones. No me gusta, hizo que olieras bastante mal durante un tiempo.
—Eso debió de suponer un cambio agradable para ti.
—No, me gusta cómo hueles.
— ¿Cómo lo conseguiste? —pregunté en voz baja.
De inmediato, supo a qué me refería.
—No estoy seguro.
Rehuyó la mirada de mis ojos de asombro al tiempo que alzaba mi mano vendada y la sostenía gentilmente con la suya, teniendo mucho cuidado de no romper un cable que me conectaba a uno de los monitores.
Esperé pacientemente a que me contara lo demás.
Suspiró sin devolverme la mirada.
—Era imposible contenerse —susurró—, imposible. Pero lo hice —al fin, alzó la mirada y esbozó una media sonrisa—. Debe de ser que te quiero.
— ¿No tengo un sabor tan bueno como mi olor?
Le devolví la sonrisa y me dolió toda la cara.
—Mejor aún, mejor de lo que imaginaba.
—Lo siento —me disculpé.
Miró al techo.
—Tienes mucho por lo que disculparte.
— ¿Por qué debería disculparme?
—Por estar a punto de apartarte de mí para siempre.
—Lo siento —pedí perdón otra vez.
—Sé por qué lo hiciste —su voz resultaba reconfortante—. Sigue siendo una locura, por supuesto. Deberías haberme esperado, deberías habérmelo dicho.
—No me hubieras dejado ir.
—No —se mostró de acuerdo—. No te hubiera dejado.
Estaba empezando a rememorar algunos de los recuerdos más desagradables. Me estremecí e hice una mueca de dolor.
Edward se preocupó de inmediato.
—Bella, ¿qué te pasa?
— ¿Qué le ocurrió a James?
—Emmett y Jasper se encargaron de él después de que te lo quitase de encima —concluyó Edward, que hablaba con un hondo pesar.
Aquello me confundió.
—No vi a ninguno de los dos allí.
—Tuvieron que salir de la habitación... Había demasiada sangre.
—Pero Alice y Carlísle... —apunté maravillada.
—Ya sabes, ambos te quieren.
De repente, el recuerdo de las dolorosas imágenes de la última vez que la había visto me recordó algo.
— ¿Ha visto Alice la cinta de vídeo? —pregunté con inquietud.
—Sí —una nueva nota endureció la voz de Edward, una nota de puro odio.
—Alice siempre vivió en la oscuridad, por eso no recordaba nada.
—Lo sé, y ahora, ella por fin lo entiende todo —su voz sonaba tranquila, pero su rostro estaba oscurecido por la furia.
Intenté tocarle la cara con la mano libre, pero algo me lo impidió. Al bajar la mirada descubrí la vía intravenosa sujeta al dorso de la mano.
— ¡Ay! —exclamé con un gesto de dolor.
— ¿Qué sucede? —preguntó preocupado.
Se distrajo algo, pero no lo suficiente. Su mirada continuó teniendo un aspecto siniestro.
— ¡Agujas! —le expliqué mientras apartaba la vista de la vía intravenosa.
Fijé la vista en un azulejo combado del techo e intenté respirar hondo a pesar del dolor en las costillas.
— ¡Te asustan las agujas! —murmuró Edward para sí en voz baja y moviendo la cabeza—. ¿Un vampiro sádico que pretende torturarla hasta la muerte? Claro, sin problemas, ella se escapa para reunirse con él. Pero una vía intravenosa es otra cosa...
Puse los ojos en blanco. Me alegraba saber que al menos su reacción estaba libre de dolor. Decidí cambiar de tema.
— ¿Por qué estás aquí?
Me miró fijamente; confundido al principio y herido después. Frunció el entrecejo hasta el punto de que las cejas casi se tocaron.
— ¿Quieres que me vaya?
— ¡No! —Protesté de inmediato, aterrada sólo de pensarlo—. No, lo que quería decir es ¿por qué cree mi madre que estás aquí? Necesito tener preparada mi historia antes de que ella vuelva.
—Ah —las arrugas desaparecieron de su frente—. He venido a Phoenix para hacerte entrar en razón y convencerte de que vuelvas a Forks ——abrió los ojos con tal seriedad y sinceridad que hasta yo misma estuve a punto de creérmelo—. Aceptaste verme y acudiste en coche hasta el hotel en el que me alojaba con Carlisle y Alice. Yo estaba bajo la supervisión paterna, por supuesto —agregó en un despliegue de virtuosismo—, pero te tropezaste cuando ibas de camino a mi habitación y bueno, ya sabes el resto. No necesitas acordarte de ningún detalle, aunque dispones de una magnífica excusa para poder liar un poco los aspectos más concretos.
Lo pensé durante unos instantes.
—Esa historia tiene algunos flecos, como la rotura de los cristales...
—En realidad, no. Alice se ha divertido un poco preparando pruebas. Se ha puesto mucho cuidado en que todo parezca convincente. Probablemente, podrías demandar al hotel si así lo quisieras. No tienes de qué preocuparte —me prometió mientras me acariciaba la mejilla con el más leve de los roces—. Tu único trabajo es curarte.
No estaba tan atontada por el dolor ni la medicación como para no reaccionar a su caricia. El indicador del holter al que estaba conectada comenzó a moverse incontroladamente. Ahora, él no era el único en oír el errático latido de mi corazón.
—Esto va a resultar embarazoso —musité para mí.
Rió entre dientes y me estudió con la mirada antes de decir:
—Humm... Me pregunto si...
Se inclinó lentamente. El pitido se aceleró de forma salvaje antes de que sus labios me rozaran, pero cuando lo hicieron con una dulce presión, se detuvo del todo.
Torció el gesto.
—Parece que debo tener contigo aún más cuidado que de costumbre...
—Todavía no había terminado de besarte —me quejé—. No me obligues a ir a por ti.
Esbozó una amplia sonrisa y se inclinó para besarme suavemente en los labios. El monitor enloqueció.
Pero en ese momento, los labios se tensaron y se apartó.
—Me ha parecido oír a tu madre ——comentó, sonriendo de nuevo.
—No te vayas —chillé.
Sentí una oleada irracional de pánico. No podía dejarle marchar... Podría volver a desaparecer. Edward leyó el terror de mis ojos en un instante y me prometió solemnemente:
—No lo haré —entonces, sonrió—. Me voy a echar una siesta.
Se desplazó desde la dura silla de plástico situada cerca de mí hasta el sillón reclinable de cuero de imitación color turquesa que había al pie de mi cama. Se tumbó de espaldas y cerró los ojos. Se quedó totalmente quieto.
—Que no se te olvide respirar —susurré con sarcasmo.
Suspiró profundamente, pero no abrió los ojos.
Entonces oí a mi madre, que caminaba en compañía de otra persona, tal vez una enfermera. Su voz reflejaba cansancio y preocupación. Quise levantarme de un salto y correr hacia ella para calmarla y prometerle que todo iba bien. Pero no estaba en condiciones de hacerlo, por lo que aguardé con impaciencia.
La puerta se abrió una fracción y ella asomó la cabeza con cuidado.
— ¡Mamá! —susurré, henchida de amor y alivio.
Se percató de la figura inmóvil de Edward sobre el sillón reclinable y se dirigió de puntillas al lado de mi cama.
—Nunca se aleja de ti, ¿verdad? —musitó para sí.
—Mamá, ¡cuánto me alegro de verte!
Las cálidas lágrimas me cayeron sobre las mejillas al inclinarse para abrazarme con cuidado.
—Bella, me sentía tan mal...
—Lo siento, mamá, pero ahora todo va bien —la reconforté—, no pasa nada.
—Estoy muy contenta de que al final hayas abierto los ojos.
Se sentó al borde de mi cama.
De pronto me di cuenta de que no tenía ni idea de qué día era.
— ¿Qué día es?
—Es viernes, cielo, has permanecido desmayada bastante tiempo.
— ¿Viernes? —me sorprendí. Intenté recordar qué día fue cuando... No, no quería pensar en eso.
—Te han mantenido sedada bastantes horas, cielo. Tenías muchas heridas.
—Lo sé —me dolían todas.
—Has tenido suerte de que estuviera allí el doctor Cullen. Es un hombre encantador, aunque muy joven. Se parece más a un modelo que a un médico...
— ¿Has conocido a Carlisle?
—Y a Alice, la hermana de Edward. Es una joven adorable.
—Lo es —me mostré totalmente de acuerdo.
Se giró para mirar a Edward, que yacía en el sillón con los ojos cerrados.
—No me habías dicho que tenías tan buenos amigos en Forks.
Me encogí, y luego me quejé.
— ¿Qué te duele? —preguntó preocupada, girándose de nuevo hacia mí.
Los ojos de Edward se centraron en mi rostro.
—Estoy bien —les aseguré—, pero debo acordarme de no moverme.
Edward volvió a reclinarse y sumirse en su falso sueño.
Aproveché la momentánea distracción para mantener la conversación lejos de mi más que candido comportamiento.
— ¿Cómo está Phil? —pregunté rápidamente.
—En Florida. ¡Ay, Bella, nunca te lo hubieras imaginado! Llegaron las mejores noticias justo cuando estábamos a punto de irnos.
— ¿Ha firmado? —aventuré.
—Sí. ¿Cómo lo has adivinado? Ha firmado con los Suns, ¿te lo puedes creer?
—Eso es estupendo, mamá —contesté con todo el entusiasmo que fui capaz de simular, aunque no tenía mucha idea de a qué se estaba refiriendo.
—Jacksonville te va a gustar mucho —dijo efusivamente—. Me preocupé un poco cuando Phil empezó a hablar de ir a Akron, con toda esa nieve y el mal tiempo, ya sabes cómo odio el frío. Pero ¡Jacksonville! Allí siempre luce el sol, y en realidad la humedad no es tan mala. Hemos encontrado una casa de primera, de color amarillo con molduras blancas, un porche idéntico al de las antiguas películas y un roble enorme. Está a sólo unos minutos del océano y tendrás tu propio cuarto de baño...
—Aguarda un momento, mamá —la interrumpí. Edward mantuvo los ojos cerrados, pero parecía demasiado crispado para poder dar la impresión de que estaba dormido——. ¿De qué hablas? No voy a ir a Florida. Vivo en Forks.
—Pero ya no tienes que seguir haciéndolo, tonta —se echó a reír—. Phil ahora va a poder estar más cerca... Hemos hablado mucho al respecto y lo que voy a hacer es perderme los partidos de fuera para estar la mitad del tiempo contigo y la otra mitad con él...
—Mamá —vacilé mientras buscaba la mejor forma de mostrarme diplomática—, quiero vivir en Forks. Ya me he habituado al instituto y tengo un par de amigas... —ella miró a Edward mientras le hablaba de mis amigas, por lo que busqué otro tipo de justificación—. Además, Charlie me necesita. Está muy solo y no sabe cocinar.
— ¿Quieres quedarte en Forks? —me preguntó aturdida. La idea le resultaba inconcebible. Entonces volvió a posar sus ojos en Edward—. ¿Por qué?
—Te lo digo... El instituto, Charlie... —me encogí de hombros. No fue una buena idea—. ¡Ay!
Sus manos revolotearon de forma indecisa encima de mí mientras encontraba un lugar adecuado para darme unas palmaditas. Y lo hizo en la frente, que no estaba vendada.
—Bella, cariño, tú odias Forks —me recordó.
—No es tan malo.
Renée frunció el gesto. Miraba de un lado a otro, ora a Edward, ora a mí, en esta ocasión con detenimiento.
— ¿Se trata de este chico? —susurró.
Abrí la boca para mentir, pero estaba estudiando mi rostro y supe que lo descubriría.
—En parte, sí —admití. No era necesario confesar la enorme importancia de esa parte—. Bueno ——pregunté—, ¿no has tenido ocasión de hablar con Edward?
—Sí —vaciló mientras contemplaba su figura perfectamente inmóvil—, y quería hablar contigo de eso.
Oh, oh.
— ¿De qué?
—Creo que ese chico está enamorado de ti —me acusó sin alzar el volumen de la voz.
—Eso creo yo también —le confié.
— ¿Y qué sientes por él? —mamá apenas podía controlar la intensa curiosidad en la voz.
Suspiré y miré hacia otro lado. Por mucho que quisiera a mi madre, ésa no era una conversación que quisiera sostener con ella.
—Estoy loca por él.
¡Ya estaba dicho! Eso se parecía demasiado a lo que diría una adolescente sobre su primer novio.
—Bueno, parece muy buena persona, y, ¡válgame Dios!, es increíblemente bien parecido, pero, Bella, eres tan joven...
Hablaba con voz insegura. Hasta donde podía recordar, ésta era la primera vez que había intentado parecer investida de autoridad materna desde que yo tenía ocho años. Reconocí el razonable pero firme tono de voz de las conversaciones que había tenido con ella sobre los hombres.
—Lo sé, mamá. No te preocupes. Sólo es un enamoramiento de adolescente —la tranquilicé.
—Está bien —admitió. Era fácil de contentar.
Entonces, suspiró y giró la cabeza para contemplar el gran reloj redondo de la pared.
— ¿Tienes que marcharte?
Se mordió el labio.
—Se supone que Phil llamará dentro de poco... No sabía que ibas a despertar...
—No pasa nada, mamá —intenté disimular el alivio que sentía para no herir sus sentimientos—. No me quedo sola.
—Pronto estaré de vuelta. He estado durmiendo aquí, ya lo sabes —anunció, orgullosa de sí misma.
—Mamá, ¡no tenías por qué hacerlo! Podías dormir en casa. Ni siquiera me di cuenta.
El efecto de los calmantes en mi mente dificultaba mi concentración incluso en ese momento, aunque al parecer había estado durmiendo durante varios días.
—Estaba demasiado nerviosa —admitió con vergüenza—. Se ha cometido un delito en el vecindario y no me gustaba quedarme ahí sola.
— ¿Un delito? —pregunté alarmada.
—Alguien irrumpió en esa academia de baile que había a la vuelta de la esquina y la quemó hasta los cimientos... ¡No ha quedado nada! Dejaron un coche robado justo en frente. ¿Te acuerdas de cuando ibas a bailar allí, cariño?
—Me acuerdo —me estremecí y acto seguido hice una mueca de dolor.
—Me puedo quedar, niña, si me necesitas.
—No, mamá, voy a estar bien. Edward estará conmigo.
Renée me miró como si ése fuera el motivo por el que quería quedarse.
—Estaré de vuelta a la noche.
Parecía mucho más una advertencia que una promesa, y miraba a Edward mientras pronunciaba esas palabras.
—Te quiero, mamá.
—Y yo también, Bella. Procura tener más cuidado al caminar, cielo. No quiero perderte.
Edward continuó con los ojos cerrados, pero una enorme sonrisa se extendió por su rostro.
En ese momento entró animadamente una enfermera para revisar todos los tubos y goteros. Mi madre me besó en la frente, me palmeó la mano envuelta en gasas y se marchó.
La enfermera estaba revisando la lectura del gráfico impreso por mi holter.
— ¿Te has sentido alterada, corazón? Hay un momento en que tu ritmo cardiaco ha estado un poco alto.
—Estoy bien —le aseguré.
—Le diré a la enfermera titulada que se encarga de ti que te has despertado. Vendrá a verte enseguida.
Edward estuvo a mi lado en cuanto ella cerró la puerta.
— ¿Robasteis un coche?
Arqueé las cejas y él sonrió sin el menor indicio de arrepentimiento.
—Era un coche estupendo, muy rápido.
— ¿Qué tal tu siesta?
—Interesante —contestó mientras entrecerraba los ojos.
— ¿Qué ocurre?
—Estoy sorprendido —bajó la mirada mientras respondía—. Creí que Florida y tu madre... Creí que era eso lo que querías.
Le miré con estupor.
—Pero en Florida tendrías que permanecer dentro de una habitación todo el día. Sólo podrías salir de noche, como un auténtico vampiro.
Casi sonrió, sólo casi. Entonces, su rostro se tornó grave.
—Me quedaría en Forks, Bella, allí o en otro lugar similar —explicó—. En un sitio donde no te pueda causar más daño.
Al principio, no entendí lo que pretendía decirme. Continué observándole con la mirada perdida mientras las palabras iban encajando una a una en mi mente como en un horrendo puzzle. Apenas era consciente del sonido de mi corazón al acelerarse, aunque sí lo fui del dolor agudo que me producían mis maltrechas costillas cuando comencé a hiperventilar.
Edward no dijo nada. Contempló mi rostro con recelo cuando un dolor que no tenía nada que ver con mis huesos rotos, uno infinitamente peor, amenazaba con aplastarme.
Otra enfermera entró muy decidida en ese momento. Edward se sentó, inmóvil como una estatua, mientras ella evaluaba mi expresión con ojo clínico antes de volverse hacia las pantallas de los indicadores.
— ¿No necesitas más calmantes, cariño? —preguntó con amabilidad mientras daba pequeños golpecitos para comprobar el gotero del suero.
—No, no —mascullé, intentando ahogar la agonía de mi voz—. No necesito nada.
No me podía permitir cerrar los ojos en ese momento.
—No hace falta que te hagas la valiente, cielo. Es mejor que no te estreses. Necesitas descansar —ella esperó, pero me limité a negar con la cabeza—. De acuerdo. Pulsa el botón de llamada cuando estés lista.
Dirigió a Edward una severa mirada y echó otra ojeada ansiosa a los aparatos médicos antes de salir.
Edward puso sus frías manos sobre mi rostro. Le miré con ojos encendidos.
—Shhh... Bella, cálmate.
—No me dejes —imploré con la voz quebrada.
—No lo haré —me prometió—. Ahora, relájate antes de que llame a la enfermera para que te sede.
Pero mi corazón no se serenó.
—Bella —me acarició el rostro con ansiedad—. No pienso irme a ningún sitio. Estaré aquí tanto tiempo como me necesites.
— ¿Juras que no me vas a dejar? —susurré.
Intenté controlar al menos el jadeo. Tenía un dolor punzante en las costillas. Edward puso sus manos sobre el lado opuesto de mi cara y acercó su rostro al mío. Me contempló con ojos serios.
—Lo juro.
El olor de su aliento me alivió. Parecía atenuar el dolor de mi respiración. Continuó sosteniendo mi mirada mientras mi cuerpo se relajaba lentamente y el pitido recuperó su cadencia normal. Hoy, sus ojos eran oscuros, más cercanos al negro que al dorado.
— ¿Mejor? —me preguntó.
—Sí —dije cautelosa.
Sacudió la cabeza y murmuró algo ininteligible. Creí entender las palabras «reacción exagerada».
— ¿Por qué has dicho eso? —Susurré mientras intentaba evitar que me temblara la voz—. ¿Te has cansado de tener que salvarme todo el tiempo? ¿Quieres que me aleje de ti?
—No, no quiero estar sin ti, Bella, por supuesto que no. Sé racional. Y tampoco tengo problema alguno en salvarte de no ser por el hecho de que soy yo quien te pone en peligro..., soy yo la razón por la que estás aquí.
—Sí, tú eres la razón —torcí el gesto—. La razón por la que estoy aquí... viva.
—Apenas —dijo con un hilo de voz—. Cubierta de vendas y escayola, y casi incapaz de moverte.
—No me refería a la última vez en que he estado a punto de morir —repuse con creciente irritación—. Estaba pensando en las otras, puedes elegir cuál. Estaría criando malvas en el cementerio de Forks de no ser por ti.
Su rostro se crispó de dolor al oír mis palabras y la angustia no abandonó su mirada.
—Sin embargo, ésa no es la peor parte —continuó susurrando. Se comportó como si yo no hubiera hablado—. Ni verte ahí, en el suelo, desmadejada y rota —dijo con voz ahogada—, ni pensar que era demasiado tarde, ni oírte gritar de dolor... Podría haber llevado el peso de todos esos insufribles recuerdos durante el resto de la eternidad. No, lo peor de todo era sentir, saber que no podría detenerme, creer que iba a ser yo mismo quien acabara contigo.
—Pero no lo hiciste.
—Pudo ocurrir con suma facilidad.
Sabía que necesitaba calmarme, pero estaba hablando para sí mismo de dejarme, y el pánico revoloteó en mis pulmones, pugnando por salir.
—Promételo —susurré.
— ¿Qué?
—Ya sabes el qué.
Había decidido mantener obstinado una negativa y yo me estaba empezando a enfadar. Apreció el cambio operado en mi tono de voz y su mirada se hizo más severa.
—Al parecer, no tengo la suficiente voluntad para alejarme de ti, por lo que supongo que tendrás que seguir tu camino... Con independencia de que eso te mate o no —añadió con rudeza.
No me lo había prometido. Un hecho que yo no había pasado por alto. Contuve el pánico a duras penas. No me quedaban fuerzas para controlar el enojo.
—Me has contado cómo lo evitaste... Ahora quiero saber por qué —exigí.
— ¿Por qué? —repitió a la defensiva.
— ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no te limitaste a dejar que se extendiera la ponzoña? A estas alturas, sería como tú.
Los ojos de Edward parecieron volverse de un negro apagado. Entonces comprendí que jamás había tenido intención de permitir que me enterase de aquello. Alice debía de haber estado demasiado preocupada por las cosas que acababa de saber sobre su pasado o se había mostrado muy precavida con sus pensamientos mientras estuvo cerca de Edward, ya que estaba muy claro que éste no sabía que ella me había iniciado en el conocimiento del proceso de la conversión en vampiro. Estaba sorprendido y furioso. Bufó, y sus labios parecían cincelados en piedra.
No me iba a responder, eso estaba más que claro.
—Soy— la primera en admitir que carezco de experiencia en las relaciones —dije—, pero parece lógico que entre un hombre y una mujer ha de haber una cierta igualdad, uno de ellos no puede estar siempre lanzándose en picado para salvar al otro. Tienen que poder salvarse el uno al otro por igual.
Se cruzó de brazos junto a mi cama y apoyó en los míos su mentón con el rostro sosegado y la ira contenida. Evidentemente, había decidido no enfadarse conmigo. Esperaba tener la oportunidad de avisar a Alice antes de que los dos se pusieran al día en ese tema.
—Tú me has salvado —dijo con voz suave.
—No puedo ser siempre Lois Lane —insistí—. Yo también quiero ser Superman.
—No sabes lo que me estás pidiendo.
Su voz era dulce, pero sus ojos miraban fijamente la funda de la almohada.
—Yo creo que sí.
—Bella, no lo sabes. Llevo casi noventa años dándole vueltas al asunto, y sigo sin estar seguro
— ¿Desearías que Carlisle no te hubiera salvado?
—No, eso no —hizo una pausa antes de continuar—. Pero mi vida terminó y no he empezado nada.
—Tú eres mi vida. Eres lo único que me dolería perder.
Así, iba a tener más éxito. Resultaba fácil admitir lo mucho que le necesitaba.
Pero se mostraba muy calmado. Resuelto.
—No puedo, Bella. No voy a hacerte eso.
— ¿Por qué no? —tenía la voz ronca y las palabras no salían con el volumen que yo pretendía—. ¡No me digas que es demasiado duro! Después de hoy, supongo que en unos días... Da igual, después, eso no sería nada.
Me miró fijamente y preguntó con sarcasmo:
— ¿Y el dolor?
Palidecí. No lo pude evitar. Pero procuré evitar que la expresión de mi rostro mostrara con qué nitidez recordaba la sensación el fuego en mis venas.
—Ése es mi problema —dije—, podré soportarlo.
—Es posible llevar la valentía hasta el punto de que se convierta en locura.
—Eso no es ningún problema. Tres días. ¡Qué horror!
Edward hizo una mueca cuando mis palabras le recordaron que estaba más informada de lo que era su deseo. Le miré conteniendo el enfado, contemplando cómo sus ojos adquirían un brillo más calculador.
— ¿Y qué pasa con Charlie y Renée? —inquirió lacónicamente.
Los minutos transcurrieron en silencio mientras me devanaba los sesos para responder a su pregunta. Abrí la boca sin que saliera sonido alguno. La cerré de nuevo. Esperó con expresión triunfante, ya que sabía que yo no tenía ninguna respuesta sincera.
—Mira, eso tampoco importa —musité al fin; siempre que mentía mi voz era tan poco convincente como en este momento—. Renée ha efectuado las elecciones que le convenían... Querría que yo hiciera lo mismo. Charlie es de goma, se recuperará, está acostumbrado a ir a su aire. No puedo cuidar de ellos para siempre, tengo que vivir mi propia vida.
—Exactamente —me atajó con brusquedad—, y no seré yo quien le ponga fin.
—Si esperas a que esté en mi lecho de muerte, ¡tengo noticias para ti! ¡Ya estoy en él!
—Te vas a recuperar —me recordó.
Respiré hondo para calmarme, ignorando el espasmo de dolor que se desató. Nos miramos de hito en hito. En su rostro no había el menor atisbo de compromiso.
—No —dije lentamente—. No es así.
Su frente se pobló de arrugas.
—Por supuesto que sí. Tal vez te queden un par de cicatrices, pero...
—Te equivocas —insistí—. Voy a morir.
—De verdad, Bella. Vas a salir de aquí en cuestión de días —ahora estaba preocupado—. Dos semanas a lo sumo.
Le miré.
—Puede que no muera ahora, pero algún día moriré. Estoy más cerca de ello a cada minuto que pasa. Y voy a envejecer.
Frunció el ceño cuando comprendió mis palabras al tiempo que cerraba los ojos y presionaba sus sienes con los dedos.
—Se supone que la vida es así, que así es como debería ser, como hubiera sido de no existir yo, y yo no debería existir.
Resoplé y él abrió los ojos sorprendido.
—Eso es una estupidez. Es como si alguien a quien le ha tocado la lotería dice antes de recoger el dinero: «Mira, dejemos las cosas como están. Es mejor así», y no lo cobra.
—Difícilmente se me puede considerar un premio de lotería.
—Cierto. Eres mucho mejor.
Puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa forzada.
—Bella, no vamos a discutir más este tema. Me niego a condenarte a una noche eterna. Fin del asunto.
—Me conoces muy poco si te crees que esto se ha acabado —le avise—. No eres el único vampiro al que conozco.
El color de sus ojos se oscureció de nuevo.
—Alice no se atrevería.
Parecía tan aterrador que durante un momento no pude evitar creerlo. No concebía que alguien fuera tan valiente como para cruzarse en su camino.
—Alice ya lo ha visto, ¿verdad? —aventuré—. Por eso te perturban las cosas que te dice. Sabe que algún día voy a ser como tú...
—Ella también se equivoca. Te vio muerta, pero eso tampoco ha sucedido.
—Jamás me verás apostar contra Alice.
Estuvimos mirándonos largo tiempo, sin más ruido que el zumbido de las máquinas, el pitido, el goteo, el tictac del gran reloj de la pared... Al final, la expresión de su rostro se suavizó.
—Bueno —le pregunté—, ¿dónde nos deja eso?
Edward se rió forzadamente entre dientes.
—Creo que se llama punto muerto.
Suspiré.
— ¡Ay! —musité.
— ¿Cómo te encuentras? —preguntó con un ojo puesto en el botón de llamada.
—Estoy bien —mentí.
—No te creo —repuso amablemente.
—No me voy a dormir de nuevo.
—Necesitas descansar. Tanto debate no es bueno para ti.
—Así que te rindes —insinué.
—Buen intento.
Alargó la mano hacia el botón.
— ¡No!
Me ignoró.
— ¿Sí? —graznó el altavoz de la pared.
—Creo que es el momento adecuado para más sedantes —dijo con calma, haciendo caso omiso de mi expresión furibunda.
—Enviaré a la enfermera —fue la inexpresiva contestación.
—No me los voy a tomar —prometí.
Buscó con la mirada las bolsas de los goteros que colgaban junto a mi cama.
—No creo que te vayan a pedir que te tragues nada.
Comenzó a subir mi ritmo cardiaco. Edward leyó el pánico en mis ojos y suspiró frustrado.
—Bella, tienes dolores y necesitas relajarte para curarte. ¿Por qué lo pones tan difícil? Ya no te van a poner más agujas.
—No temo a las agujas —mascullé—, tengo miedo a cerrar los ojos.
Entonces, él esbozó esa sonrisa picara suya y tomó mi rostro entre sus manos.
—Te dije que no iba a irme a ninguna parte. No temas, estaré aquí mientras eso te haga feliz.
Le devolví la sonrisa e ignoré el dolor de mis mejillas.
—Entonces, es para siempre, ya lo sabes.
—Vamos, déjalo ya. Sólo es un enamoramiento de adolescente.
Sacudí la cabeza con incredulidad y me mareé al hacerlo.
—Me sorprendió que Renée se lo tragara. Sé que tú me conoces mejor.
—Eso es lo hermoso de ser humano —me dijo—. Las cosas cambian.
Se me cerraron los ojos.
—No te olvides de respirar —le recordé.
Seguía riéndose cuando la enfermera entró blandiendo una jeringuilla.
—Perdón —dijo bruscamente a Edward, que se levantó y cruzó la habitación hasta llegar al extremo opuesto, donde se apoyó contra la pared.
Se cruzó de brazos y esperó. Mantuve los ojos fijos en él, aún con aprensión. Sostuvo mi mirada con calma.
—Ya está, cielo —dijo la enfermera con una sonrisa mientras inyectaba las medicinas en la bolsa del gotero—. Ahora te vas a sentir mejor.
—Gracias —murmuré sin entusiasmo.
Las medicinas actuaron enseguida. Noté cómo la somnolencia corría por mis venas casi de inmediato.
—Esto debería conseguirlo —contestó ella mientras se me cerraban los párpados.
Luego, debió de marcharse de la habitación, ya que algo frío y liso me acarició el rostro.
—Quédate —dije con dificultad.
—Lo haré —prometió. Su voz sonaba tan hermosa como una canción de cuna— Como te dije, me quedaré mientras eso te haga feliz, todo el tiempo que eso sea lo mejor para ti.
Intenté negar con la cabeza, pero me pesaba demasiado.
—No es lo mismo —mascullé.
Se echó a reír.
—No te preocupes de eso ahora, Bella. Podremos discutir cuando despiertes.
Creo que sonreí.
—Vale.
Sentí sus labios en mi oído cuando susurró:
—Te quiero.
—Yo, también.
—Lo sé —se rió en voz baja.
Ladeé levemente la cabeza en busca de... adivinó lo que perseguía y sus labios rozaron los míos con suavidad.
—Gracias —suspiré.
—Siempre que quieras.
En realidad, estaba perdiendo la consciencia por mucho que luchara, cada vez más débilmente, contra el sopor. Sólo había una cosa que deseaba decirle.
— ¿Edward? —tuve que esforzarme para pronunciar su nombre con claridad.
— ¿Sí?
—Voy a apostar a favor de Alice.
Y entonces, la noche se me echó encima.

EL ANGEL

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Mientras iba a la deriva, soñé.
En el lugar donde flotaba, debajo de las aguas negras, oí el sonido más feliz que mi mente podía conjurar, el más hermoso, el único que podía elevarme el espíritu y a la vez, el más espantoso. Era otro gruñido, un rugido salvaje y profundo, impregnado de la más terrible ira.
El dolor agudo que traspasaba mi mano alzada me trajo de vuelta, casi hasta la superficie, pero no era un camino de regreso lo bastante amplio para que me permitiera abrir los ojos.
Entonces, supe que estaba muerta...
... porque oí la voz de un ángel pronunciando mi nombre a través del agua densa, llamándome al único cielo que yo anhelaba.
— ¡Oh no, Bella, no! —gritó la voz horrorizada del ángel.
Se produjo un ruido, un terrible tumulto que me asustó detrás de aquel sonido anhelado. Un gruñido grave y despiadado, un sonido seco, espantoso y un lamento lleno de agonía, que repentinamente se quebró...
Yo en cambio decidí concentrarme en la voz del ángel.
— ¡Bella, por favor! ¡Bella, escúchame; por favor, por favor, Bella, por favor! —suplicaba.
Sí, quise responderle. Quería decirle algo, cualquier cosa, pero no encontraba los labios.
— ¡Carlisle! —Llamó el ángel con su voz perfecta cargada de angustia—. ¡Bella, Bella, no, oh, no, por favor, no, no!
El ángel empezó a sollozar sin lágrimas, roto de dolor.
Un ángel no debería llorar, eso no está bien. Intenté ponerme en contacto con él, decirle que todo iba a salir bien, pero las aguas eran tan profundas que me aprisionaban y no podía respirar.
Sentí un punto de dolor taladrarme la cabeza. Dolía mucho, pero entonces, mientras ese dolor irrumpía a través de la oscuridad para llegar hasta mí, acudieron otros mucho más fuertes. Grité mientras intentaba aspirar aire y emerger de golpe del estanque oscuro.
— ¡Bella! —gritó el ángel.
—Ha perdido algo de sangre, pero la herida no es muy profunda —explicaba una voz tranquila—. Echa una ojeada a su pierna, está rota.
El ángel reprimió en los labios un aullido de ira.
Sentí una punzada aguda en el costado. Aquel lugar no era el cielo, más bien no. Había demasiado dolor aquí para que lo fuera.
—Y me temo que también lo estén algunas costillas —continuó la voz serena de forma metódica.
Aquellos dolores agudos iban remitiendo. Sin embargo, apareció uno nuevo, una quemazón en la mano que anulaba a todos los demás.
Alguien me estaba quemando.
—Edward —intenté decirle, pero mi voz sonaba pastosa y débil. Ni yo era capaz de entenderme.
—Bella, te vas a poner bien. ¿Puedes oírme, Bella? Te amo.
—Edward —lo intenté de nuevo, parecía que se me iba aclarando la voz.
—Sí, estoy aquí.
—Me duele —me quejé.
—Lo sé, Bella, lo sé —entonces, a lo lejos, le escuché preguntar angustiado—. ¿No puedes hacer nada?
—Mi maletín, por favor... No respires, Alice, eso te ayudará —aseguró Carlisle.
— ¿Alice? —gemí.
—Está aquí, fue ella la que supo dónde podíamos encontrarte.
—Me duele la mano —intenté decirle.
—Lo sé, Bella, Carlisle te administrará algo que te calme el dolor.
— ¡Me arde la mano! —conseguí gritar, saliendo al fin de la oscuridad y pestañeando sin cesar.
No podía verle la cara porque una cálida oscuridad me empañaba los ojos. ¿Por qué no veían el fuego y lo apagaban?
La voz de Edward sonó asustada.
— ¿Bella?
— ¡Fuego! ¡Que alguien apague el fuego! —grité mientras sentía cómo me quemaba.
— ¡Carlisle! ¡La mano!
—La ha mordido.
La voz de Carlisle había perdido la calma, estaba horrorizado. Oí cómo Edward se quedaba sin respiración, del espanto.
—Edward, tienes que hacerlo —dijo Alice, cerca de mi cabeza; sus dedos fríos me limpiaron las lágrimas.
— ¡No! —rugió él.
—Alice —gemí.
—Hay otra posibilidad —intervino Carlisle.
— ¿Cuál? —suplicó Edward.
—Intenta succionar la ponzoña, la herida es bastante limpia.
Mientras Carlisle hablaba podía sentir cómo aumentaba la presión en mi cabeza, y algo pinchaba y tiraba de la piel. El dolor que esto me provocaba desaparecía ante la quemazón de la mano.
— ¿Funcionará? —Alice parecía tensa.
—No lo sé —reconoció Carlisle—, pero hay que darse prisa.
—Carlisle, yo... —Edward vaciló—. No sé si voy a ser capaz de hacerlo.
La angustia había aparecido de nuevo en la voz del ángel.
—Sea lo que sea, es tu decisión, Edward. No puedo ayudarte. Debemos cortar la hemorragia si vas a sacarle sangre de la mano.
Me retorcí prisionera de esta ardiente tortura, y el movimiento hizo que el dolor de la pierna llameara de forma escalofriante.
— ¡Edward! —grité y me di cuenta de que había cerrado los ojos de nuevo. Los abrí, desesperada por volver a ver su rostro y allí estaba. Por fin pude ver su cara perfecta, mirándome fijamente, crispada en una máscara de indecisión y pena.
—Alice, encuentra algo para que le entablille la pierna —Carlisle seguía inclinado sobre mí, haciendo algo en mi cabeza—. Edward, has de hacerlo ya o será demasiado tarde.
El rostro de Edward se veía demacrado. Le miré a los ojos y al fin la duda se vio sustituida por una determinación inquebrantable. Apretó las mandíbulas y sentí sus dedos fuertes y frescos en mi mano ardiente, colocándola con cuidado. Entonces inclinó la cabeza sobre ella y sus labios fríos presionaron contra mi piel.
El dolor empeoró. Aullé y me debatí entre las manos heladas que me sujetaban. Oí hablar a Alice, que intentaba calmarme. Algo pesado me inmovilizó la pierna contra el suelo y Carlisle me sujetó la cabeza en el torno de sus brazos de piedra.
Entonces, despacio, dejé de retorcerme conforme la mano se me entumecía más y más. El fuego se había convertido en un rescoldo mortecino que se concentraba en un punto más pequeño.
Y mientras el dolor desaparecía, sentí cómo perdía la conciencia, deslizándome hacia alguna parte. Me aterraba volver a aquellas aguas negras y perderme de nuevo en la oscuridad.
—Edward —intenté decir, pero no conseguí escuchar mi propia voz, aunque ellos sí parecieron oírme.
—Está aquí a tu lado, Bella.
—Quédate, Edward, quédate conmigo...
—Aquí estoy.
Parecía agotado, pero triunfante. Suspiré satisfecha. El fuego se había apagado y los otros dolores se habían mitigado mientras el sopor se extendía por todo mi cuerpo.
— ¿Has extraído toda la ponzoña? —preguntó Carlisle desde un lugar muy, muy lejano.
—La sangre está limpia —dijo Edward con serenidad—. Puedo sentir el sabor de la morfina.
— ¿Bella? —me llamó Carlisle.
Hice un esfuerzo por contestarle.
— ¿Mmm?
— ¿Ya no notas la quemazón?
—No —suspiré—. Gracias, Edward.
—Te quiero —contestó él.
—Lo sé —inspiré aire, me sentía tan cansada...
Y entonces escuché mi sonido favorito sobre cualquier otro en el mundo: la risa tranquila de Edward, temblando de alivio.
— ¿Bella? —me preguntó Carlisle de nuevo. Fruncí el entrecejo, quería dormir.
— ¿Qué?
— ¿Dónde está tu madre?
—En Florida —suspiré de nuevo—. Me engañó, Edward. Vio nuestros vídeos.
La indignación de mi voz sonaba lastimosamente débil...
Pero eso me lo recordó.
—Alice —intenté abrir los ojos—. Alice, el vídeo... Él te conocía, conocía tu procedencia —quería decírselo todo de una vez, pero mi voz se iba debilitando. Me sobrepuse a la bruma de mi mente para añadir—: Huelo gasolina.
—Es hora de llevársela —dijo Carlisle.
—No, quiero dormir —protesté.
—Duérmete, mi vida, yo te llevaré —me tranquilizó Edward.
Y entonces me tomó en sus brazos, acunada contra su pecho, y floté, sin dolor ya.
Las últimas palabras que oí fueron:
—Duérmete ya, Bella.

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